Le notti bianche (1957)

La noche cae y un grupo de personas se despide. El alma de Dostoievski pulula en el ambiente. Cada uno va por su cuenta. Uno de ellos vaga por las calles de Livorno. Es Marcello Mastrioanni, más solo que nunca. ¿Acaso fue feliz algún día? Está harto de no hablar con nadie, de no sentir nada. Un nómada sin raíces que escucha, de pronto, un llanto. Es la hermosa Maria Schell abrazada a un melancólico puente, esperando, entre la decepción y la tristeza, la vuelta de su amado. Él le habla tímidamente mientras se ofrece para acompañarla a casa. Ella acepta a regañadientes. ¿Comienza así una nueva historia de amor? Eso le gustaría a él, quizás el chico más apuesto del lugar. Una íntima batalla escenificada con sentimiento y emoción -que no sensiblería- por Luchino Visconti. La fotografía de Giuseppe Rotunno es preciosa. Él la quiere, aunque ella no lo quiere a él. Él le dice que la esperará, mientras ella dice que quizás. Él se resigna, pues el corazón de ella está ocupado en otro sitio. El pobre infeliz no ha conseguido escapar de la soledad de la ciudad. La historia acaba igual que comienza: Nino Rota lo expresa maravillosamente. Al menos han bailado, han reído y han paseado felices.

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