Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013)

David Trueba: Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) España. Comedia dramática. Escrita por David Trueba. Fotografía de Daniel Vilar. Música de Pat Metheny. Interpretada por Javier Cámara, Francesc Colomer, Natalia de Molina, Ariadna Gil, Ramon Fontserè y Jorge Sanz. 108 minutos.

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David Trueba se arrima a la melancolía. A la fantasía de la melancolía, diría yo. Porque la vida, como cuenta el fabuloso Antonio, es alegre y triste. También tiene un punto de mágica. Esto no lo dice, pero se nota: por eso, los tres náufragos, viajan hacia esos strawberry fields que aparecían en la canción. O lo que es lo mismo, hacia Almería. Es el año 1966 y, con ellos, el cineasta se da un paseo por la España rancia de entonces. Atiza a la estricta (y patriarcal) educación familiar gracias a un fabuloso Francesc Colomer. Y escupe al estigma de la religión con la encantadora Natalia de Molina, a puntito de ser madre soltera. Uno quiere dejarse crecer el pelo. La otra no quiere que nadie decida por ella. Buscan romper las vestiduras. Y así, signo del destino, aparece el pop británico en forma de Javier Cámara, profesor de inglés de profesión y quinto beatle de vocación. Este busca conocer a John Lennon para preguntarle por qué no aparecen las letras de las canciones en sus discos. Es lo que tiene enseñar inglés a los chavales con las canciones del cuarteto de Liverpool. Proeza, en definitiva, a su alcance porque, como cuenta luego, es importante vivir sin miedo. Todos tienen su momento, tan bien perfilados por la fotografía de Daniel Vilar: la inocencia romántica de Juanjo, la bondadosa simpleza de Belén y la épica soledad de Antonio. Acaban en un pequeño pueblo de la costa mediterránea. Algún idiota también sale malparado por allí. Y es que el guion de Trueba no deja nada al azar. Les pinta una mirada soñadora a todos para cerrar este sentimental y vitalista viaje.

Stockholm (2013)

Rodrigo Sorogoyen: Stockholm (2013) España. Película de difícil encasillamiento: cuanto menos sepas, mejor. Escrita por Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña. Interpretada por Javier Pereira y Aura Garrido. 90 minutos. 

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Para hacer buen cine, no es necesario gran cosa. Basta una buena idea. Esta obra de Rodrigo Sorogoyen sirve como ejemplo. De título equívoco, el cineasta retrata la noche de una ciudad cualquiera. Coge a dos jóvenes que se acaban de conocer -y gustar- en una fiesta. Los pone a charlar, a pasear. Es la primera parte del film. Gana lo efímero y la despreocupación. Vence entonces él… y el toque romántico. Busca la complicidad entre ellos. El típico “chico conoce a chica”. El único pero es que los diálogos no resultan tan naturales como, por ejemplo, sí lo hacen en Antes del atardecer (Before Sunset, 2004). El sobreactuado Javier Pereira tampoco es Ethan Hawke. Pero, aun así, caes en la trampa. En parte por la estupenda Aura Garrido. Y menos mal, pues lo mejor viene después. Te llevas el golpe a la mañana siguiente, cuando el arcoíris ya no luce tanto y la encantadora sonrisa ya no resulta tan fascinante. Ahora gana ella. Y aparece el thriller, seco e imprevisto. La turbiedad derrota al hedonismo. Queda la crítica a la incomunicación, en este caso aparejada a las relaciones sexuales. Una buena fotografía social del siglo XXI sobre hasta dónde puede enfermar el consumismo.

Calle Mayor (1956)

Juan Antonio Bardem: Calle Mayor (1956) España. Drama. Escrita por Juan Antonio Bardem. Obra teatral de Carlos Arniches. Interpretada por Betsy Blair, José Suárez e Yves Massard. 95 minutos. 

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La calle mayor es el corazón de una ciudad de provincias sin nombre, abstracta aunque real: Cuenca, Logroño o Palencia. Tanto da. Es la España de los años cincuenta, más allá de concreciones físicas, la que se sitúa en el punto de mira de Juan Antonio Bardem. Este busca criticar la realidad social que acompaña a aquella: hieren las inercias conservadoras -cuchicheos y miradas incluidas- que enjaulan moralmente a la deslumbrante Betsy Blair, la solterona de la ciudad. Retrata la figura de la mujer en aquellos tiempos. El punto mezquino lo marca un grupo de lugareños, unos amigos presos del aburrimiento y la monotonía que, lejos de manifestar cualquier inquietud (¿reflexión sobre el régimen?), tan solo se evaden de su grisácea realidad mediante el alcohol, la diversión y… las bromas de mal gusto. Es así como José Suárez conocerá a Isabel, protagonista del film. El enredo romántico justifica a la perfección cada pincelada dada por el cineasta en esta tristona postal. ¿Cómo escapar de la insidia, de la humillación? ¿Se puede? Yves Massard le invita a coger un tren, a no mirar atrás, en esa estación que tanto le gusta. Llueve en la ciudad y ella busca a través de la ventana un futuro mejor que parece no llegar.  

Belle de jour (1967)

Luis Buñuel: Bella de día (Belle de jour, 1967) Francia. Drama sobre la perversión. Escrita por Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière. Interpretada por Catherine Deneuve, Jean Sorel, Francisco Rabal y Pierre Clémenti. 100 minutos. 

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En su obsesión por destrozar los cimientos burgueses, Luis Buñuel se agarra a la inmensa Catherine Deneuve y a su volátil interpretación para dar rienda suelta a un relato en el que el corsé burgués se enmaraña con la liberación sexual de la mujer. Ella es una esposa modélica, sensible y delicada. Tiene una apariencia incorrupta que se ha ido gestando desde su conservadora niñez. Cuida de su hogar y de su marido. Sin embargo, sueña con otra vida. Enfermizas historias de amor le desvelan mientras la perversa fantasía corrompe su hipócrita cotidianidad. Quiere a su chico, Jean Sorel, pero el acomodo la espanta. En el fondo, busca desatarse. La prostitución emerge como un universo subterráneo, atractivo y peligroso a la vez. Es así, temerosa, como acude a reclamar la atención de Madame Anais. Pronto la bautizarán: Belle de jour. El machismo lo carcome todo, sueño y realidad. Tanto da un burdel como una casa de bien. La hipnótica puesta en escena del cineasta estalla definitivamente con la presencia de Francisco Rabal y, sobre todo, con el enigmático personaje a quien interpreta Pierre Clémenti. El aire feminista se agita con un torbellino misógino. Los fantasmas, reales e imaginarios, alteran la simulada inocencia del verdadero corazón del film que, como digo, no es otro que Catherine Deneuve. Todo es muy turbio en esta voraz odisea femenina.    

Tesis (1996)

Alejandro Amenábar: Tesis (1996) España. Suspense. Escrita por Alejandro Amenábar, con argumento propio y de Mateo Gil. Interpretada por Ana Torrent, Fele Martínez y Eduardo Noriega. 125 minutos. 

En Madrid, un hombre se ha tirado a las vías y Ana Torrent presta atención. Lo busca con la mirada, presa del morbo. Quiere ver la muerte. No miren se escucha desde el andén. No lo hace. Abre Tesis. La Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense es el escenario elegido por Alejandro Amenábar para su ópera prima. Apenas tiene veinticuatro años. Le falta experiencia, oficio. Le sobra desparpajo y talento. José Luis Cuerda impulsa su carrera. Mientras, él bebe de Hitchcock, fuente inagotable de inspiración: suspense, tensión y paroxismo. El esquema es básico. Todo comienza con una investigación, la de Ángela. Un profesor y un estudiante le ayudan a conseguir material de estudio. Y aparece una snuff movie, violencia pura. No mires, otra vez, le dice Chema. A partir de aquí, una chica desaparecida, una cámara como sospecha, la extraña complicidad de Fele Martínez y una historia de amor -entre la protagonista y Bosco- enfermiza. El despacho de un profesor, las aulas, el archivo, la cafetería o los pasillos… son elementos que se despojan de cualquier atisbo de neutralidad para convertirse en lanzas de excitación y nervio. La esquiva apariencia de los personajes, con especial referencia al color de los ojos de Eduardo Noriega, ayuda a levantar la intriga. Los laberintos semiocultos de la facultad alcanzan su máxima expresión entre cerillas y oscuridad: Me llamo Ángela, me van a matar. La protagonista lo pasa mal con su tesis, y nosotros con ella. Falta resolver el interrogante principal -quién lo hizo- con un final que raya la perfección. En el camino, desde el primer plano hasta el último, Amenábar ha ido codificando su crítica principal: el sensacionalismo que impera en el espectador y, todavía más importante, el poder de contagio de los medios de comunicación: les advertimos que las siguientes imágenes pueden herir la sensibilidad del público… 

El viaje a ninguna parte (1986)

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  • Drama (Posguerra española)
  • Dirigida por Fernando Fernán Gómez
  • Escrita por Fernando Fernán Gómez (Novela: Fernando Fernán Gómez)
  • Interpretada por José Sacristán, Fernando Fernán Gómez, Gabino Diego, Juan Diego, Nuria Gallardo y Laura del Sol
  • 134 minutos

Fernando Fernán Gómez rinde tributo a la figura del cómico español. Más en concreto, al artista de posguerra, aquel que entre penurias y hambre se ganaba la vida por los pueblos de Castilla haciendo reír a la gente. Lo hace a través de José Sacristán, de Gabino Diego y de sí mismo. Los tres forman una familia de artistas, los Galván, que patean los caminos de pueblo en pueblo, luchando por ser contratados en alguna taberna mientras maldicen al padre de los Lumière. 

La película está graciosa y atesora lucidez en cada uno de sus fotogramas, aunque, las cosas como son, la narración termina por hacerse un poco larga. Los amoríos de Sacristán con Laura del Sol y Nuria Gallardo amenizan la velada, igual que las múltiples batallas que aquel, desde su vejez, le recuerda al espectador: el Festival de Venecia, las tardes con Sara Montiel, compartir cartel con Arturo Fernández o Tony Leblanc… Algo de cinismo hay, pues, en este relato. Tampoco falta la picardía del mejor personaje de este film, aquel a quien da vida un fabuloso Juan Diego. Todos odia y aman, a partes iguales, su oficio. Aunque, en el fondo, todos tienen la ilusión de cambiar su vida, de huir de la pobreza de esa España rural y decadente: es la soledad de Sacristán, quien reniega de adaptarse a los nuevos tiempos, de ser un simple extra más en el cine, viendo como Juanita, su hijo, Rosita e, incluso, su padre terminan por hacer las maletas hacia cualquier otro lugar. 

El cineasta lo baña todo desde el afecto. Una nostálgica mirada que pincela una pesarosa postal sobre una España -la propia de la posguerra- en la que el artista, nómada y desarraigado, vivía en la miseria y camino, como anuncia Fernán Gómez, de ninguna parte.  

La isla mínima (2014)

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  • Thriller
  • Dirigida por Alberto Rodríguez
  • Escrita por Alberto Rodríguez y Rafael Cobos
  • Interpretada por Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Nerea Barros y Antonio de la Torre
  • 105 minutos

La morbosidad del crimen es una mísera tentación. La violencia y la sangre atrae, aun en su repulsión, a la gente. Quien mejor lo explicó fue Alejando Amenábar a través de la escena del suicidio en el metro y la esquiva mirada de Ana Torrent en Tesis (1994). En esa línea escabrosa se mueve La isla mínima, película de un cineasta con muy buen pulso para la narración, Alberto Rodríguez. Y ahí reside el punto fuerte de esta historia, en su poder de persuasión.

El cineasta consigue atraparnos. Nuestra atención queda, así, presa de las andanzas de Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez, dos inspectores que deben hacer frente a un caso de absoluto salvajismo: la violación y asesinato de dos adolescentes. La fotografía de Álex Catalán genera una sensación de asfixia y pavor, temblorosos ante el angosto paisaje que se cimenta ante nosotros. Todo resulta asqueroso. Y ello es mérito del narrador. El contrapunto son las fisuras que contiene el guion. La resolución es floja, abre mejor los interrogantes que los cierra. Además, existe un carrusel de personajes que amplia la galería, pero disminuye la profundidad. Nerea Barros, en este sentido, igual que Antonio de la Torre, daban para mucho más. Y, por último, la polaridad ideológica de los dos protagonistas está cogida con alfileres, sin encajar del todo en la trama principal.

En todo caso, Alberto Rodríguez, en compañía de Rafael Cobos, continúa ahondando en las miserias españolas de los años ochenta, igual que ya sucediera con la notable Grupo 7 (2012). Una película potente y repleta de nervio.