I vitelloni (1953)

Federico Fellini: Los inútiles (I vitelloni, 1953) Italia. Drama. Escrita por Federico Fellini, Tullio Pinelli y Ennio Flaiano. Interpretada por Franco Fabrizi, Leonora Ruffo y Franco Interlenghi. 107 minutos. 

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En una ciudad arrimada al Adriático, bien podría ser Rimini, viven cinco jóvenes amigos. Ellos son los vitelloni: sus días pasan como si nada. Es la derrota entregada antes de tiempo. La eterna -y, por tanto, contradictoria- juventud. El angosto pozo del que no pueden escapar. Salen, pasean, charlan, divagan y se divierten. La plaza desierta, al amanecer, es su final de trayecto para una larga noche. Pero todo destila tristeza. La desafección moral parece apoderarse de ellos. Las melancólicas olas esbozadas por Federico Fellini lo iconizan todo. El personaje de Fausto, encarnado por Franco Fabrizi, podría ser la clave de bóveda del film: ha dejado embarazada a la hermana de uno de sus mejores amigos y no le queda otra que casarse con ella… a pesar de que no la quiere. La vida bohemia parece no encajar en el corsé tradicional en el que habitan sus vecinos. Cadena perpetua para él. Y pobre Sandra -estupenda Leonora Ruffo-, por cierto. Los dilemas de aquel son los dilemas de la película. Una vez más, el vacío vence espacio. Y no queda otra que huir. La farsa ya no se sostiene más a ojos de uno de los protagonistas. Fabuloso el grisáceo y retraído adiós de Moraldo, un Franco Interlenghi que va camino hacia la incertidumbre y que deja atrás una vida que no quiere para sí: se despide en silencio del desánimo.      

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Paisà (1946)

Roberto Rossellini: Camarada (Paisà, 1946) Italia. Realismo social para denunciar los horrores de la guerra. Escrita por Sergio Amidei, Federico Fellini y Roberto Rossellini. Interpretada por Carmela Sazio, Robert Van Loon, Alfonsino Pasca y Dots Johnson. 125 minutos. 

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Tras la aparición de Roma città aperta (1945), la Trilogía de la Guerra de Roberto Rosselini encontraba su segundo capítulo en Paisà. El cineasta, deudor del tiempo que le tocó vivir, decide retratar una realidad cruda y amarga, aquella que acompaña a los flagelos de la guerra. Vuelve al dramatismo más humano. No hay ningún tipo de adorno. Todo es desgarrador. El paisaje lo marcan ciudades destruidas por el combate, colecciones de ruinas, calles bombardeadas, personas desamparadas que han perdido a algún ser querido o gente que simplemente no tiene qué llevarse a la boca. La historia se vertebra en torno a seis episodios enclavados geográficamente desde el sur al norte de Italia, recorriendo de esta manera el avance de las tropas aliadas desde el verano de 1943 hasta el invierno de 1944, pocos meses antes de la liberación. 

El primer episodio, situado en el sur de Sicilia, está narrado de una forma magistral. Es un verso libre sobre el sufrimiento. Una chica intenta salvar la vida de un soldado norteamericano, pero los alemanes la ajustician sin piedad. A ojos de los aliados, ella ha sido la culpable de la muerte de su compañero. A ojos nuestros, la rabia queda desatada. Una imagen durísima, deprimente y nada esperanzadora. Es el primer golpe seco del cineasta, al que le sigue la mirada de un soldado norteamericano aterrado por la miseria que observa ante sí en la ciudad de Napoli: niños huérfanos, famélicos y con un triste porvenir ante sí. Le regala las botas en silencio mientras corre sin mirar atrás. El culmen narrativo lo encontramos en el tercer capítulo, una desoladora historia romántica ambientada en la ciudad de Roma. Donde todo era ilusión al comienzo, incluyendo el idilio entre Francesca y el yanqui, termina, seis meses después, en una cama con un borracho y una prostituta. Esta, espera bajo la lluvia presa del olvido. Desoladora.

El cuarto relato es otra historia de amor, la de un hombre por su familia y la de una enfermera por un antiguo amante, que, en bando partisano, no son capaces de cruzar el Arno en la ciudad de Firenze. La galería de los Uffizi les abrirá las puertas… del horror. Fotografía esplendorosa de Otello Martelli para este episodio. El quinto episodio es el más singular, ambientado en la Emilia-Romagna, donde el cineasta reflexiona sobre el poder de la fe, aun en tiempos de guerra. Por último, en el delta del Po cierra su manifiesto Rossellini: los partisanos y norteamericanos combaten frente a los alemanes. Sobran las palabras, la imagen vence a cualquiera. Escalofríos provoca ver esos cuerpos que flotan sobre la corriente, o el niño que llora en soledad y rodeado por los cadáveres de sus allegados. Recuerdos de la guerra.

La naturalidad de la pena, de la tristeza, de la miseria vuelve a mostrarse entre los fotogramas de este film. El cineasta vuelve a recurrir a actores no profesionales mientras se sirve de los escenarios (reales) que ofrece el paisaje italiano para atestiguar de forma tan personal la aflicción de la guerra. Deja un punto de mala sangre y de frustración en base a un guion escrito en compañía de Sergio Amidei y Federico Fellini. Al final, llega la ansiada liberación. En el camino, sin embargo, el autor ha destripado la degradación y el horror que atesora la condición bélica, sea cual sea tu bando.  

Roma città aperta (1945)

Roberto Rossellini: Roma, ciudad abierta (Roma città aperta, 1945) Italia. Obra capital sobre la libertad, vanguardia del neorrealismo italiano. Escrita por Roberto Rossellini, Federico Fellini y Sergio Amidei. Interpretada por Anna Magnani, Aldo Fabrizi, Marcello Pagliero y Francesco Grandjacquet. Fotografía de Ubaldo Arata. 97 minutos. 

roma-città-aperta-640En 1945 Roberto Rossellini le da un giro sin igual a la historia del cine. Hay un antes y un después del estreno de esta película. Los estudios de cine italianos, igual que gran parte del país, han quedado devastados por la II Guerra Mundial. Están tiesos, pero la gente de por allí tiene muchas historias que contar. La economía queda suplida por la creatividad: el cineasta recorre las calles de Roma con naturalidad, sin adornos ni recreaciones. Se aleja de los grandes estudios y de las fastuosas producciones. Quizás esto es lo que le distingue de sus compañeros de la otra orilla atlántica, John Ford (The Grapes of Wrath, 1940) y Charles Chaplin (City Lights, 1931).

Él quiere captar el alma de la ciudad, tal como esta es. Y así, sentimos el agobio de vivir entre miserias y penas: a la ocupación nazi le acompaña el hambre… Anna Magnani resume todo ello mejor que nadie a través de Pina, uno de los mejores personajes de la historia del cine. Encarna la supervivencia, la solidaridad, el afecto y, en definitiva, la humanidad que atesoran las personas hasta en los momentos más desesperantes. Es una pincelada fina en medio de un paisaje borrascoso. La otra carta ganadora de Rossellini es Don Pietro, interpretado tan emotivamente por Aldo Fabrizi. Él, cura partisano, simboliza la esperanza que el cineasta esconde entre tanta tristeza: es un canto por la libertad.

Todos los personajes de la trama, perfectamente pulidos, atesoran una idiosincrasia que alienta la intensidad emocional: a la integridad y bondad de la resistencia italiana se le opone la desfachatez nazi, esa destapada por las palabras de un alto mando tan embriagado como lúcido… solo han sembrado dolor con su creencia de superioridad, la Europa de los cadáveres. El cineasta se acoge a la melancólica fotografía de Ubaldo Arata, mientras cimenta un guion icónico -escrito junto con Federico Fellini y Sergio Amidei– acerca de la dignidad humana. Una película, aun en su sencillez, monumental.  

Noi lottiamo per una cosa che deve venire, che non pùo non venire. Forse la strada sarà un po’ lunga e difficile, ma arriveremo e lo vedremo un mondo migliore, e lo vedranno soprattutto i nostri figli, Marcello, e lui, quello che aspettiamo. Per questo non devi avere paura, mai Pina.

Le notti di Cabiria (1957)

  • le nottiItalia
  • Neorrealismo
  • Dirigida por Federico Fellini
  • Escrita por Federico Fellini, Ennio Flaiano y Tullio Pinelli
  • Interpretada por Giulietta Malsina, Franca Marzi y François Périer  
  • 110 minutos

Es la tristeza la que me invade cuando termina Las noches de Cabiria. Una tristeza, en todo caso, esperanzadora. Guardo así la sonrisa final de Giulietta Malsina, caminando de nuevo, acompañada por un gentío alegre y feliz, sin saber muy bien cuál será el destino de su vida. No le queda otra a nuestra errante protagonista. Habitante de la melancolía, sus paseos nocturnos por Roma no son más que una escala en su largo viaje, ese que le llevará a encontrar la compañía y el amor de un buen hombre.

Un chulo que la lanza sin titubeos al río. Un ricachón que se entretiene con ella. Un buen samaritano que la trata con delicadeza. Y una afectuosa sonrisa repleta de ilusiones y promesas. Son las noches, y los hombres, de Cabiria. No tiene una vida fácil esta pobre alma. Por eso, quizás, le pide ayuda al cielo: cambiar de vida, huir de la infelicidad, evitar la sorna. Giulietta Malsina realza con su interpretación el sentimiento que posee la escritura de Federico Fellini, de Tullio Pinelli, de Ennio Flaiano. Nada falla en este film. La fotografía de Aldo Tonti lo baña todo con una capa de amargura, mientras que Fellini observa el paisaje, avanza tranquilamente, sumergiéndose en el llanto, pero guardando una pizca de ilusión para seguir en el camino. Una película, aún en su tristeza, preciosa.