Cul-de-sac (1966)

Roman Polanski: Callejón sin salida (Cul-de-sac, 1966) Reino Unido. Thriller psicológico. Escrita por Gérard Brach y Roman Polanski. Fotografía de Gilbert Taylor. Interpretada por Lionel Stander, Donald Pleasance y Françoise Dorléac. 113 minutos. 

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Dos atracadores de poca monta encallan su coche en una zona de bajamar. Andan heridos y desesperados. Al fondo, de repente, se vislumbra la figura de un elevado y solitario castillo. Comienza a lucirse Roman Polanski con sus planos largos. Estéticamente estamos frente a una película que roza la perfección. Y luce la fotografía -encuadrada en un hipnótico blanco y negro- de Gilbert Taylor. Hacia allí camina Lionel Stander, bravucón y enfurecido. Una pareja de jóvenes tontea en la arena de la playa. Todavía no sabemos que ella le está siendo infiel a su marido, el dueño de la fortaleza y pieza capital en la burla de esta cinta: el tontorrón de Donald Pleasance.

Comienza así el juego psicológico a través de la interacción entre los tres personajes: el fuerte, el débil y la caprichosa. El film deriva en una montaña rusa sobre las relaciones humanas. Falta la visita de unos amigos para hacer detonar del todo los caracteres de cada uno. El cineasta se abraza a la tensión y a los espacios cerrados -como ya hiciese en sus dos obras anteriores, Repulsión (Repulsion, 1965) y El cuchillo en el agua (Nóz W. Wodzie, 1962)- para analizar los límites humanos en situaciones extremas, salpicadas una vez más por la violencia y el erotismo. Luce especialmente la malograda Françoise Dorléac, mecha incendiaria de la sutil crítica escrita por Gérard Brach y Polanski a la burguesía de la época: ni propiedad ni matrimonio ni estatus social. Queda un plano final monumental para atarlo todo: Agnes! grita en soledad. Pobre infeliz. 

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Repulsion (1965)

Roman Polanski: Repulsión (Repulsion, 1965) Reino Unido. Terror psicológico. Escrita por Roman Polanski y Gérard Brach. Interpretada por Catherine Deneuve, John Fraser, Yvonne Furneaux y Ian Hendry. 105 minutos. 

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En un Londres inquietante se pierde la mirada de una descomunal Catherine Deneuve. Se ensimisma en el trabajo, no responde ante los encantos del galán John Fraser y espanta al amante de su hermana mayor, Yvonne Furneaux. Es la presentación de Roman Polanski, resumida en las grietas que pueblan las aceras de la capital británica y que, parece, resquebrajan igualmente la mente de nuestra protagonista. Las campanas suenan cerca, le turban. El sexo de su hermana con Ian Hendry, al anochecer, violenta sus sueños. Todo es un horror. Gérard Brach, guionista junto a Polanski, no desvela el pasado de Deneuve. ¿Qué le habrá sucedido? Su actitud demente explota en soledad. Manda el tenebrismo y la perversión sexual. Es un monumento a la radical introversión: el teléfono sonando sin interrupción; las patatas y el conejo putrefactos; los imaginarios asaltos sexuales… y las grietas que no dejan de estallar. La turbiedad campa a sus anchas mientras la mano maestra del cineasta no deja tiempo para el respiro. Queda un monumento de final, angosto y perturbador, en el que destaca la brutal (e intrigante) escena del baño con el gesto desencajado de Furneaux. Las esquinas de ese piso evocan al mejor terror psicológico. Y la cámara se detiene en una fotografía familiar donde una pequeña niña luce, ya entonces, una mirada perdida.