Aruitemo, Aruitemo (2008)

Hirokazu Kore-eda: Still Walking (Aruitemo, Aruitemo, 2008) Japón. Drama familiar. Escrita por Hirokazu Kore-eda. Fotografía de Yutaka Yamazaki. Interpretada por Hiroshi Abe, Yoshio Harada, Yui Natsuwaka, Kirin Kiki y You. 115 minutos. 

stillwalking200906_4-ln_evento-original

Una anciana mujer cocina, en compañía de su hija, unos rábanos y unas zanahorias. Es el primer plano de Hirokazu Kore-eda, donde ya se percibe que se impone, en su relato, la apariencia armónica y el canto velado hacia los pequeños momentos. Una comida familiar después de un largo tiempo sin verse: es la magia de la quietud, el poder de los silencios y el contraste, al final, que surge cuando estos son rebatidos por la palabra. Tenemos enfrente un drama familiar inmenso. Así llega a casa de sus padres un fenomenal Hiroshi Abe, el mejor personaje de todos. ¿Cómo sustituir lo insustituible? La huella de su hermano mayor, fallecido trágicamente, marchita cada uno de los rincones del hogar y, especialmente, ataca su figura. Esquiva la estricta crítica de su padre, Yoshio Harada, ahora que presenta, por primera vez, a su mujer. Esta es Yui Natsuwaka, fabulosa en el papel de madre viuda, quien plasma, mejor que nadie, el choque entre la cortesía y el chinazo. Sobre todo, cuando este se da frente a Kirin Kiki, la agradable abuela. Falta para redondear esta elegía a la cotidianidad, el personaje de You, la amigable hija. Todos tienen una idiosincrasia muy bien definida desde el guion. El cineasta realiza un retrato de la sociedad japonesa sin apenas salir del hogar de los Yokoyama. El paisaje resulta entrañable, aunque melancólico. Luce la fotografía de Yutaka Yamazaki. Aparece el paso del tiempo arrastrando consigo los sueños frustrados y la pérdida de los seres queridos. El alma otoñal se decora con un punto sentimental en el que maravilla, en las mejores escenas del film, la fantasía de las mariposas amarillas. 

Anuncios

Ikiru (1952)

  • ikiJapón
  • Drama
  • Dirigida por Akira Kurosawa
  • Escrita por Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni
  • Interpretada por Takashi Simura y Miki Odagiri
  • 143 minutos 

“C’mon a my house a my house, I’m gonna give you a Christmas tree, I’m gonna give you a marriage ring and a pomegranate too, I’m gonna give you a peach and a pear, I love your hair.”

Al pobre Takashi Simura le quedan pocos días de vida. Le han diagnosticado cáncer de estómago. Sus días están contados. Es un terminal. Y ahora lamenta sus últimos treinta años. Esos que ya no vivió junto a su esposa, quien murió joven, dejando un niño, Mitsuo, al que cuidar y criar. Perdió la ilusión por su trabajo. Sus proyectos y sus estudios se esfumaron entre rutinas y papeleos diarios. Su hijo creció, se enamoró y, aun con su compañía, lo abandonó. El infeliz de Kanji Watanaba se quedó solo. Y ahora, a punto de morir, ha decidido vivir.

La catarsis a la que se expone Simura agolpa montones de emociones: cómo organizar su vida, cómo reordenar su existencia. Una crisis emocional y sentimental lo conduce a una noche desenfrenada de alcohol y compañía femenina. Pero se encuentra vacío. El consuelo lo representa una joven compañera de trabajo. Es la sonrisa, la felicidad de Miki Odagiri. Y él se siente vivo en su compañía. ¿Estará enamorándose a su edad? Es algo imposible. Igual que la reconciliación con su hijo y su nuera, dos arrogantes personas que tan solo le brindan la compañía de la incomunicación. En tal situación de cosas, encuentra, por fin, la brújula para orientar su adiós: desempolvar uno de sus viejos proyectos, atender a sus conciudadanos y construir un parque para los niños.

Akira Kurosawa despierta la ilusión entre desesperanza y tristeza. Es un alegato vitalista, sutil y un tanto melancólico, pero vitalista. Dividida claramente en dos grandes partes, con una inicial muy superior a la que acontece a su funeral, Ikiru azota, a su vez, a la burocracia japonesa de aquel tiempo. El director se compromete así, nuevamente, con su entorno y sociedad. Lo hace de una forma humana a través de este tranquilo héroe, resaltando, pues, la sencillez del mensaje: life is a brief viene a decir, de una forma tan lírica y sentimental, el cineasta. La película y el protagonista dicen adiós con una escena preciosa, con un hombre columpiándose bajo la nieve, feliz y satisfecho.   

Tengoku to Jigoku (High and Low) (1963)

  • high_and_lowJapón
  • Cine negro
  • Dirigida por Akira Kurosawa
  • Escrita por Hideo Oguni, Akira Kurosawa, Ryuzo Kikushima y Eijiro Hisaito
  • Interpretada por Toshirô Mifune, Tatsuya Nakadai y Kyôko Kagawa
  • 143 minutos

Son ricos y discuten sobre sus asuntos. La codicia aparece camuflada entre costes y beneficios. La competitividad, las intenciones ocultas y las perfidias se imponen sobre ellos. Es una conversación miserable entre un grupo de accionistas de una importante empresa del calzado. Uno de ellos es Toshirô Mifune, el prototípico hombre hecho a sí mismo. Padre de familia y modélico empresario, tiene la voluntad de acorralar a sus socios y expulsarlos de la compañía. Otro impulso desbocado -aunque fríamente calculado- en su mundo de hienas. Sin embargo, pronto recibirá una extraña llamada: han secuestrado a su hijo.

Es así como Akira Kurosawa logra hipnotizar mi atención. El film, de dos horas y media de duración, se pasa volando. Consigue hilvanar una narración poderosa en la que la investigación policial, comandada por un notable Tatsuya Nakadai, se mueve entre la inquietud y el nervio. Los claroscuros capturados por Asakazu Nakai y Takao Sito hacen relucir a un film que se codea entre los grandes nombres del cine negro. El descenso a los infiernos del protagonista, con un poso sentimental impulsándolo, desmitifica su impoluta figura. Ahora suda, se duele y se altera ante la triste mirada de su mujer, la penitente Kyôko Kagawa, y el desconsuelo de su desgraciado chófer. Ellos son la angustia personificada. Una odisea cargante, retorcida y asfixiante en la que los dilemas sobre el dinero del protagonista y las amenazas del secuestrador se conjugan con la milimétrica caza policial. 

La brillante estética del film, junto con su persuasión narrativa, no son los únicos activos del mismo. Falta, sin duda, el mérito principal del relato: la crítica social del Japón de los años sesenta. El cineasta se refugia en los cánones del cine negro para escupir un miserable lema: hacer desafortunado al afortunado. Qué triste razón de existir. La escena final se hunde, así, en la mugre, en el sinsentido más absoluto. La rabia y la frustración mueven al villano de turno, ese que vive en la periferia lamentando la dicha del rey de la colina, respirando únicamente con la idea de cambiar tal estado de cosas. Queda, como resultado de todo, un paisaje interclasista desalentador donde apenas cabe la esperanza. En esta ocasión no hay un trasfondo humano en el cine de Kurosawa. Sincera y sobrecogedora, El infierno del odio representa una infame postal sobre la deshumanización. 

Seppuku (Harakiri) (1962)

  • Harakiri_movie_posterJapón
  • Drama (Samurais y feudalismo)
  • Dirigida por Masaki Kobayashi
  • Escrita por Shinobu Hashimoto (Historia: Yasuhiko Takiguchi)
  • Interpretada por Tatsuya Nakadai, Akira Ishihama y Shima Iwashita
  • 133 minutos

La paz ha llegado al Japón del siglo XVII. Tiempos difíciles para la espada y, entre tanto, para el samurai. Así llega el empobrecido y sucio Hanshiro Tsugumo a las puertas del Clan Geishu, solicitando escapar de su mísera vida de una forma honrosa: el harakiri. Una noble manera, recogida en el código samurai, de partir hacia el otro mundo. Sin embargo, una vez allí, el regente del Clan se dispone a contarle una historia, la historia de otro samurai, Motome Chijiiwa, que llegó con las mismas pretensiones que él tiempo atrás. Hanshiro escucha, presta atención y no cede en su voluntad. Está decidido a morir, pero antes tiene algo que contar.  

Demoledora. Narrada desde la perfección, Harakiri es una historia que atesora sentimiento de gran pureza. La interpretación de Tatsuya Nakadai es descomunal. Apenas cuatro pinceladas le bastan a Shinobu Hashimoto, guionista del film, para esbozar un paisaje tan decadente como este. Asesta una puñalada al código de honor samurai. O mejor dicho, al deshonor del mismo. Donde había respeto, ahora existe humillación. Donde se empleaban espadas, ahora aparece el arma de fuego. En el trasfondo de todo ello, aparece una velada crítica al sistema político japonés de la época. El Clan Geishu, Tatsuya Nakadai y Akira Ishihama son los peones empleados. También lo son una promesa a un viejo amigo, una joven enferma y un bebé moribundo. Y todo ello al abrigo de la preciosa fotografía de Yoshio Miyajima

De claro ritmo in crescendo, Masaki Kobayashi da forma a una película completa. Ni siquiera es venganza lo que se expone. Es un manifiesto cargado de justicia y honor, decorado por la melancolía y el pesar, que simplemente busca dignificar el pasado de un buen hombre al tiempo que denuncia la sinrazón de la tradición -medieval- japonesa.     

Shichinin no Samurai (Seven Samurai) (1954)

  • zz1Japón
  • Drama feudal
  • Dirigida por Akira Kurosawa
  • Escrita por Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni
  • Interpretada por Toshirô Mifune, Takashi Simura, Isao Kimura, Keiko Tsushima y Seiji Miyaguchi
  • 207 minutos

Una mujer llora desconsolada. Maldice a los dioses, maldice su sufrimiento. Es la pobreza, es la guerra, es la inseguridad del Japón medieval la que azota su mísera vida de campesina. Aunque su principal pena no es otra que el crimen y la maldad, el robo de sus cosechas por parte de unos desalmados forajidos. ¿Qué hacer ante esta barbarie? ¿Cómo reaccionar? Lucharán, es la opinión del sabio del lugar. Contratarán el servicio de unos samuráis para castigar al enemigo.

Akira Kurosawa realiza una película sentida, repleta de humanidad y sentimiento. Una narración minuciosa (excesivamente larga) que perfila, con todo lujo de detalles, la psicología de sus personajes. Primero, la tortuosa expedición para reclutar a los samuráis. Luego, la interacción de estos con los habitantes de la aldea y, finalmente, la batalla frente al bandolero. El arte de la guerra, pues, luce con especial gracia en este relato: A good fort needs a gap. The enemy must be lured in. So we can attack them. If we only defend, we lose the war, es uno de los tantos consejos que salen de la boca de estos siete y emblemáticos guerreros. El poder del acero define la quintaesencia de este film, con logradas escenas de violencia, una contundente ambientación (el paisaje parece un actor más) y, como digo, unos protagonistas pulidos en estado de gracia que realzan el valor épico del film. 

La sencillez del relato es su gran tesoro. Vivir y luchar sabiendo que, quizás, el día de mañana no llegue nunca. Lograda está la historia de amor, escondidos entre flores, de Isao Kimura y Keiko Tsushima. Luce con ellos la fotografía de Asakazu Nakai. E imposible de olvidar la nobleza de Seiji Miyaguchi, cuya katana se mueve desde el respeto. Es la solidaridad de los guerreros y el sacrifico de los campesinos. Unos encuentran el sentido de su vida así, aceptando únicamente unos grapados de arroz por sus servicios, mientras que los otros, simplemente, buscan la supervivencia. Una heroica historia que se despide con un punto humano y melancólico: The farmers have won. Not us

Ran (1985)

  • zzranJapón
  • Drama feudal
  • Dirigida por Akira Kurosawa
  • Escrita por Akira Kurosawa, Hideo Oguni y Masato Ide (Obra: William Shakespeare)
  • Interpretada por Tatsuya Nakadai, Akira Terao, Jinpachi Nezu, Daisuke Ryû, Mieko Harada y Yoshiko Miyazaki
  • 162 minutos

Miserable paisaje el que aquí nos dibuja Akira Kurosawa. ¿Dónde queda la alegría? ¿Y la felicidad? Es es el sinsabor de la derrota el que invade la pantalla cuando presenciamos como el poderoso clan de los Ichimonji, hegemónica familia en el Japón feudal, decide destriparse a sí mismo tras la abdicación del Gran Señor, Lord Hidetora, interpretado este por un sombrío Tatsuya Nakadai, en favor de su hijo mayor. La vía cainita, por tanto, es la escogida por el cineasta para enfatizar la ambición, la codicia y la soberbia que alimentan este relato de inspiración shakesperiana.

Es así como la bondad se esfuma de esta narración. Taro, Jiro y Saburo quedan enredados entre traiciones y perfidias, enemistados incomprensiblemente hasta la muerte. La lealtad no tiene lugar en el retrato que encuadra Kurosawa, quien hace avanzar la narración de un modo calmo y sosegado, pero no exenta de rabia. Su milimétrica puesta en escena, quizás falta de un mayor ritmo, provoca que la violencia llegue de forma tranquila, aunque, no por ello, menos dolorosa: brutales son las escenas de acción y batalla, así como el degollamiento de Lady Kaede, de largo, el mejor personaje del film, pues Mieko Harada humaniza, con toda la frialdad e ira del mundo, el valor que posee la venganza. 

Es una humanidad marchita la que protagoniza este film. No hay valores loables que destaquen entre las líneas de su guion. La colorista estética del cineasta no esconde el dolor y pesar, pues, que acompañan a todos los errantes que protagonizan esta historia y que azota, especialmente, al otro gran personaje del film: Lady Sue. Ella es la melancolía hecha persona y el sentir más hondo, junto con la figura de su ciego hermano, de la crueldad.     

Mononoke-hime (Princess Mononoke) (1997)

  • princess_mononoke_posterJapón
  • Animación
  • Dirigida por Hayao Miyazaki
  • Escrita por Hayao Miyazaki
  • 133 minutos

Un joven príncipe, Ashitaka, sufre una maldición. La cura para la misma se halla en los bosques de occidente, lugar de conflicto y violencia. Allí, Lady Eboshi, una guerrera humana, se enfrenta a los animales del bosque, liderados estos por San y su familia de lobos. En el fondo de todo se encuentra la economía como motivo de disputa. La codicia que todo lo carcome. Y en mitad de esta encrucijada encontramos a Ashitaka, ansiando su recuperación, pero también buscando encontrar la paz en tan hermoso lugar.  

La naturaleza como valor supremo. El canto de amor hacia la misma que supone el cine de Hayao Miyazaki queda iconizado, más abiertamente que nunca, en La princesa Mononoke. Es el futuro de ella, el de la Naturaleza, el que está en juego. Los valores de respeto y cordialidad se imponen al odio y la confrontación. Un ritmo trepidante, unas imágenes cautivadoras y el compás de Joe Hisaishi para dar sentido a este film con tan bondadoso mensaje.