Nigh on earth (1991)

  • night_on_earth_ver4_xlgEstados Unidos
  • Drama
  • Dirigida por Jim Jarmusch
  • Escrita por Jim Jarmusch
  • Interpretada por Winona Ryder, Gena Rowlands, Armin Mueller-Stahl, Giancarlo Esposito, Rosie Perez, Isaach De Bankolé, Béatrice Dalle, Roberto Benigni, Paolo Bonacelli y Matti Pellonpää
  • 127 minutos

“Forse sono peccati che vanno confessati, ma sono cose belle.”

Abre la voz del inconfundible Tom Waits. Suena la preciosa Good old world mientras se anuncian los títulos de crédito. Al fondo, cinco relojes cuelgan de la pared. Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki. Cinco ciudades, cinco escenarios para ambientar una noche en la tierra. En todas ellas aparece un mismo invitado: el taxi, con todas sus historias, abrigando, aunque sea fugazmente, a las personas que en él viajan.

Jim Jarmusch consigue tejer una película vitalista, humana. Todo en ella es sincero y creíble. Despierta la empatía del espectador gracias a esta ajetreada noche. Y lo hace de un modo sutil y ligero. Al ser una historia de capítulos independientes, la calidad de los mismos derrocha una calidad distinta. Helsinki, el último relato, es el menos atinado. París convence, pero no emociona. Mientras, en Roma salta la alocada diversión. Los puestos de honor no salen de territorio estadounidense, pues Noche en la tierra comienza de una manera fabulosa con los episodios de L.A. y Nueva York. 

Así, el desenfreno brindado por una zucca, una pecora e la cognata de Roberto Benigni, ese tipo que olvidó quitarse las gafas de sol al anochecer, está a la altura de las mejores comedias absurdas. El italiano, con su profunda impronta, se presenta caótico, como la propia ciudad en la que conduce, ofreciendo un recital asombroso ante un pasmado cura, Paolo Bonacelli. La triste compañía de Matti Pellonpää, unos borrachos que lamentan su mala fortuna en una fría noche finesa, hace que a él le asalte el recuerdo de una hija fallecida. Es la historia más melancólica de todas, aunque falta de ingenio y emoción. Tiene su punto, en cambio, la conversación parisina entre una estupenda Béatrice Dalle, ciega de nacimiento, y un taxista preguntón (de alterado temperamento) como Isaach De Bankolé. Está graciosa.

De otro planeta parece la angelina figura de Winona Ryder, con su masculina pose y sus férreas ideas en torno a lo que debe ser su vida. Una conversación, la mantenida con la irritante Gena Rowlands, espectacular que se resuelve con un final tan épico como inesperado. Por último, la inmensidad de la noche neoyorquina está a punto de devorar a Armin Mueller-Stahl, otro Robinson Crusoe enredado entre aceras, semáforos y rascacielos. Sin embargo, aparece el dicharachero Giancarlo Esposito y, más tarde, la explosiva Rosie Perez para acompañar a aquel con una tierna y simpática complicidad.       

La fotografía de Frederick Elmes inmortaliza, pues, la trasnochada esencia de este film. A la espera de que llegue el alba, haciendo frente a las tinieblas y salpicando con una sonrisa al vaivén existencial que acompaña a los taxistas, quienes se erigen como los guardianes de la noche. Ellos custodian la magia que acompaña a la misma hasta llegar, nuevamente, a la voz de Tom Waits. Con ella termina este hiperrealista canto a la mundana nocturnidad. Unas historias, todas ellas, con las que Jim Jarmusch nos ilumina de afecto y vida. 

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Eastern promises (2007)

  • 1Sheet_Master.qxdReino Unido
  • Cine de gánsteres
  • Dirigida por David Cronenberg
  • Escrita por Steven Knight
  • Interpretada por Naomi Watts, Viggo Mortensen, Armin Mueller-Stahl y Vincent Cassel
  • 100 minutos

Una joven entra en una farmacia. Está pálida, fría. Suplica ayuda mientras se desangra. Un bebé viene de camino. Un bebé que tendrá, para siempre, una larga historia tras de sí. Una historia de infortunios y calamidades. La historia de su madre, Tatiana. Ella, como tantas otras, nació en mitad de la pobreza, en un pequeño pueblo de Ucrania. Un lugar donde no es fácil crecer, y menos si eres mujer. Pero un día alguien llegó al pueblo con nuevas noticias, con noticias que ilusionaban a Tatiana. Él hablaba de Amsterdam, de París, de Londres. Todo parecía un sueño para ella. “Allí ganarás más dinero en un día del que harías aquí en todo un mes” le decía. Soñando con ser una afamada cantante, Tatiana hizo las maletas. Abandonaba su pueblo, ese lugar donde no había nada a lo que agarrarse, con la ilusión de encontrar una vida mejor en Londres. Una vida que encontró su punto final en un hospital, en ese extraño momento en el que la vida, a veces, coincide con la muerte. Ella moría y su hija, Christine, nacía.

La historia de Eastern promises es una historia triste como pocas. En el fondo, el mismo título evoca a la amargura de esas falsas esperanzas, de esas promesas rotas con las que miles y miles de jóvenes, provenientes en este caso de los países del Este, son engañadas en nuestros días. Esto no es el siglo XVII. Ni tampoco una ciudad tailandesa. Esto es ni más ni menos que Londres a fecha de 2007. Suena tan ligero como contundente. Porque así es el film de David Cronenberg. Este se adentra, adornando el relato con su particular estética de violencia manifiesta, en una temática -la esclavitud sexual- en la que Lukas Moodyson ya había puesto su lágrima con la hiriente Lilja 4-ever (2002). Una realidad escondida, fantasmas que habitan tras las paredes de la gran ciudad. Fantasmas que alcanzarán, por suerte o por desgracia, a Anna en forma de un pequeño diario escrito en ruso. ¿Qué contendrán esas palabras? ¿Qué mensaje transmitirán?

Transmiten pena y dolor. Es la esclavitud en pleno siglo XXI. La esclavitud en nuestros días. Esa es la brutalidad que subyace entre los fotogramas de esta cinta. Y a ella le dedica David Cronenberg la que probablemente sea, junto a A history of violence(2005), la película más talentosa de su filmografía. El cineasta canadiense vuelve a centrar su atención en torno a la violencia, una violencia que parece no poder escapar de su cine. Una violencia, aquí llega el escalofrío, salpicada de cotidianidad. Si en la película del 2005 un pequeño pueblo rural de Indiana era agitado por las turbulencias que acompañan a los gángsters, ahora el director da un salto y dirige su foco hacia la gran ciudad, hacia Londres. Ambas películas comparten la presencia de una tranquila familia como protagonista. Comparten la violencia explícita. Y comparten la inquietante compañía de esos sinvergüenzas sin escrúpulos a los que solemos etiquetar, por pura simplificación, como “mafiosos”. El retrato que se exhibe de estos últimos a lo largo de la película es monumental. Apenas cuatro pinceladas le bastan a Cronenberg -apoyándose, a su vez, en la fotografía de Peter Suschitzky- para alcanzar la brillantez dentro de los cánones del género.  

Mafiosos que, por ejemplo, poseen un buen restaurante en una calle londinense. Mafiosos que no parecen serlo, pero que están ahí. Ese señor tan amable, cortés y educado; sí, ese señor es un importante personaje de la mafia rusa. Una de las figuras más representativas de la Vor v zakone. A Anna le costará darse cuenta de ello. A fin de cuentas, ella no deja de ser una simple médica tratando de ayudar a una desamparada criatura. Le costará abrir, por tanto, los ojos y cerciorarse de los peligros que ahora le rodean. A ella, a su familia y a su querida Christine. Contará, no obstante, con la extraña complicidad de unos de los personajes más célebres que nos entregó el séptimo arte a lo largo de la década pasada: Nikolai. Un cuerpo lleno de tatuajes le da sentido, porque en Rusia los tatuajes hablan. Un aspecto de seria frialdad marca las distancias con el resto de la sociedad. Y una mirada… bien, una mirada intrigante que nos costará descifrar. “I’m just a driver” dice habitualmente él. Sin embargo, tras esa fachada, tras esa simplona apariencia, se esconde la figura de un auténtico justiciero. Un héroe al que pincela con maestría David Cronenberg.

Apenas cien minutos le bastan a esta película para reventar nuestras conciencias. Un relato cargado de terror, de miedo. El espléndido guion de Steven Knight barrunta el universo de sangre y despotismo que acompaña a la mafia rusa, iconizado en un sobresaliente Mueller-Stahl, con el retazo de cotidianidad que representa, con tanta penitencia, Naomi Watts. El punto de conexión entre ambos mundos lo marca un inolvidable Viggo Mortensen. Y al fondo, profundas e inquietantes, aparecen las aguas del Támesis, dispuestas a esconder, a silenciar en su interior, una de las tantas miserias que acompañan a esta sociedad. “Stay alive a little longer“, palabras que resumen la lucha de gigantes que están dispuestos a emprender, cada uno a su manera, Nikolai y Anna.