A Bronx tale (1993)

  • A_Bronx_TaleEstados Unidos
  • Cine de gánsters
  • Dirigida por Robert De Niro
  • Escrita por Chazz Palminteri (Obra teatral: Chazz Palminteri)
  • Interpretada por Lillo Brancato, Robert De Niro y Chazz Palminteri
  • 122 minutos 

Robert De Niro es y será uno de los nombres propios en la historia del séptimo arte. Se te escapan, así de un vistazo rápido, la cantidad de sobresalientes trabajos que ha realizado. En todo caso, algo resalta en su filmografía: su veneración por el cine de gángsters. Maestros ha tenido varios, y todos muy buenos. De Niro fue un discípulo maravilloso, un estudiante aventajado. Quizás su mayor mentor -por la cantidad de colaboraciones que han realizado- sea Martin Scorsese, quien lo consagró con Mean streets (1973) y al que le regaló uno de los trabajos de su vida, el de Goodfellas (1990). Como olvidar, sin embargo, al Vito Corleone de El Padrino II (1974), quizás el pico más alto en la carrera de De Niro. Es decir, Coppola también pulió su talento. Igual que Leone (Érase una vez en América, 1984), De Palma (Los intocables de Eliot Ness, 1987) y tantos otros. Ha trabajado con los mejores y eso, algún día, tenía que explotar.

Surge así, en el año 1993, la ópera prima del artista neoyorquino: Una historia del Bronx. En ella se encuentra concentrado todo el saber adquirido a lo largo del tiempo por este estudiante de la calle. La esencia del cine de gánsters está presente en este film. El mundo de la mafia vuelve así a colación, retratando la socialización de un chaval (desde la niñez hasta la adolescencia) en el Nueva York de los años 60. Los referentes son dos: Chazz Palminteri y De Niro. Uno es el padre verdadero, el trabajador incansable, el hombre honrado que sueña con obtener su porción de felicidad en base a su trabajo. El otro, un gánster que vive mejor de lo que quiere entre dinero ensangrentado, buenos coches y vicios caros. Entre los consejos de los dos crecerá y vivirá Calogero. El cineasta aprovecha así este dilema para pincelar una de los mayores problemas de la periferia: el apego por el crimen. El sistema da oportunidades, unas veces aprovechadas y otras no, pero la mafia brinda un visado hacia el éxito. Efímero este último, sin embargo. Eso lo sabía De Niro, desde el principio. Y peor aún, lo sabía Palminteri. Brillante el mano a mano entre ambos, de largo lo mejor del film.

Todo se acompaña en esta ocasión, valor añadido, por el tema del racismo. El cineasta se atreve así, aun siendo un novel, a compaginar el tema de la mafia con el del racismo, escudándose, a su vez, en el formidable trabajo de Palminteri -guionista y actor en esta película-. Todo ello germinó, en cualquier caso, en el Nueva York de los 60. El resultado es más que notable. El toque pedagógico final quizá sea lo que más chirría en esta obra, pues el cineasta se ata con los nudos que oferta la corrección. En todo caso, cine del bueno. Se nota la firma del cineasta y todo el poso que con él se mueve.  

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