Boomerang! (1947)

Elia Kazan: El justiciero (Boomerang!, 1947) Estados Unidos. Drama judicial. Escrita por Richard Murphy. Interpretada por Lee J. Cobb, Arthur Kennedy y Dana Andrews. 86 minutos. 

Un sacerdote local es asesinado en plena calle. Todos han visto y oído algo, pero el culpable huye. Y nace la tensión. El pueblo reclama justicia. Las presiones políticas -con elecciones a la vista- hacia la policía es enorme. Cae Arthur Kennedy en manos de Lee J. Cobb. Ambos están sobresalientes. El chivo expiatorio no tiene salida. En la investigación cada resquicio está atado: incluso el inhumano interrogatorio. Elia Kazan azota a los cimientos del sistema legal estadounidense: ¿esto es la justicia? Tiene a su ciudadano modelo, ese que se anticipa al Henry Fonda de 12 hombres sin piedad (12 Angry Men, 1952): Dana Andrews, fiscal. Este nos recuerda que en sus manos igual de importante es condenar al culpable como proteger a los inocentes. La narración es seca y rotunda, también didáctica. Una lección de cine y civismo.

12 and Holding (2006)

Michael Cuesta: El fin de la inocencia (12 and Holding, 2006) Estados Unidos. Adolescencia. Escrita por Anthony Cipriano. Fotografía de Romeo Tirone. Interpretada por Jesse Camacho, Zoe Weizenbaum, Annabella Sciorra, Jeremy Renner y Conor Donovan. 90  minutos. 

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Hacerse mayor. Ese viaje en el que tantas veces se ha embarcado el cine. Michael Cuesta, director con buen fondo en la televisión, opta para hacer camino por un relato sensible y entrañable que se sitúa en torno a tres chavales de apenas 12 años de edad. La tristeza aparece por allí. El guion de Anthony Cipriano se sirve de un traumático accidente, la muerte de un niño, para avivar la llama de la desolación. No es un viaje cualquiera entonces. Estos muchachos solo se sienten bien cuando están entre sí. Magia efímera que acalla su soledad. Porque sí, se sienten solos (y acompañados). La madre de Jesse Camacho no comprende que su hijo quiera comer de una forma más saludable y hacer ejercicio físico. La película ataca a uno de los grandes problemas de la sociedad estadounidense: la obesidad y la vida sedentaria. Ella, Zoe Weizenbaum, sin padre y con una madre que comprende a todos menos a ella, acaba de despertar sexual y sentimentalmente a espaldas de su madre, Annabella Sciorra. Se ha enamorado de un treinteañero: un sensacional Jeremy Renner. Es una revolución tejida en silencio. Mientras, Conor Donovan nació diferente, aunque él no lo siente así: ¿qué es eso de ser diferente? Una mancha en su cara le ha marcado para siempre. Chaval sensible, vive traumatizado y con un odio cercano. La incomunicación vence en esta travesía hacia la adolescencia. El sol no sale por allí. Y la fotografía de Romeo Tirone encuadra una de las escenas finales, al anochecer, que sirve para escribir su desesperanzador epílogo.  

The Big Sleep (1946)

Howard Hawks: El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) Estados Unidos. Cine negro. Escrita por William Faulkner, Leigh Brackett y Jules Furthman. Novela de Raymond Chandler. Fotografía de Sid Hickox (B&W). Interpretada por Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Dorothy Malone, Sonia Darrin y Martha Vickers. 114 minutos.

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En el calor del invernadero, Philip Marlowe recibe un encargo. Suda, bebe, fuma y se agobia con el olor de las orquídeas. El General Sternwood le avisa: their flesh is too much like the flesh of men, and their perfume has the rotten sweetness of corruption. Ya estamos avisados. Así, tan magistrales, son los diálogos que William Faulkner, Leigh Brackett y Jules Furthman emplean para enredarnos en un relato turbio donde los haya. Conocemos los acontecimientos al mismo tiempo que Humphrey Bogart. Y por eso, quizás, andamos igual de perdidos que él. Tanto da. La cuestión es caminar por las calles más miserables de Los Ángeles. De este modo, Howard Hawks lo apuesta todo a la visceral ambientación, a la ágil puesta en escena y al poder de los grandes personajes. Queda en un segundo plano el jugo de la intriga, intencionadamente enrevesada. Destaca la fotografía en blanco y negro de Sid Hickox, encuadrando los rincones angelinos más sórdidos. Brilla, igualmente, el mano a mano entre Bogart y Lauren Bacall. Él sigue encantado de haberse conocido, con buen olfato para la investigación y una labia prodigiosa. Choca con ella, mujer segura, independiente y poderosa. Se agarra, además, a los cánones de la femme fatale para pincelar este romance cargado de misterio, seducción y mentira. La galería de secundarias, por su parte, es formidable: atención a los papeles de Dorothy Malone como sensual librera, a la avispada Sonia Darrin y a la juguetona Carmen Sternwood, una arrolladora Martha Vickers. Como digo, la trama se vuelve relativa. Lo de menos, a estas alturas, es saber quién lo hizo. El juego de espejos que propone Howard Hawks se agarra a la violencia y al amor para recorrer los senderos más pedregosos y turbadores de las relaciones humanas. Se abraza entonces a la corrupción que desprendían aquellas orquídeas para hilvanar una monumental obra del cine negro. 

To Have and Have Not (1944)

Howard Hawks: Tener y no tener (To Have and Have not, 1944) Estados Unidos. Romance ambientado en la II Guerra Mundial. Escrita por Jules Furthman y William Faulkner. Novela de Ernest Hemingway. Fotografía de Sid Hickox (B&W). Interpretada por Humphrey Bogart, Lauren Bacall y Walter Brennan. 100 minutos.

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Esto no es Casablanca, es Martinica. No estamos en un café, pero sí en un hotel. El pianista sigue animando la velada aunque no se llame Sam. Y la II Guerra Mundial inquieta al personal mientras a él, Humphrey Bogart, todo eso poco le importe. Queda pincelado a la perfección: tipo duro, independiente, de verborrea exquisita y sin concesiones a los cargos de conciencia. Su vida transcurre, lejos del conflicto, entre apacible y amoral: alquila su bote de pesca y se divierte con la compañía de su buen amigo Walter Brennan, alcohólico obsesionado con los picotazos de las abejas muertas. Homenaje, de primer nivel, al valor de la amistad. Pronto descubriremos que detrás de la fachada cínica y cortante de aquel se esconde un buen corazón. El antihéroe que termina en héroe enamorado. Quién se lo iba a decir. 

Es el debut en el cine de Lauren Bacall, slim o la flaca para Bogart. Ella es una femme fatale perdida en la geografía caribeña… y lo acaba de encontrar a él. El idilio salta más allá de la pantalla. Y se nota. Una botella le vale como excusa al cineasta, Howard Hawks, para iniciar un romance que -lejos de la sensiblería habitual- se mueve a base de personalidades fuertes y choques inevitables. Se lucen, en este sentido, Jules Furthman y William Faulkner con unos diálogos espléndidos. Para mí, el subterráneo idilio es lo mejor de una película que te atrapa sin saber muy bien cómo entre conspiraciones y heroicidades. Espectacular la fotografía en blanco y negro de Sid Hickox. Encuadra un buen puñado de escenas memorables, unos diálogos para no olvidar y unas interpretaciones que están a la altura de los personajes a quienes encarnan. Cierran entre todos una película que se convierte, resistiendo al paso de los años, en todo un clásico que poco tiene que envidiar a su hermana mayor, Casablanca (íd., 1942). 

Des hommes et des dieux (2010)

Xavier Beauvois: De dioses y hombres (Des hommes et des dieux, 2010) Francia. Religión. Escrita por Xavier Beauvois y Etienne Comar. Interpretada por Michael Lonsdale, Sabrina Ouazani y Lambert Wilson. 122 minutos. 

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A mediados de los años noventa, resalta un monasterio cisterciense en el poblado de Tibhirine, paisaje montañoso de Argelia. Un oasis en el desierto. El oxígeno preciso para que la población autóctona, al borde la subsistencia, no se vea lanzada irremediablemente a la odisea de la emigración. Ocho monjes habitan allí. Aman al prójimo en una vida llena de espiritualidad. El cuidado de la tierra, la atención médica y los rituales litúrgicos marcan su cotidianidad. Nos empapamos de ella con quietud. Destaca el papel del médico, un fabuloso Michael Lonsdale, quien igual es capaz de dibujarle una sonrisa a una niña enferma como de explicarle a una adolescente qué se siente al estar enamorado. Magistral el humanismo que destilan estas escenas.

Sin hipérboles ni sensiblerías, Xavier Beauvois nos presenta una convivencia modélica: musulmán y cristiano juntos, rodeados de paz. Vence el amor por encima de cualquier diferencia. Sin embargo, pronto llega el terror. Las corruptelas políticas argelinas alientan el radicalismo islámico. Y la paz de los monjes se tambalea. Pero resisten, ese es el mensaje del cineasta. Resisten al Gobierno, resisten a los fundamentalistas religiosos. Por encima de dioses y hombres, por encima de cualquier religión, vence la fraternidad. La figura de Lambert Wilson lo esencializa todo. ¿Por qué huir? ¿Por qué ceder frente a la barbarie y el salvajismo? Se sitúan del lado del humilde, como han hecho hasta la fecha. 

La emoción y el sentimiento se apoderan de la pantalla cuando las palabras dejan de sonar. Se escucha El lago de los cisnes de Tchaikovsky. Y los ojos vidriosos de los monjes, con todo el debate interior y exterior que arrastran, hablan por sí solos. Es un adiós que, además de subrayar la tolerancia religiosa, se agarra a la bondad para, en mitad del horror, dibujar un rayo de luz.    

El Club (2015)

Pablo Larraín: El Club (2015) Chile. Thriller dramático sobre las sombras de la Iglesia católica. Escrita por Pablo Larraín, Guillermo Calderón y Daniel Villalobos. Interpretada por Roberto Farías, Marcelo Alonso, Antonia Zegers y Alfredo Castro. 98 minutos. 

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Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad

En una apacible casa de La Boca chilena, a orillas del mar, llevan su día a día cuatro hombres y una mujer. Ella es la perversión hecha monja. Ellos; curas apartados del ejercicio. Todos han sido sacados de la escena pública por parte de la Iglesia católica. Son la oscuridad de la que habla Pablo Larraín en su primera imagen. Están silenciados, condenados. Pero no arrepentidos. Y nos lo dicen a la cara, en primera persona. Viven entre apuestas de galgos, rica comida y buen vino. No hay penitencia entre las paredes de su hogar. La violenta aparición de Roberto Farías -juguete roto por la educación religiosa- alterará, sin embargo, los esquemas diarios de esta gentuza. ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar?

El cineasta escupe a la impunidad a través de la figura de un monumental Marcelo Alonso. Y lo hace analizando el germen de la maldad que surge en el interior de una institución que solo pregona bondad. Denuncia con sigilo, por cierto, el desvergonzado silencio de esta última ante casos de pederastia, de tráfico de menores o de cooperación con la dictadura de Pinochet. Miedo provoca la reacción de los protagonistas al intentar sostener su zona de confort. Todo resulta cínico y cruel: hiriente es el trabajo de Antonia Zegers y Alfredo Castro. Un puñetazo seco lanzado contra fantasmas que se vuelven tangibles gracias al inquietante alegato de Larraín.       

Bullets Over Broadway (1994)

Woody Allen: Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994) Comedia sobre el mundo del teatro. Escrita por Woody Allen. Fotografía de Carlo Di Palma. Interpretada por John Cusack, Jennifer Tilly, Chazz Palminteri, Dianne Wiest y Jim Broadbent. 99 minutos.

Esta no es la mejor versión de Woody Allen. Pero aún así es Woody Allen deparando un cine menor, entrañable y, también, sarcástico. Que no es poco. Menor porque no es una gran película. No se siente así, no emociona como otras grandes obras del cineasta. Entrañable en cuanto a que homenajea al mundo del teatro, a ese Broadway dorado de los años 20 y, en consecuencia, al Nueva York de aquel entonces. Y el sarcasmo lo brinda el recital entre bambalinas que destripa las miserias y grandezas del creador, del artista. Parece como si el cineasta añadiese un punto autobiográfico a través del personaje a quien interpreta un formidable John Cusack.

Este último es una autor teatral convencido de haber escrito su mejor obra. Y hasta ahí lo bonito. Luego llega la producción, la puesta en escena… y lucen las balas del cineasta. La imposición de Jennifer Tilly, chica del gángster, es una brutal sátira frente a los grandes productores. También tiene gracia su insoportable verborrea, su discriminada actitud de trepa y sus peculiares gustos sexuales. Un monumento de personaje. Bien está Chazz Palminteri, matón de poca monta reconvertido a gran artista. Otro que deja un punto autobiográfico, pues apenas un año antes había firmado el sensacional guion de Una historia del Bronx (A Bronx Tale, 1994). Así que todo se vuelve relativo.

Se agranda la figura del gángster -con su lenguaje coloquial y sus fines comerciales- mientras que decrece poco a poco el ego de Cusack. El gen del artista se tambalea en torno a este mano a mano entre el matón, dispuesto a dar su vida por su obra, y el intelectual, decaído y refugiado en el amor. Allen apenas juguetea con las relaciones sentimentales -marca de la casa en su cine-  y apuesta por unos diálogos que carecen del ingenio de otras ocasiones. Destaca, a su favor, una ambientación perfecta, con un sensacional trabajo de vestuario y la atinada fotografía de Carlo Di Palma. Fabulosa igualmente Dianne Wiest en un papel que evoca, homenaje total, a la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950). Entre sonrisas, saca el cuchillo para tallar esta ácida y tan personal comedia.