Beasts of No Nation (2015)

Cary Joji Fukunaga: Beasts of No Nation (íd., 2015) Estados Unidos. Drama social. Escrita por Cary Joji Fukunaga. Novela de Uzodinma Iweala. Interpretada por Abraham Attah e Idris Elba. Fotografía de Cary Joji Fukunaga. 137 minutos. 

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Agu corre alegre por las calles de un país africano sin nombre. Es Abraham Attah en una interpretación hipnótica. Los ojos de este muchacho se olvidan de los vivaces colores para adentrarse en las mismísimas tinieblas. Es un viaje sin retorno: Conrad escribió sobre él; Coppola lo filmó. Pero ahora es un niño: un niño soldado a quien le borran de un plumazo toda su realidad. Los asesinatos le rodean bien de cerca… su padre y hermano mayor ya no están con él. Su hermano pequeño y su madre están camino de ninguna parte, allí, en mitad de la guerra. Él está solo. Tiembla. Tiene miedo. Y aparece Idris Elba. La maldad hecha persona. Otra víctima del conflicto, en cualquier caso. Las imágenes de Cary Joji Fukunaga vuelven a hablar del destierro, de la desolación, de la violencia. Cómo se abre la cabeza de una persona que llora frente a ti. Piensa que no tienes más de siete u ocho años de edad. Esto es un cuento de terror. Drogas, violencia, soledad. Todo recuerda a su ópera prima, Sin nombre (íd., 2009), aunque esta vez con un punto menos de emoción. Da menos de lo que debería. Le falta corazón. Sea como sea, le pone cara y nombre a las verdaderas víctimas de este mundo. África existe, viene a decirnos de forma divulgativa este relato. 

Infamous (2006)

Douglas McGrath: Historia de un crimen (Infamous, 2006) Estados Unidos. Biográfico. Escrita por Douglas McGrath en base al libro de George Plimpton. Interpretada por Toby Jones, Sandra Bullock, Jeff Daniels y Daniel Craig. 110 minutos.  

El repelente Truman Capote lee una noticia brutal en el periódico. Se ha cometido un crimen horrible en Kansas. Queda en puntos suspensivos, sin resolver. Quiere describir la sensación de miedo y paranoia que azota a la gente de esta rural población. Y allí que se va, con su amiga Harper Lee. Ambos –Sandra Bullock y Toby Jones– están fabulosos. Especialmente este último, verdadero protagonista: egocéntrico, cotilla y farandulero. También afable y simpático. Una tormenta de sensaciones. Rinde a Jeff Daniels con sus anécdotas de Hollywood. El director, Douglas McGrath, recrea maravillosamente el proceso de escritura que acompañó a In Cold Blood. Y choca la relación entre Capote y Perry Smith: observamos a un Daniel Craig preso del sentimiento del escritor. Se palpa una historia de amor, con incidentes violentos como el asalto en la celda. Una lectura más sobre la compleja vida de esta magnífico escritor. Genial el consejo del preso hacia su persona: a tus escritos les falta bondad. Imposible obtener un prólogo mejor para disfrutar de aquella obra maestra de la literatura.  

Boomerang! (1947)

Elia Kazan: El justiciero (Boomerang!, 1947) Estados Unidos. Drama judicial. Escrita por Richard Murphy. Interpretada por Lee J. Cobb, Arthur Kennedy y Dana Andrews. 86 minutos. 

Un sacerdote local es asesinado en plena calle. Todos han visto y oído algo, pero el culpable huye. Y nace la tensión. El pueblo reclama justicia. Las presiones políticas -con elecciones a la vista- hacia la policía es enorme. Cae Arthur Kennedy en manos de Lee J. Cobb. Ambos están sobresalientes. El chivo expiatorio no tiene salida. En la investigación cada resquicio está atado: incluso el inhumano interrogatorio. Elia Kazan azota a los cimientos del sistema legal estadounidense: ¿esto es la justicia? Tiene a su ciudadano modelo, ese que se anticipa al Henry Fonda de 12 hombres sin piedad (12 Angry Men, 1952): Dana Andrews, fiscal. Este nos recuerda que en sus manos igual de importante es condenar al culpable como proteger a los inocentes. La narración es seca y rotunda, también didáctica. Una lección de cine y civismo.

12 and Holding (2006)

Michael Cuesta: El fin de la inocencia (12 and Holding, 2006) Estados Unidos. Adolescencia. Escrita por Anthony Cipriano. Fotografía de Romeo Tirone. Interpretada por Jesse Camacho, Zoe Weizenbaum, Annabella Sciorra, Jeremy Renner y Conor Donovan. 90  minutos. 

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Hacerse mayor. Ese viaje en el que tantas veces se ha embarcado el cine. Michael Cuesta, director con buen fondo en la televisión, opta para hacer camino por un relato sensible y entrañable que se sitúa en torno a tres chavales de apenas 12 años de edad. La tristeza aparece por allí. El guion de Anthony Cipriano se sirve de un traumático accidente, la muerte de un niño, para avivar la llama de la desolación. No es un viaje cualquiera entonces. Estos muchachos solo se sienten bien cuando están entre sí. Magia efímera que acalla su soledad. Porque sí, se sienten solos (y acompañados). La madre de Jesse Camacho no comprende que su hijo quiera comer de una forma más saludable y hacer ejercicio físico. La película ataca a uno de los grandes problemas de la sociedad estadounidense: la obesidad y la vida sedentaria. Ella, Zoe Weizenbaum, sin padre y con una madre que comprende a todos menos a ella, acaba de despertar sexual y sentimentalmente a espaldas de su madre, Annabella Sciorra. Se ha enamorado de un treinteañero: un sensacional Jeremy Renner. Es una revolución tejida en silencio. Mientras, Conor Donovan nació diferente, aunque él no lo siente así: ¿qué es eso de ser diferente? Una mancha en su cara le ha marcado para siempre. Chaval sensible, vive traumatizado y con un odio cercano. La incomunicación vence en esta travesía hacia la adolescencia. El sol no sale por allí. Y la fotografía de Romeo Tirone encuadra una de las escenas finales, al anochecer, que sirve para escribir su desesperanzador epílogo.  

The Big Sleep (1946)

Howard Hawks: El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) Estados Unidos. Cine negro. Escrita por William Faulkner, Leigh Brackett y Jules Furthman. Novela de Raymond Chandler. Fotografía de Sid Hickox (B&W). Interpretada por Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Dorothy Malone, Sonia Darrin y Martha Vickers. 114 minutos.

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En el calor del invernadero, Philip Marlowe recibe un encargo. Suda, bebe, fuma y se agobia con el olor de las orquídeas. El General Sternwood le avisa: their flesh is too much like the flesh of men, and their perfume has the rotten sweetness of corruption. Ya estamos avisados. Así, tan magistrales, son los diálogos que William Faulkner, Leigh Brackett y Jules Furthman emplean para enredarnos en un relato turbio donde los haya. Conocemos los acontecimientos al mismo tiempo que Humphrey Bogart. Y por eso, quizás, andamos igual de perdidos que él. Tanto da. La cuestión es caminar por las calles más miserables de Los Ángeles. De este modo, Howard Hawks lo apuesta todo a la visceral ambientación, a la ágil puesta en escena y al poder de los grandes personajes. Queda en un segundo plano el jugo de la intriga, intencionadamente enrevesada. Destaca la fotografía en blanco y negro de Sid Hickox, encuadrando los rincones angelinos más sórdidos. Brilla, igualmente, el mano a mano entre Bogart y Lauren Bacall. Él sigue encantado de haberse conocido, con buen olfato para la investigación y una labia prodigiosa. Choca con ella, mujer segura, independiente y poderosa. Se agarra, además, a los cánones de la femme fatale para pincelar este romance cargado de misterio, seducción y mentira. La galería de secundarias, por su parte, es formidable: atención a los papeles de Dorothy Malone como sensual librera, a la avispada Sonia Darrin y a la juguetona Carmen Sternwood, una arrolladora Martha Vickers. Como digo, la trama se vuelve relativa. Lo de menos, a estas alturas, es saber quién lo hizo. El juego de espejos que propone Howard Hawks se agarra a la violencia y al amor para recorrer los senderos más pedregosos y turbadores de las relaciones humanas. Se abraza entonces a la corrupción que desprendían aquellas orquídeas para hilvanar una monumental obra del cine negro. 

To Have and Have Not (1944)

Howard Hawks: Tener y no tener (To Have and Have not, 1944) Estados Unidos. Romance ambientado en la II Guerra Mundial. Escrita por Jules Furthman y William Faulkner. Novela de Ernest Hemingway. Fotografía de Sid Hickox (B&W). Interpretada por Humphrey Bogart, Lauren Bacall y Walter Brennan. 100 minutos.

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Esto no es Casablanca, es Martinica. No estamos en un café, pero sí en un hotel. El pianista sigue animando la velada aunque no se llame Sam. Y la II Guerra Mundial inquieta al personal mientras a él, Humphrey Bogart, todo eso poco le importe. Queda pincelado a la perfección: tipo duro, independiente, de verborrea exquisita y sin concesiones a los cargos de conciencia. Su vida transcurre, lejos del conflicto, entre apacible y amoral: alquila su bote de pesca y se divierte con la compañía de su buen amigo Walter Brennan, alcohólico obsesionado con los picotazos de las abejas muertas. Homenaje, de primer nivel, al valor de la amistad. Pronto descubriremos que detrás de la fachada cínica y cortante de aquel se esconde un buen corazón. El antihéroe que termina en héroe enamorado. Quién se lo iba a decir. 

Es el debut en el cine de Lauren Bacall, slim o la flaca para Bogart. Ella es una femme fatale perdida en la geografía caribeña… y lo acaba de encontrar a él. El idilio salta más allá de la pantalla. Y se nota. Una botella le vale como excusa al cineasta, Howard Hawks, para iniciar un romance que -lejos de la sensiblería habitual- se mueve a base de personalidades fuertes y choques inevitables. Se lucen, en este sentido, Jules Furthman y William Faulkner con unos diálogos espléndidos. Para mí, el subterráneo idilio es lo mejor de una película que te atrapa sin saber muy bien cómo entre conspiraciones y heroicidades. Espectacular la fotografía en blanco y negro de Sid Hickox. Encuadra un buen puñado de escenas memorables, unos diálogos para no olvidar y unas interpretaciones que están a la altura de los personajes a quienes encarnan. Cierran entre todos una película que se convierte, resistiendo al paso de los años, en todo un clásico que poco tiene que envidiar a su hermana mayor, Casablanca (íd., 1942). 

Bullets Over Broadway (1994)

Woody Allen: Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994) Comedia sobre el mundo del teatro. Escrita por Woody Allen. Fotografía de Carlo Di Palma. Interpretada por John Cusack, Jennifer Tilly, Chazz Palminteri, Dianne Wiest y Jim Broadbent. 99 minutos.

Esta no es la mejor versión de Woody Allen. Pero aún así es Woody Allen deparando un cine menor, entrañable y, también, sarcástico. Que no es poco. Menor porque no es una gran película. No se siente así, no emociona como otras grandes obras del cineasta. Entrañable en cuanto a que homenajea al mundo del teatro, a ese Broadway dorado de los años 20 y, en consecuencia, al Nueva York de aquel entonces. Y el sarcasmo lo brinda el recital entre bambalinas que destripa las miserias y grandezas del creador, del artista. Parece como si el cineasta añadiese un punto autobiográfico a través del personaje a quien interpreta un formidable John Cusack.

Este último es una autor teatral convencido de haber escrito su mejor obra. Y hasta ahí lo bonito. Luego llega la producción, la puesta en escena… y lucen las balas del cineasta. La imposición de Jennifer Tilly, chica del gángster, es una brutal sátira frente a los grandes productores. También tiene gracia su insoportable verborrea, su discriminada actitud de trepa y sus peculiares gustos sexuales. Un monumento de personaje. Bien está Chazz Palminteri, matón de poca monta reconvertido a gran artista. Otro que deja un punto autobiográfico, pues apenas un año antes había firmado el sensacional guion de Una historia del Bronx (A Bronx Tale, 1994). Así que todo se vuelve relativo.

Se agranda la figura del gángster -con su lenguaje coloquial y sus fines comerciales- mientras que decrece poco a poco el ego de Cusack. El gen del artista se tambalea en torno a este mano a mano entre el matón, dispuesto a dar su vida por su obra, y el intelectual, decaído y refugiado en el amor. Allen apenas juguetea con las relaciones sentimentales -marca de la casa en su cine-  y apuesta por unos diálogos que carecen del ingenio de otras ocasiones. Destaca, a su favor, una ambientación perfecta, con un sensacional trabajo de vestuario y la atinada fotografía de Carlo Di Palma. Fabulosa igualmente Dianne Wiest en un papel que evoca, homenaje total, a la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950). Entre sonrisas, saca el cuchillo para tallar esta ácida y tan personal comedia.