Exit Through the Gift Shop (2010)

BanksyExit Through the Gift Shop (2010) Reino Unido. Documental sobre el arte. Interpretado por Thierry Guetta, Banksy, Space Invader y Shepard Fairey. 87 minutos. 

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¿Qué es el arte? Imposible dar una definición cerrada y consensuada por todos. En principio, podría asociarse al poder de los sentidos: aquello que te hace sentir. El título del documental ideado por Banksy no engaña a nadie. Busca un ejemplo práctico: destripar la carrera artística de Thierry Guetta, Mr. Brainwash. Se ríe de este pedante pseudoartista. Un tipo que tenía la afición de grabar todo con su cámara de vídeo y al que, podría decirse, el destino le sonrío con la fortuna: gracias a su primo, Space Invader, fue adentrándose en el mundo del arte callejero hasta llegar, con el tiempo, a conocer a uno de sus máximos exponentes, Banksy. El arte callejero, en su línea más esencial, aparece como subversión frente al sistema. También este documental. El artista protagonista es un farsante, un fraude. Un tipo despreciable: ya en el inicio sabemos que estafa a la gente a través de su tienda de ropa vintage. El arte es un paso más. Y ahí, en la mirada a ese rebaño de ovejas eléctricas del que formamos parte, está la principal burla del director. Qué es el arte entonces. Exige talento innato, sin más. Y el francés excéntrico no lo tiene, salvo que contemos como arte la capacidad de hacer dinero. Le cruje los huesos a él, a cualquier director de museo, a cualquier galerista y a cualquier casa de subastas. Y lo hace con arte: Exit Through the Gift Shop

Cul-de-sac (1966)

Roman Polanski: Callejón sin salida (Cul-de-sac, 1966) Reino Unido. Thriller psicológico. Escrita por Gérard Brach y Roman Polanski. Fotografía de Gilbert Taylor. Interpretada por Lionel Stander, Donald Pleasance y Françoise Dorléac. 113 minutos. 

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Dos atracadores de poca monta encallan su coche en una zona de bajamar. Andan heridos y desesperados. Al fondo, de repente, se vislumbra la figura de un elevado y solitario castillo. Comienza a lucirse Roman Polanski con sus planos largos. Estéticamente estamos frente a una película que roza la perfección. Y luce la fotografía -encuadrada en un hipnótico blanco y negro- de Gilbert Taylor. Hacia allí camina Lionel Stander, bravucón y enfurecido. Una pareja de jóvenes tontea en la arena de la playa. Todavía no sabemos que ella le está siendo infiel a su marido, el dueño de la fortaleza y pieza capital en la burla de esta cinta: el tontorrón de Donald Pleasance.

Comienza así el juego psicológico a través de la interacción entre los tres personajes: el fuerte, el débil y la caprichosa. El film deriva en una montaña rusa sobre las relaciones humanas. Falta la visita de unos amigos para hacer detonar del todo los caracteres de cada uno. El cineasta se abraza a la tensión y a los espacios cerrados -como ya hiciese en sus dos obras anteriores, Repulsión (Repulsion, 1965) y El cuchillo en el agua (Nóz W. Wodzie, 1962)- para analizar los límites humanos en situaciones extremas, salpicadas una vez más por la violencia y el erotismo. Luce especialmente la malograda Françoise Dorléac, mecha incendiaria de la sutil crítica escrita por Gérard Brach y Polanski a la burguesía de la época: ni propiedad ni matrimonio ni estatus social. Queda un plano final monumental para atarlo todo: Agnes! grita en soledad. Pobre infeliz. 

Repulsion (1965)

Roman Polanski: Repulsión (Repulsion, 1965) Reino Unido. Terror psicológico. Escrita por Roman Polanski y Gérard Brach. Interpretada por Catherine Deneuve, John Fraser, Yvonne Furneaux y Ian Hendry. 105 minutos. 

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En un Londres inquietante se pierde la mirada de una descomunal Catherine Deneuve. Se ensimisma en el trabajo, no responde ante los encantos del galán John Fraser y espanta al amante de su hermana mayor, Yvonne Furneaux. Es la presentación de Roman Polanski, resumida en las grietas que pueblan las aceras de la capital británica y que, parece, resquebrajan igualmente la mente de nuestra protagonista. Las campanas suenan cerca, le turban. El sexo de su hermana con Ian Hendry, al anochecer, violenta sus sueños. Todo es un horror. Gérard Brach, guionista junto a Polanski, no desvela el pasado de Deneuve. ¿Qué le habrá sucedido? Su actitud demente explota en soledad. Manda el tenebrismo y la perversión sexual. Es un monumento a la radical introversión: el teléfono sonando sin interrupción; las patatas y el conejo putrefactos; los imaginarios asaltos sexuales… y las grietas que no dejan de estallar. La turbiedad campa a sus anchas mientras la mano maestra del cineasta no deja tiempo para el respiro. Queda un monumento de final, angosto y perturbador, en el que destaca la brutal (e intrigante) escena del baño con el gesto desencajado de Furneaux. Las esquinas de ese piso evocan al mejor terror psicológico. Y la cámara se detiene en una fotografía familiar donde una pequeña niña luce, ya entonces, una mirada perdida.    

Barry Lyndon (1975)

Stanley Kubrick: Barry Lyndon (íd., 1975) Reino Unido. Drama de época. Escrita por Stanley Kubrick. Novela de William Thackeray. Fotografía de John Alcott. Interpretada por Ryan O’Neal, Marisa Berenson y Gay Hamilton. 183 minutos. 

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Redmond Barry, procedente de una familia humilde pero honrosa, es criado en torno al mundo de las leyes. Su destino, en principio, es ser un jurista reputado en la Irlanda del siglo XVIII. Sin embargo, le pierde la inocencia romántica. Se ha enamorado, por primera vez, de Gay Hamilton, su prima. Por ella, reta al pretendiente de esta. El duelo -juventud frente a madurez- es suyo, sale victorioso. También acepta la consecuencia: escapar frente al peso de la ley. Le espera una vida errante y desventurada. Primera parada, alistarse en el ejército británico en la guerra de los Siete Años. Le queda -después- la deserción, el ejército prusiano, las partidas de cartas con el Chevalier y, al fin, su aspiración por conseguir un título nobiliario. De esta forma, Stanley Kubrick disecciona el auge y la caída de este (a mis ojos) entrañable tipo. Desde el fango irlandés hasta el cielo inglés sin abandonar nunca el camino de la desgracia. Todo muy gris y tristón, como maldiciendo el recuerdo de aquella época y lugar. 

El cineasta se sirve del excepcional trabajo de fotografía de John Alcott: asombran los paisajes y la natural iluminación. Todo parece de postal, porque lo es. En el fondo, sin embargo, late una crítica a esa sociedad decadente e hipócrita que dice adiós: la nobleza británica está en el disparadero. La honra a la guerra, el enfermizo papel de la religión y la vacuidad que acompaña a los tapices, las mansiones y las obras de arte son las sutiles notas con las que aquella queda castigada. La Europa de aquel entonces queda muy bien retratada, incluyendo las esporádicas apariciones de los silenciados: la amante holandesa que anima el camino, o los mercenarios prusianos que malviven y combaten en el ejército. Todo está en su sitio. Y luce, especialmente, Lady Lyndon. O lo que es lo mismo, Marisa Berenson. Su flirteo inicial -magníficamente escenificado por Kubrick- termina en unos ojos llorosos, melancólicos y, por qué no decirlo, con un punto dementes. Es la derrota del desamor, entregada frente al engreído y temperamental Ryan O’Neal, ahora ya sí conocido como Barry Lyndon, la versión menos entrañable de aquel joven irlandés. 

La recreación del contexto es admirable. La película se asemeja a un lienzo en movimiento sobre la Inglaterra del XVIII. Los decorados, el vestuario, el maquillaje… a la factura técnica y artística no se le puede reprochar nada. Pero, al final, esto va sobre él. Y no es fácil conseguir que tres horas de cine no se hagan pesadas en ningún momento. Mérito del autor y, también, de Ryan O’Neal. Este despierta (para no soltarla) la empatía gracias a su picaresca y coraje inicial. Luego vienen los golpes de la vida, pero aun en su momento más despreciable -reconvertido a cínico cortesano- tiene ese punto bondadoso como sentimental padre. Es en la despedida del pequeño muchacho donde Kubrick alcanza la excelencia: emoción pura, sin sensiblería alguna. Ahí, para mí, termina la burlesca odisea de este hombre. 

Lolita (1962)

Stanley Kubrick: Lolita (1962) Reino Unido. Drama romántico sobre la perversidad. Escrita por Vladimir Nabokov conforme a su propia novela. Interpretada por James Mason, Sue Lyon, Shelley Winters y Peter Sellers. Fotografía de Oswald Morris. 152 minutos. 

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A James Mason se le está pasando el arroz. En su interior, en cambio, se siente tan joven como cuando tenía veinte años. Por eso se lanza al nuevo mundo, arriesgando. Deja atrás Europa y su vida de siempre para refugiarse en la aburguesada New Hampshire. Una viuda le corteja, aunque él no está interesado. No quiere un alquiler que conlleve tal extra. Pero sale al jardín… y allí está, Lolita. La acaba de retratar de forma imperecedera Oswald Morris. La quiere para sí. Propiedad privada. El obsesivo deseo de Vladimir Nabokov llega a la gran pantalla. La juguetona Sue Lyon, icónica en cuanto a tentación se refiere, vuelve majara al protagonista. También a su madre, otra desquiciada: monumental Shelley Winters en su papel de ilusa romanticona. Cuánto sentimiento encontrado. Falta un encantador de serpientes como Peter Sellers, maestro de la oscuridad aquí, para completar este turbio lienzo sobre perversión humana. Lo del amor es un viejo chiste a ojos de Stanley Kubrick. Si en Eyes wide shut un pensamiento infiel abría el recital de sexo corrupto y descarriados deseos, en Lolita bastan las piernas de una quinceañera para destrozar conciencias a base de celos, erotismo y pavor. Todo es sutil y figurado. También intrincado. El cineasta maneja la narración con gusto. El pecado, junto con la manipulación y el engaño, se lee entre líneas.  No hace falta ser explícito con el tema: la cara de el profesor habla por sí sola. Aquí no hay almíbar ni postales románticas. El nombre de Dolores Haze denota simple poesía de la vulgaridad y el patetismo.  

Deliverance (1972)

John Boorman: Defensa (Deliverance, 1972). Estados Unidos. Thriller naturalista de la American New Wave. Escrita por James Dickey en base a su propia novela. Interpretada por Ned Beatty, Jon Voight y Burt Reynolds. Fotografía de Vilmos Zsigmond. 110 minutos. 

Cuatro amigos deciden olvidar la vida en Atlanta por unos días. El domingo estarán de vuelta para disfrutar del partido. Sin problemas. Piensan evadirse rodeándose de la naturaleza, adentrarse en los montes Apalaches y navegar el río Cahulawassee. Tal río, en realidad, no existe. Son aguas inventadas por James Dickey, aunque la ficción también le pone fin: una presa, amenaza explícita en el cine de John Boorman (La selva esmeralda, 1985), terminará prematuramente con el valle. A Ned Beatty, fantoche urbanita, poco le importa. Quiere su tienda de campaña, su vino y sus risas con los amigos. No sabe todavía lo que le viene encima. La calidez de la naturaleza -tan bien retratada por Vilmos Zsigmond– dura un asalto. El karma de los bosques no quiere a estos chicos de ciudad merodeando por allí. Aquella se rebela contra el intruso. El río los escupe. Y el montañero los maltrata. El arco de Burt Reynolds contraataca. La mirada de Jon Voight aterra. El hombre es un lobo para el hombre. Una vez más, la violencia y las manidas tinieblas se imponen. Se esfuma la armonía en nombre de la supervivencia. Dos mundos que colisionan: ¿quién golpeó primero? Pesadilla impoluta. Queda Ronny Cox y un harapiento muchacho… un duelo banjo-guitarra emblemático.    

The kid (1921)

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  • Comedia dramática
  • Dirigida por Charles Chaplin
  • Escrita por Charles Chaplin
  • Interpretada por Charles Chaplin, Jackie Coogan y Edna Purviance
  • 51 minutos

Era el año 1921 cuando Charles Chaplin cautivaba al gran público gracias a esta preciosa película, El chico. Nada más comenzar, el británico ya advertía de sus intenciones: A comedy with a smile and perhaps a tear. Es el inconfundible estilo de Chaplin, ese que conjuga a la perfección su lado más cómico con el dramatismo más sincero.  

Una madre que no quería serlo abandona a su hijo en una limusina de lujo. Sueña con que el muchacho tendrá una vida mejor, y así lo deja escrito en un papel: Please love and care for this orphan child. Lo que no sabe es que al pobre muchacho lo terminarán por abandonar una pareja de ladrones en uno de los barrios más humildes de la ciudad. Al niño lo encontrará Chaplin, y él lo amará y lo cuidará. Comprobaremos, de esta manera, cómo es vivir en la pobreza, cómo es sonreír frente a la adversidad. Y como, además, el cariño y el afecto sirven para escribir poesía aun en el lugar más miserable del mundo. Inolvidable, en este sentido, el revoltoso Jackie Coogan

Las andanzas de esta enternecedora pareja revelarán el poder de la picardía -muy graciosa su forma de ganarse la vida- y la fuerza del amor verdadero. La estupenda Edna Purviance, la arrepentida madre convertida ahora en estrella teatral, pondrá, al final, la sonrisa que el maestro nos había prometido. Una historia llena de emoción, de vida, de ilusión.