Juventud, eterna utopía

Youth – La giovinezza
Paolo Sorrentino, 2015

El cineasta napolitano es ya reconocido internacionalmente cuando acomete esta obra. Después de alcanzar el éxito con su anterior film, le llega el turno de la consagración, lejos ahora de esa Italia crepuscular que tan bien había retratado hasta el momento. Vuelve a Suiza, otro de sus enclaves. Se mantiene su barroquismo visual, repleto de escenas memorables y con unos personajes caricaturescos que siguen la línea que había marcado “su” Toni Servillo en Le consegüenze dell’amore (2004), Il divo (2008) y La grande bellezza (2013). Emociona ajustando cuentas entre el ayer, el hoy y el mañana. Brillante esa Venezia nocturna donde la vejez y la juventud se cruzan en una Piazza de San Marco invadida por l’acqua alta. El problema para nuestros protagonistas -unos excelentes Michael Caine y Harvey Keitel– es que el mañana ya no es tal. Poesía y crudeza de la mano. Colorido y tristeza para esta pareja de octogenarios. Se respira decadencia e insignificancia en ese balneario de lujo. Incluso la hermosa Madalina Diana Ghenea sabe que todo es efímero. A ellos solo les queda encomendarse al recuerdo, a la juventud.  

mada3-860x573

Fred Ballinger toma el fresco en un lujoso balneario suizo. Es un tipo docto, maestro de la música y de refinados modales. Le acaba de decir “no” a la Reina de Inglaterra. No actuará para ella. Una decisión que ni siquiera cuenta a su mejor amigo, Mick Boyle. Este anda escribiendo su último guion, su testamento. Y así pasan las horas y los días. Ambos piensan en Gilda Black, aquella chica de la que se enamoraron cuando eran jóvenes. Son cosas de la vejez. Cuando eres joven, sientes esa lejana montaña como si estuviese a tu lado. Es el futuro, dice Paolo Sorrentino. De mayor, todo está en las antípodas de tu persona: simplemente te queda el pasado. ¿Cómo juega la memoria? ¿Recuerdas a tus padres, sus gestos, sus palabras? ¿Qué recuerdas de tu niñez? Las ocasiones perdidas te saludan vengativas, ahora que ya no te queda remedio alguno. Pero te regocijas en aquel amor que no fue. Te sientes frágil. El cineasta juega con la juventud, la eterna utopía, para desenmascarar la vejez.

Lo hace en un contexto formidable: la decadencia tan pomposa que habita en ese balneario de lujo. Todos, aun en sus grandezas, se presentan como insignificantes. We are all extras. All we have is emotions. Es una de las últimas reflexiones de Keitel. Allí está Maradona, o un famoso actor de Hollywood. Llora Rachel Weisz, a quien su marido ha dejado por una pop star. Una niña prostituta se adentra en las tinieblas acompañada por la resignación de su madre. No muy lejos, un matrimonio septuagenario se escabulle en el silencio para hacer el amor en las montañas. Miss Universo manda en las aguas termales mientras un barbudo alpinista enseña libertad a toda persona que se precie: tanto da una niña con ganas de hacerse mayor como una mujer con el corazón roto. Falta la chica de los masajes para completar este barroco paisaje hecho para emocionar. Resulta ligero y excesivo a la vez. Le basta a Sorrentino con echar la vista atrás para ajustar cuentas. Qué malo debe ser hacerse viejo. Una estética cautivadora para un film inolvidable.  

Anuncios

Buongiorno, notte (2003)

Marco Bellocchio: Buenos días, noche (Buongiorno, notte, 2003) Italia. Drama político. Escrita por Marco Bellocchio y Daniela Ceselli. Libro de Anna Laura Braghetti y Paola Tavella. Interpretada por Maya Sansa, Pier Giorgio Bellocchio, Luigi Lo Cascio, Giovanni Calcagno y Roberto Herlitzka. 106 minutos.  

buongiorno_notte1

Una pareja de jóvenes visita una espaciosa casa en Roma. Tiene una terraza preciosa. Quieren dar forma a su hogar. Al menos, eso tratan de aparentar. La realidad es otra conforme a los dictados internos de Chiara, la protagonista a quien da vida una Maya Sansa presa del tormento. Aldo Moro ha sido secuestrado y entre las paredes de ese hogar se levanta una nube de prisiones. Todos, a su manera, están encerrados. El cineasta, Marco Bellocchio, decide revisar la historia reciente italiana. Continúa con el paisaje que tiempo antes había pincelado Bernardo Bertolucci en Novecento (íd., 1976). La infatigable lucha por el poder sigue rompiendo los quietos hábitos de la sociedad italiana. No solo es la política corrupta italiana. Tampoco las vertebras de la Cosa Nostra siciliana o la Camorra napolitana. Ahora es el turno de las Brigate Rosse. Soñadores al comienzo, fascistas tiempo después. Asesinos de carne y hueso: enamorados como Pier Giorgio Bellocchio, reflexivos como Luigi Lo Cascio o atentos con la naturaleza como Giovanni Calcagno. Este último se preocupa por los canarios que animan el espacio de terror en el que habitan. Todos ellos se santiguan antes de cada comida. Y se refugian en la amistad, en la familia. Tienen el poso que acompaña a cualquier italiano. ¿Por qué este horror entonces? Es la cuestión que rodea al film y, especialmente, a la protagonista del mismo. ¿Puede la libertad defenderse a través del terrorismo? Ella observa como su padre canta orgulloso, recordando las luchas por la libertad de los partisanos. Mientras, ella se oculta entre temores y remordimientos. Cada palabra que pronuncia Roberto Herlitzka hace más daño que la anterior. Han caído en una contradicción terrible. Las utopías libertarias son asaltadas por el ocultismo brigadista. La figura de Aldo Moro camina, solitaria y al amanecer, por las calles de Roma. Intenta escapar de la pesadilla para refugiarse en lo idílico. Bellocchio ha saludado a la noche, aunque prefiere quedarse con la luz de la mañana.          

Il grido (1957)

Michelangelo Antonioni: El grito (Il grido, 1957) Italia. Drama. Escrita por Michelangelo Antonioni, Elio Bartolini y Ennio De Concini. Fotografía de Gianni Di Venanzo. Música de Giovanni Fusco. Interpretada por Steve Cochran, Betsy Blair, Alida Valli, Dorian Gray, Lynn Shaw y Mirna Girardi. 116 minutos. 

il grido

La película abre con una noticia triste: il tuo marito è morto. Pronto descubrimos que este hecho poco le importa a Irma, una sensacional Alida Valli. Le importa nada, de hecho hace ya siete años que está emparejada con Aldo. Este, el malherido Steve Cochran, no sabe todavía que ella se entiende con un nuevo amante, que ya no le ama como antes. El desamor servido con clase y poesía. Tormenta sentimental que esconde los interiores del melancólico cine de Michelangelo Antonioni. Queda un náufrago y su orgullo, manchado este por el vacío. Camina sin rumbo por el norte de Italia, a orillas del Po. No encuentra la solución al problema porque ni siquiera conoce cuál es el problema. Se arrima a Elvia, una Betsy Blair que desearía ser su mujer. La cama de Virginia -fantástica Dorian Gray interpretando al mejor personaje del film- tampoco le sirve como refugio. La entrañable Andreina, Lynn Shaw, será su último arcoíris. El desamparo puede con él. La fotografía de Gianni Di Venanzo enmarca la desolación. Si el final es triste, peor sabe despedirse de la expresiva Mirna Girardi, de nombre tan bonito aquí: Rosina, su pequeña hija. La proletaria Il grido puede añadirse a la monumental, triste y burguesa trilogía de la incomunicación para desenmascarar las miserias que acompañan, a ojos del poeta, a una sociedad -la Italia de la industrialización- en la que no parecía encontrar cobijo. 

I vitelloni (1953)

Federico Fellini: Los inútiles (I vitelloni, 1953) Italia. Drama. Escrita por Federico Fellini, Tullio Pinelli y Ennio Flaiano. Interpretada por Franco Fabrizi, Leonora Ruffo y Franco Interlenghi. 107 minutos. 

i vitelloni

En una ciudad arrimada al Adriático, bien podría ser Rimini, viven cinco jóvenes amigos. Ellos son los vitelloni: sus días pasan como si nada. Es la derrota entregada antes de tiempo. La eterna -y, por tanto, contradictoria- juventud. El angosto pozo del que no pueden escapar. Salen, pasean, charlan, divagan y se divierten. La plaza desierta, al amanecer, es su final de trayecto para una larga noche. Pero todo destila tristeza. La desafección moral parece apoderarse de ellos. Las melancólicas olas esbozadas por Federico Fellini lo iconizan todo. El personaje de Fausto, encarnado por Franco Fabrizi, podría ser la clave de bóveda del film: ha dejado embarazada a la hermana de uno de sus mejores amigos y no le queda otra que casarse con ella… a pesar de que no la quiere. La vida bohemia parece no encajar en el corsé tradicional en el que habitan sus vecinos. Cadena perpetua para él. Y pobre Sandra -estupenda Leonora Ruffo-, por cierto. Los dilemas de aquel son los dilemas de la película. Una vez más, el vacío vence espacio. Y no queda otra que huir. La farsa ya no se sostiene más a ojos de uno de los protagonistas. Fabuloso el grisáceo y retraído adiós de Moraldo, un Franco Interlenghi que va camino hacia la incertidumbre y que deja atrás una vida que no quiere para sí: se despide en silencio del desánimo.      

La terra trema: Episodio del mare (1948)

Luchino Visconti: La tierra tiembla (La terra trema: Episodio del mare, 1948) Italia. Estudio neorrealista sobre el sur de Italia. Escrita por Luchino Visconti. Novela de Giovanni Verga. Interpretada por pescadores sicilianos como Antonio Arcidiacono. 152 minutos. 

La_terra_trema_visconti

Suenan las campanas de la iglesia. Se vislumbra el mar. Estamos en Acci Trezza, un pequeño pueblo costero de Sicilia. El italiano aquí no es la lengua de los pobres. Por eso, el cineasta respeta el habla lugareña. Allí, los pescadores salen por la noche a faenar y vuelven por la mañana. Trabajan, en exclusiva, para el comerciante. Es una vida de fatigas. La esclavitud del mar, del amargo mar. La venta está arreglada a la baja. Los mercaderes conspiran, pactan. Sin ensuciarse las manos, obtienen el beneficio mayor. Y los pescadores, después de tantas horas de trabajo, simplemente alcanzan lo suficiente como para no morir de hambre. Es el mundo de opresión con el que abre este penitente relato, bañado en las aguas del neorrealismo por un joven Luchino Visconti. Aristócrata de cuna, Visconti escribe su primera carta de amor al sur italiano. Se sitúa del lado del analfabeto, mientras se acoge a las influencias gramscianas, para tejer una obra tan desgarradora como cruel.   

Los viejos nunca dijeron nada. Es el imperio del conformismo. Los jóvenes, en cambio, tienen otro aire. Corren nuevos tiempos. Es el año 1947, Mussolini se ha marchado y el fantasma del comunismo pulula en el ambiente. Al menos, en la mente de ‘Ntoni Valastro. Es él quien decide rebelarse frente a la injusticia. Antepone la dignidad y escapa del servilismo. Odisea mísera la emprendida por el cineasta milanés. Minuciosa obra: hasta el amor depende del dinero en este triste paisaje. La lucha del protagonista encierra una narración magistral. Su familia es despedazada lentamente por la cámara de Visconti. Luchan contra el poderoso, luchan contra el tiempo y luchan contra la tradición. Una tormenta cambiará, para siempre, el destino de sus vidas. El final, hiriente como pocos, guarda la terrible mirada de Antonio Arcidiacono. Está siendo humillado por los mercaderes, por sus maliciosas carcajadas. Ha sido castigado por el pueblo, por sus vecinos. Todos claman vendetta. Él, sin embargo, ya hablado con anterioridad: su derrota -la suya, la de los suyos- será la victoria de tantos otros, la del humilde y del pobre.    

Europa ’51 (1952)

Roberto Rossellini: Europa ’51 (1952) Italia. Drama social sobre la Europa de la posguerra. Escrita por Roberto Rossellini, Sandro De Feo, Mario Pannunzio, Ivo Perilli y Brunello Rondi. Interpretada por Ingrid Bergman, Alexander Knox y Giulietta Masina. 113 minutos. 

europa_1

Presto atención al título y ya sé en que aguas nada Roberto Rossellini. Es la Europa de la posguerra, no tan miserable y aciaga, sin embargo, como aquella expuesta en Germania anno zero (1948). Igual de vacía y frívola… sí. Europa sigue sin oxigenarse. Pero donde antes había hambre, ahora hay cenas bien servidas. Es un mundo de lujos, privilegiado y elitista. La una y la otra, en cualquier caso, enlazan su narración con la muerte de un niño, tragedia traumática que despierta la conciencia de Ingrid Bergman, madre penitente que, poco a poco y tal como sucedía en Stromboli (1950), va enclaustrándose en un mundo que nadie, salvo ella y alguno más, entiende. Es una incomprendida que sirve al cineasta para destripar, ahora sí, la realidad que acompaña a las borgate romanas. Ya estamos a pie de calle.

Lucen los niños famélicos, sonríe llena de coraje Giulietta Masina y llora una prostituta moribunda. Es la Roma de la posguerra, la Roma de la periferia. El cineasta sigue tirando a dar. Le asquea, vomita, frente a la banal burguesía. En esta no encuentra solución posible. El marido y la madre hacen oídos sordos a las clamas de Bergman. Esta, llena de dolor, jamás encontrará la redención. Al menos, eso sí, entrega las bondades del corazón a los necesitados. Por eso entra en una fábrica, y escapa horrorizada. Es el infierno de las máquinas, la añoranza de la artesanía. ¿Cómo un niño puede morir por desatención médica? Comunista, religiosa… demente. Nada de eso es, aunque le cuelguen etiquetas por doquier. Nadie la entiende, salvo nosotros, los espectadores. Rossellini levanta un monumento a la figura del pobre y, además, lo hace sirviéndose de la mesiánica figura de Ingrid Bergman. Ella representa una cura de humildad, con su vida entregada al desfavorecido, como pocas antes se han narrado. Sobrecogedora pincelada, otra más por parte del italiano, a la Europa de su tiempo.     

Germania anno zero (1948)

Roberto Rossellini: Alemania, año cero (Germania, anno zero, 1948) Italia. Alegato antibélico enmarcado en las líneas del neorrealismo italiano. Escrita por Roberto Rossellini, Carlo Lizzani, Max Colpet conforme a un argumento de Basilio Franchina. Interpretada por Edmund Moeschke. 70 minutos.  

Germania anno zero - Alemania anyo cero (foto) 06

Roberto Rossellini ya había esbozado, con pincel de hierro, las penurias que la II Guerra Mundial había ocasionado sobre la población civil italiana: ahí están Roma città aperta (1945) y Paisà (1946). Ellas representan el durante de la guerra. La tercera parte de la trilogía, sin embargo, atiende a las consecuencias, al después. Comparte con aquellas las ruinas, pero estas ahora son quietas, sin humo ni fuego. Es el mañana de la guerra, ese que azota a Edmund y su familia.

Estamos pues en la zona cero. Y un chaval, apilado junto a su familia en un avispero urbano, no encuentra la solución a sus males. Quiere escapar del hambre y de la miseria. Pero no puede, aunque lo intenta: busca un trabajo que no le conceden, comercia en la calle donde le estafan… se afana por vencer, pero pierde irremediablemente. Cómo volver a empezar desde la nada. El cineasta azota un golpe seco al bando aliado y victorioso. Desconfía de su potencial efecto benefactor. Y centra su mirada, una vez más, en la gente más humilde, en los parias de la ciudad. Personas que, casi con toda seguridad, nada tuvieron que ver con el inicio de la contienda. Personas que, sin embargo, sufren los errores de la ambición y el imperialismo desmedido.

Suena un discurso hitleriano en el interior de un edificio semiderruido. El eco es sobrecogedor. La imagen es horrenda. Es el chaval trapicheando para atender, poco después, a las palabras de su antiguo profesor: el darwinismo social. Apenas se atisba la solidaridad en la sociedad alemana. No hay refugio para el calor… y ahí estalla el alegato sombrío del cineasta. El acto más infame que un hijo puede cometer. Un hijo, en cualquier caso, lleno de conciencia, capaz de subir a un campanario, cerrar los ojos y… Rossellini se entrega al dolor de la derrota, cierra así su tríptico de miseria, hambre y muerte para denunciar (y a la vez dignificar) la situación que acompañaba a la Europa del 45.