Umberto D. (1952)

Vittorio De Sica: Umberto D. (1952). Italia. Neorrealismo italiano sobre la anciandad y la pobreza. Escrita por Cesare Zavattini y Vittorio De Sica. Interpretada por Carlo Battisti, Lina Gennari y Maria Pia Casilio. 84 minutos. 

umberto-d

Hasta los ancianos protestan en Roma. Días en los que a uno de ellos no le queda otra que contar las liras para poder pagar el alquiler. Un reloj, unos libros… qué más puede vender. Ya le queda poco. Es el ocaso de Carlo Battisti. Sus ojos le delatan. Tantos años trabajando para aguantar ahora a la estúpida, muy bien interpretada por Lina Gennari, de su casera. Se refugia momentáneamente en la picardía que brinda un rosario. Busca auxilio en viejas amistades. Pero la sociedad mira para otro lado: el egoísmo de siempre. ¿Mendicidad? ¿En eso ha terminado? Maria Pia Casilio y su sonrisa son un oasis en el desierto. Pobre muchacha piensa él para sí. Y se lo dice, certe cose avvengono perché non si sa la grammatica: tutti ne approfittano degli ignoranti. Ya no le quedan fuerzas. Vittorio De Sica, en cambio, se preocupa de la última humillación: el perro. La tristeza ha ganado la última mano.  

Ladri di biciclette (1948)

  • Ladri_di_biciclette_1234319020_1948Italia
  • Neorrealismo
  • Dirigida por Vittorio De Sica
  • Escrita por Cesare Zavattini, Vittorio De Sica, Suso Cecchi d’Amico, Oreste Biancoli, Adolfo Franci y Gerardo Guerrieri (Novela: Luigi Bartolini)
  • Interpretada por Lamberto Maggiorani, Enzo Staiola y Lianella Carell
  • 88 minutos

“A tutto si rimedia, meno che alla morte.”

En la Roma de la posguerra malvive Antonio Ricci. Le tiene miedo al hambre, pero no se da por vencido: quiere salir de la pobreza, darle una vida mejor a su mujer y a su pequeño hijo. Una vidente le dijo a su esposa, una estupenda Lianella Carell, que su marido encontraría un trabajo. Y este lo encuentra, aunque para realizarlo necesitará de una bicicleta. Una bicicleta que conseguirá, pero que, un mal día, le robarán.

La mísera odisea de un colosal Lamberto Maggiorani, junto a la enternecedora compañía de su hijo Enzo Staiola, ambos actores no profesionales, le servirá a Vittorio De Sica para rozar la perfección. La desesperada mirada del protagonista, en continua persecución del ladrón, nos llevará a la comisaría, al rastro de la Piazza Vittorio, a la Porta Portese, a un comedor social católico e, incluso, a la casa del supuesto ladrón con toda la violencia que conlleva este momento. Es una lucha, en todo caso, fatigosa, donde ni el hijo ni el padre se resignan frente a la desigualdad interclasista: preciosa la escena en la taberna. 

Si tuviera que hacer una película, sería como esta. Sencilla, directa y emotiva. La bicicleta, perdida entre tantas bicicletas, se asemeja a su dueño, Maggiorani, perdido entre tantos errantes. Él y su hijo luchan por avanzar en la escala social, mientras que la fotografía de Carlo Montuori capta la melancolía de esa hermosa y pobre Roma, cuyo paisaje se convierte en uno de los grandes protagonistas del film. La humillante escena final en el estadio comunal de la Roma, con las lágrimas de Antonio y la pena de su hijo, sirve para realzar las sombras de la pesarosa realidad a la que evoca esta historia. Obra maestra.