Where the Wild Thing Are (2009)

Spike Jonze. Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, 2009) Estados Unidos. Fantástico. Escrita por Spike Jonze y Dave Eggers. Cuento infantil de Maurice Sendak. Fotografía de Lance Acord. Interpretada por Max Records, Catherine Keener y Mark Ruffalo. 101 minutos.

where-the-wild-things-are

A Max Records le gusta jugar. Ha construido su propio iglú en el jardín, sin saber que los amigos de su hermana se lo van a echar a perder. Y también una fortaleza en su habitación, aunque a nadie le importe. Le cuenta -y no al revés- historias fantásticas a su madre, Catherine Keener. En el fondo, se siente demasiado solo: extraña a su padre, no parece tener amigos, su hermana mayor le desoye y, su madre, está más pendiente de acurrucar a Mark Ruffalo que de él mismo. Así que se enfada, grita y corre. Vuela, al mismo tiempo, su imaginación. Y surca océanos entre tormentas. Llega a una tierra donde habitan las bestias, lugar en el que vencen la tristeza y la soledad. Los monstruos de por allí duermen al sol y discuten de noche. Él, sin embargo, promete arreglarlo todo: es el nuevo Rey. All Is Love canta Karen O and the Kids. Indispensable soundtrack. Ahora parecen felices, incluso Carol, la temperamental criatura que tanto se asemeja a Max. Pronto, sin embargo, se desmorona todo. Vuelve la inseguridad. ¿La felicidad no puede ser para siempre? A pesar de los enfados y de las desilusiones, aúllan juntos. Es el afectuoso adiós con el que la fantasía vuelve a la realidad. Luce la fantasiosa fotografía de Lance Acord. Y allí está su madre, esperándole con lágrimas en los ojos. Spike Jonze pincela su refugio contra la tristeza, contra la soledad. Vence, aunque sea fugazmente, la felicidad.    

Me and Earl and the Dying Girl (2015)

Alfonso Gomez-Rejon: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl, 2015) Estados Unidos. Cine teenager. Escrita por Jesse Andrews. Interpretada por Thomas Mann, Olivia Cooke, RJ Cyler y Jon Bernthal. 105 minutos. 

me-and-earl-and-the-dying-girl-e1429056094421

Sobrevivir en el instituto. Es el lema de Greg, o de Thomas Mann, adolescente inquieto y avispado que juega con su mascarada entre los pasillos y aulas. Busca la indiferencia. Su refugio es el despacho de Jon Bernthal, profesor de Historia, y la compañía de su mejor amigo RJ Cyler, Earl en la película. La autoestima no es su fuerte. Su pasión por el cine -genial homenaje de Jesse Andrews– es su maniobra de escape para cualquier atisbo de preocupación. Pasan los días y recoge sus marginales frutos. Todo, sin embargo, se desbarajusta con la aparición de Rachel, la chica moribunda. De pronto, deja de ser invisible. Una llamada basta para cambiarlo todo. Se luce Olivia Cooke, fabulosa. La puesta en escena de Alfonso Gomez-Rejon, fresca y efusiva, alaba el valor de la amistad y la compañía. Saltan los diálogos naturales. Es así como una noticia tan cruel -leucemia en una adolescente- deriva en un precioso y conmovedor regalo. El drama -que lo hay- viene solo, sin sensiblería ni efectismo alguno. Al final, esto no va sobre una chica enferma… pues el tema en sí es retratar la adolescencia con inteligencia, diversión y afecto.  

The Town That Dreaded Sundown (1976)

Charles B. Pierce: Terror al anochecer (The Town That Dreaded Sundown, 1976) Estados Unidos. Terror. Escrita por Earl E. Smith. Fotografía de James W. Roberson. Interpretada por Ben Johnson y Andrew Prine. 90 minutos. 

Basada en hechos reales, la película sitúa su atención en el año 1946, en Texarkana, pequeña población del Estado de Texas. Después de los grises días que acompañaron a la guerra, ahora luce el sol como nunca por allí. Los habitantes comienzan a recrearse en el bienestar. Todo son sonrisas: crece el empleo, los jardines están más verdes que nunca y los coches se venden con facilidad. El guion de Earl E. Smith pincela perfectamente una sociedad que es, a la postre, inmortalizada notablemente por la fotografía de James W. Roberson. De pronto, sin embargo, irrumpe el shock. Una pareja de jóvenes sale del cine al anochecer. En lugar de marcharse a casa, deciden estacionar en una lover’s lane… Postal típica del cine de terror norteamericano. Aparece el villano y los gritos. Es el Phantom Killer, precursor -en cuanto a estética- del Jason Voorhees de Viernes 13 (Friday the 13th, 1980). Tenemos aquí un slasher tan atípico como precursor. La historia se zambulle así en los entresijos de una investigación policial que busca resolver la identidad de uno de los asesinos en serie más temidos en el imaginario estadounidense. Y lo hace sin grandes dosis de efectismo, decantándose Charles B. Pierce, director de la cinta, por el realismo en su puesta en escena. Tanto Ben Johnson como Andrew Prine guían un inquietante relato que atesora ciertas flaquezas narrativas, tanto en labores de guion como de puesta en escena. Vence, en cualquier caso, el terror frente al desamparo. 

Adaptation. (2002)

Spike Jonze: Adaptation. El ladrón de orquídeas (Adaptation., 2002) Estados Unidos. Película inclasificable que habla sobre lo difícil que es escribir… y vivir. Escrita por Charlie Kaufman y Donald Kaufman. Novela de Susan Orlean. Interpretada por Nicolas Cage, Meryl Streep, Chris Cooper, Cara Seymour, Tilda Swinton, Brian Cox y Maggie Gyllenhaal. 114 minutos. 

Te sientas frente a la máquina de escribir. Te sientes patético. No te gusta tu vida. Pero tienes que escribir, pues eres guionista de cine. Tu nombre, imagínate, es Charlie Kaufman. Y escribes una historia sobre las plantas, aunque no le encuentras el dramatismo a la historia. ¿Cómo emocionar, cómo darle vida? Brian Cox responde vehemente: todos los días sucede algo. Hasta el introvertido de Charlie Kaufman, digo Nicolas Cage, tienes sus historias. Aunque no las ve. Se siente igual de patético. También gordo. Le irrita hasta la figura de su propio hermano gemelo, Donald Kaufman. ¿Por qué no se atreve a decirle a Cara Seymour que la quiere? En fin, es un mar de complejos. Y sigue teniendo que escribir sobre plantas y orquídeas. Por eso están en la pantalla Meryl Streep y Chris Cooper, inmensos ambos, escenificando lo mutable que es la vida. Es la “adaptación”. Ya tenemos título. Tú aguantas ahí, cómplice. Así que le quitamos capas a la cebolla. El descontento existencial se baña en las inquietantes aguas del asesinato. ¿Qué ha sucedido? La comedia patética sobre el hombre solitario del siglo XXI se transforma, sin previo aviso, en puro romanticismo. Es la flor que crece en el asfalto. Todo parece feliz, por fugaz que sea. Lo ha hecho Spike Jonze: tiene una película de fábula.      

Frozen River (2008)

Courtney Hunt: Frozen River (íd., 2008) Estados Unidos. Drama social sobre la inmigración ilegal. Escrita por Courtney Hunt. Fotografía de Reed Dawson Morano. Interpretada por Melissa Leo, Misty Upham y Charlie McDermott. 97 minutos.  

frozen

La Navidad está a la vuelta de la esquina y Melissa Leo lleva camino de quedarse en la calle. ¿El american dream ni siquiera le da para una casa prefabricada? Su marido, ludópata, se ha llevado el último cheque. Otra jugada más que, a la postre, le sirve para conocer a Misty Upham, monumental actriz. Ella es el matiz que emplea Courtney Hunt, autora del film, para denunciar la situación de los nativos americanos, invitados a la marginalidad social. El paisaje es agreste y devastador, aupado también por el frío y la nieve. Destaca la labor de fotografía de Reed Dawson Morano.  El trasfondo -más allá de la denuncia abierta sobre la precaria situación de las clases trabajadoras estadounidenses donde brilla Charlie McDermott– lo marca una de las barbaridades de nuestro tiempo: la inmigración ilegal, en este caso entre la frontera entre el Estado de Nueva York y Canadá. Las aguas heladas del Saint Lawrence River encierran un relato humano y sincero, despojado de cualquier tipo de efectismo. El realismo social no solo expone el olvido, sino que ensalza el valor de la amistad como válvula de escape: es así, con el sacrificio y la solidaridad entre las dos penitentes mujeres, como cierra esta película.   

The Station Agent (2003)

Thomas McCarthy: Vías cruzadas (The Station Agent, 2003) Estados Unidos. Comedia dramática. Escrita por Thomas McCarthy. Interpretada por Peter Dinkladge, Bobby Cannavale, Patricia Clarkson, Raven Goodwin y Michelle Williams. 88 minutos. 

VÍAS-CRUZADAS-The-Station-Agent-11

A una estación de tren abandonada va a parar Peter Dinkladge, monumental. Estamos en la periferia de New Jersey, rodeados de calma y tranquilidad. Lugar propicio, pues, para el protagonista: rehuye el contacto con las personas. Se mueve, frío y serio, en los márgenes del sistema: sufre de enanismo. Y, como digo, lo borda el actor. No tiene ganas de hablar con nadie… ¿autocompasión, quizás? Los silencios, las miradas y las concisas palabras mandan. Tiene una idiosincrasia que, por sí sola, mueve con gracia el resto del film. Caemos en la sencillez, en la veracidad. Todo resulta muy humano en base al estupendo guion de Thomas McCarthy. Es así, sutilmente, como se descubre un drama sin imposturas, sincero y donde brilla especialmente el reparto. Se impone así la bondadosa complicidad de Bobby Cannavale mientras, igualmente, despierta la empatía -a pesar del excesivo dramatismo de su personaje- una Patricia Clarkson hipnótica. La graciosa Raven Goodwin y una (siempre) genial Michelle Williams hacen el resto. Al final, queda una película sonriente. Los paseos solitarios por los raíles pierden la batalla frente a la amistad. Una oda a la importancia del afecto y la buena compañía.     

Out of the Furnace (2013)

Scott Cooper: Out of the Furnace (íd., 2013) Estados Unidos. Intensto drama en la América profunda que gravita su atención en torno a la venganza. Escrita por Brad Ingelsby. Fotografía de Masanobu Takayanagi. Música de Bob Bowen. Interpretada por Christian Bale, Woody Harrelson, Cassey Affleck, Zoe Saldana, Willem Dafoe, Sam Shepard y Forest Whitaker. 116 minutos.

outfurncrev

Release me. 

Los paisajes de una América profunda, llena de óxido y dureza, quedan inmortalizados por la fotografía de Masanobu Takayanagi. Es el lado B de los Estados Unidos de comienzos de siglo, enclavado en el interior de Pennsylvania. Donde antaño había empleo y bienestar -impulsado por el músculo industrial- ahora asoma -abrazada a la tecnología y la globalización- la pandemia del paro y el malestar. La revolución tecnológica despluma a la industria. Poco a poco, el alcohol y la violencia van ocupando su espacio. Woody Harrelson, puños en alto, lo ha dejado claro desde el primer plano. Aquí manda él. La marginalidad planea adueñarse de estas tierras. En la barra de un bar bebe Christian Bale mientras, en la televisión, Barack Obama promete un mañana mejor. ¿Para quién es ese mañana? ¿Será para su hermano, Cassey Affleck, trastornado después de combatir en Irak? ¿O para él mismo, alcohólico y futuro desempleado? Los viejos tiempos, resumidos en un padre moribundo y un intrigante Sam Shepard, parece que se marchan para no volver. Incluso uno de los malvados, el siempre genial Willem Dafoe, cede el gesto ante la depresiva avalancha: no quiere hacer la llamada, pero la hace. Espera el protagonista, Russell, su momento para acelerar el pulso. Bien pincelado, en un contexto desfavorable y con el recuerdo de una amada –Zoe Saldana– que ya no está. El crimen arrecia al amparo del convencional (y socialmente incorrecto) guion de Brad Ingelsby, quien destapa así su carta principal: el universo que acompaña a la venganza, servido a fuego lento. La película pide paciencia, y se la doy. Se saborea mejor así. La mirada final de Forest Whitaker entraña la derrota. Es una oda a la oscura redención. Todo parece desolador a ojos de Scott Cooper. Mientras tanto, suena Pearl Jam para cerrar este triste recital.  

The Visit (2015)

M. Night Shyamalan: La visita (The Visit, 2015) Estados Unidos. Terror, con dosis de humor, servido mediante found footage. Escrita por M. Night Shyamalan. Interpretada por Deanna Dunagan, Peter McRobbie, Olivia DeJonge y Ed Oxenbould. 94 minutos.

vis3

Lo daba por perdido. Pero ha vuelto, aunque sea tímidamente. Después de un periplo donde los (fallidos) blockbuster han deslucido su nombre, M. Night Shyamalan regresa, en cierto modo, a sus raíces. Lo hace acompañado de Jason Blum y su Blumhouse Productions. Ahí está la retahíla de títulos que nos sirve de brújula: Paranormal Activity (íd., 2007), Insidious (íd., 2010), Sinister (íd., 2012) o The Purge (íd., 2013). El tándem artístico opta, además, por recurrir a la técnica del found footage, recordando pues a cintas como Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, 1980), El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999) o [REC] (íd., 2007), por enfatizar los emblemas del subgénero. Presupuesto escaso y derroche de ingenio es el combo elegido entonces por uno de los mejores cineastas de su generación. La pregunta es… ¿funcionarán esta vez las palomitas y Shyamalan?

Pues sí. Inquietante y, a la vez, divertida historia. Poco habitual la mezcla, de ahí el mérito de esta cinta. La puesta en escena plasma el aire que el cineasta le quiere dar al asunto. Es decir, todo parece un divertimento y, hasta cierto punto, una reflexión acerca de cómo está cambiando esto del cine con las nuevas tecnologías. El relato, así, es tan escueto como eficaz: la visita de dos niños a unos abuelos maternos que todavía no conocen vale como pretexto para dar comienzo a esta bacanal de buenos sustos y escenas cómicas. Donde tenían que haber eternas sonrisas y comidas en abundancia aparece ahora el “síndrome vespertino” de la genial Deanna Dunagan -junto con su obsesión por la limpieza… del horno- y el “manejo” de la escopeta del entrañable abuelito, Peter McRobbie. Ellos son el sustento básico de una historia donde también brilla el chaval, Ed Oxenbould, y la joven protagonista, Olivia DeJonge. Sobra el rap y el almibarado mensaje sobre el rencor y la familia. Nada que no se pueda perdonar, más todavía con el giro final (skype de por medio) con el que Shyamalan demuestra que quien tuvo, retuvo. 

Crazy Heart (2009)

Scott Cooper: Corazón rebelde (Crazy Heart, 2009) Estados Unidos. Drama sobre el mundo del country. Escrita por Scott Cooper. Novela de Thomas Cobb. Música de T-Bone Burnett. Interpretada por Jeff Bridges, Colin Farrell, Maggie Gyllenhaal y Robert Duvall. 110 minutos. 

Algo de reverencia ocultan los fotogramas de este film. Es la vieja escuela del country la que recibe flores en esta ocasión. Las lanza, con total cortesía, un Scott Cooper que decide dedicar su ópera prima a desempolvar los recuerdos de un ayer mejor. El escenario lo marca el desierto norteamericano, los tugurios de mala muerte y los poblados perdidos en mitad de la nada. Por allí camina, errante, Jeff Bridges. Está inconmensurable. Una película hecha a su medida. Alcohólico, solitario y derruido. Atrás han quedado los viejos tiempos. Ha perdido la magia… y tampoco llena escenarios. Los moteles baratos, la botella y alguna que otra groupie son el consuelo que le quedan. Ahora suena (y triunfa) Colin Farrell, su discípulo. El paso del tiempo, una vez más. Busca, entretanto, la redención. Recuerda un tanto a los relatos de Sam Shepard y Wim Wenders. Con esas, aparece por allí Maggie Gyllenhaal, la dulce sonrisa. Coquetea el guion con la sensiblería y la previsibilidad. Pecados de emoción que se le escapan al cineasta. Ahí está, menos mal, la voz de Robert Duvall: sabio consejero y amigo del náufrago. La derrota ya hace tiempo que estaba vendida. Y de qué manera: espléndido el soundtrack de T-Bone Burnett… my trouble travels in a song because I’m gone, gone, gone.

Barry Lyndon (1975)

Stanley Kubrick: Barry Lyndon (íd., 1975) Reino Unido. Drama de época. Escrita por Stanley Kubrick. Novela de William Thackeray. Fotografía de John Alcott. Interpretada por Ryan O’Neal, Marisa Berenson y Gay Hamilton. 183 minutos. 

Barry-Lyndon

Redmond Barry, procedente de una familia humilde pero honrosa, es criado en torno al mundo de las leyes. Su destino, en principio, es ser un jurista reputado en la Irlanda del siglo XVIII. Sin embargo, le pierde la inocencia romántica. Se ha enamorado, por primera vez, de Gay Hamilton, su prima. Por ella, reta al pretendiente de esta. El duelo -juventud frente a madurez- es suyo, sale victorioso. También acepta la consecuencia: escapar frente al peso de la ley. Le espera una vida errante y desventurada. Primera parada, alistarse en el ejército británico en la guerra de los Siete Años. Le queda -después- la deserción, el ejército prusiano, las partidas de cartas con el Chevalier y, al fin, su aspiración por conseguir un título nobiliario. De esta forma, Stanley Kubrick disecciona el auge y la caída de este (a mis ojos) entrañable tipo. Desde el fango irlandés hasta el cielo inglés sin abandonar nunca el camino de la desgracia. Todo muy gris y tristón, como maldiciendo el recuerdo de aquella época y lugar. 

El cineasta se sirve del excepcional trabajo de fotografía de John Alcott: asombran los paisajes y la natural iluminación. Todo parece de postal, porque lo es. En el fondo, sin embargo, late una crítica a esa sociedad decadente e hipócrita que dice adiós: la nobleza británica está en el disparadero. La honra a la guerra, el enfermizo papel de la religión y la vacuidad que acompaña a los tapices, las mansiones y las obras de arte son las sutiles notas con las que aquella queda castigada. La Europa de aquel entonces queda muy bien retratada, incluyendo las esporádicas apariciones de los silenciados: la amante holandesa que anima el camino, o los mercenarios prusianos que malviven y combaten en el ejército. Todo está en su sitio. Y luce, especialmente, Lady Lyndon. O lo que es lo mismo, Marisa Berenson. Su flirteo inicial -magníficamente escenificado por Kubrick- termina en unos ojos llorosos, melancólicos y, por qué no decirlo, con un punto dementes. Es la derrota del desamor, entregada frente al engreído y temperamental Ryan O’Neal, ahora ya sí conocido como Barry Lyndon, la versión menos entrañable de aquel joven irlandés. 

La recreación del contexto es admirable. La película se asemeja a un lienzo en movimiento sobre la Inglaterra del XVIII. Los decorados, el vestuario, el maquillaje… a la factura técnica y artística no se le puede reprochar nada. Pero, al final, esto va sobre él. Y no es fácil conseguir que tres horas de cine no se hagan pesadas en ningún momento. Mérito del autor y, también, de Ryan O’Neal. Este despierta (para no soltarla) la empatía gracias a su picaresca y coraje inicial. Luego vienen los golpes de la vida, pero aun en su momento más despreciable -reconvertido a cínico cortesano- tiene ese punto bondadoso como sentimental padre. Es en la despedida del pequeño muchacho donde Kubrick alcanza la excelencia: emoción pura, sin sensiblería alguna. Ahí, para mí, termina la burlesca odisea de este hombre.