The Visitor (2007)

Thomas McCarthy: The Visitor (2007) Estados Unidos. Drama social sobre la inmigración. Escrita por Thomas McCarthy. Interpretada por Richard Jenkins, Haaz Sleiman y Danai Gurira. 108 minutos. 

In this image released by Overture Films, Richard Jenkins, left, and Haaz Sleiman are shown in a scene from the film, "The Visitor." (AP Photo/Overture Films, JoJo Whildon) ** NO SALES **

Parece una vieja fábrica, desgastada por el paso del tiempo y situada en la periferia neoyorquina. En realidad, es una cárcel. O ni siquiera eso. Sería algo peor. Centro de internamiento lo llaman. Tu pecado es no tener papeles. Y le respalda la ley. Pero claro, una cosa legal no necesariamente tiene por qué ser justa. Más aún en los Estados Unidos y, más todavía, si se escribió después del 11S. Que se lo digan a Haaz Sleiman, Tarek en la película. Simpático y alegre, sus raíces están en Palestina, si bien él es natural de Damasco. ¿Qué hace un sirio en Nueva York? Pues ganarse la vida como puede. Igual que su chica, Danai Gurira, de origen senegalés, otra valiente más. Ambos viven con el miedo de ser detenidos. Detención, para ellos, significa deportación.

Por allí pasa Richard Jenkins. Un coloso como actor. Vive en Connecticut siendo un prototípico burgués. Es profesor universitario, viudo y amante de la música clásica. Su día a día, pues, es tirando a gris. Imparte conferencias sobre cómo “desarrollar” a los países menos avanzados. Lo hace, qué fácil, desde su acomodada perspectiva y arrastrando consigo los mil y un prejuicios. Es un bufón más en la corte liberal. Tiene, por supuesto, una segunda residencia; un apartamento en la ciudad de Nueva York. Y dos inmigrantes (dos personas, dirán otros) viven allí sin él saberlo. Por eso, cuando se presenta, llega el susto primero y, luego, la cordialidad. Se caen bien. Les abre sus puertas, quizás buscando la simple compañía, quizás acordándose de ese hijo que vive en Londres y al que nunca ve. Aparece la complicidad entre ellos. A él le acaban de insuflar vitalidad. De repente, se enamora del afrobeat. Comienza a escuchar a Fela Kuti. Descubre que un árabe, a pesar de lo que diga la legión de fundamentalistas occidentales, no es ni mejor ni peor que él. Y que una africana es algo más que una estadística.

Thomas McCarthy, autor del film, no esconde sus cartas. Es un magnífico narrador. Ataca sin disimulos al país libre por excelencia. Se ríe con sorna de la Estatua de la Libertad. ¿Qué libertad representa? Esa es la pregunta a la que responde su medido panfleto. Podemos, aupados en la libre circulación de bienes, comprar inútil tecnología a Hong-Kong desde Europa y vender después a Chile para que termine finalmente como basura por las calles de África. Podemos, apoyados en la libre circulación de capitales, hundir la economía financiera (y después, real) de un país con un simple click. Podemos orquestar unas elecciones libres para disfrazar que todos aquí somos de lo más cívicos. Y podemos, en nombre de la libertad, levantar infiernos terrenales como Guantánamo o Abu Ghraib. Pero si somos tan libres, ¿por qué no podemos vivir donde nos dé la real gana? La libertad económica -tecnológica, financiera, industrial, petrolera- va un paso por delante de todas las demás. La libre circulación de personas queda en un segundo plano. En el fondo, libertad no es más que un malévolo eufemismo. En nombre de la libertad, pues, debemos ordenar la sociedad en categorías de mejores y peores, de integrados y excluidos, de iguales y desiguales. Esa es la libertad de los modernos.

No solo es el debate sobre el melting pot norteamericano de lo que se habla, que también. No solo es hacer saltar por los aires la utopía del american dream y la tierra de las oportunidades, que también. Va más allá de eso. Es reflexionar, tan simple como complicado, sobre el mundo que hemos creado. Es ponerle voz al silencio. Contar la historia desde el otro lado. Por eso, el protagonista no se resigna. The Visitor (2007) es, por tanto, una película cargada de conciencia social. Con la excusa de la inmigración, embiste al sistema de frente. Se contagia para ello de la enérgica alegría que da el djembe. Un simple papel, ese que dice quién es ciudadano y quién no, dinamita por los aires miles y miles de historias. Historias humanas, vidas. La metáfora de la libertad se reduce a un gélido mostrador («por favor, retírese de la ventanilla») que te trata como a un idiota. Detrás de esa tempestad, sin embargo, encontramos un sinfín de virtudes enraizadas en el simple calor humano. Ese del que no entienden los números. Ese que sabe detectar -diga lo que diga la ley- cuando una cosa está bien y cuando no lo está.

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