My Darling Clementine (1946)

John Ford: Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) Estados Unidos. Intimista western, tan lírico como violento, para relatar el enfrentamiento en O.K. El Corral. Escrita por Samuel G. Engel y Winston Miller. Interpretada por Henry Fonda, Linda Darnell, Walter Brennan, Victor Mature y Cathy Downs. Fotografía de Joseph MacDonald. 102 minutos. 

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Si hay un duelo al cual el cine ha rendido pleitesía, ese es el del tiroteo en O.K. El Corral entre los hermanos Earp y la familia Clanton. En esa revisión histórica se sitúa la estética de John Ford, bañada en un lirismo que se percibe desde el primer plano. La fotografía de Joseph MacDonald comienza a dar indicios del recital que tiene preparado cuando, al inicio, conversa Wyatt Earp con el padre de los Clanton. Un asunto de reses sin acuerdo detonará la historia: el menor de los hermanos morirá violentamente. Y los Earp jurarán venganza. Estamos en Tombstone, Arizona.

Todos sabemos que han sido los Clanton, pero a Ford no parece interesarle el asunto. Diluye la épica del combate y, en su lugar, antepone la natural cotidianidad del pueblo. Así, conocemos a Doc Holliday sin saber si intercambiará sonrisas o disparos con Henry Fonda. Este, en cambio, va desarmado. Y ambos, además, defienden a Shakespeare en los recónditos paisajes del Far West. Son dos almas gemelas -brillante Victor Mature- enamoradas, quizás, de una misma mujer: Clementine, esa chica aventurada en una incansable búsqueda del amor. Genial la escena del baile con Fonda. Tanto como cualquiera de las escenas en las que Chihuahua, celosa cantinera interpretada maravillosamente por Linda Darnell, desata su mirada y sus temperamentales formas frente a ella. Es el quehacer diario de Tombstone, el mismo que ocupa los versos libres de este lírico relato. 

Pero claro, la tierna mirada de Fonda y su perfumada presencia quedan a un lado. También el tuberculoso perfil de Victor Mature. Igual que el último aliento de Linda Darnell. Llega el final, llega el duelo. La violencia, por fin y después de un largo paréntesis, aparece. Wyatt Earp guarda la memoria de sus hermanos. Guarda las lágrimas de su padre. Tiene a su lado a Doc Holliday, preparado igualmente para su último recital. Y apuntan al salvaje de Brennan, ese arisco hombre que ha criado a los suyos como si fuesen hienas, para honrar a la justicia. El resto es historia filmada, tan estupendamente, por la mano maestra de John Ford. 

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The Grapes of Wrath (1940)

John Ford: Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940) Estados Unidos. Drama social que habla sobre la resistencia y la esperanza. Escrita por Nunnally Johnson conforme a la novela homónima de John Steinbeck. Interpretada por Henry Fonda, John Carradine y Jane Darwell. Fotografía de Gregg Toland. Música de Alfred Newman. 129 minutos. 

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Una película que te deja sin palabras no es fácil de encontrar. Pinceladas de maestro dadas por John Ford, quien conforma un relato precioso, tan sentido y humano como melancólico. La figura central es Tom Joad, un ex reo interpretado maravillosamente por Henry Fonda, quien llega a su casa después de cuatro años encerrado. El panorama que se abre ante sí es sobrecogedor: nada ni nadie queda allí. Un loco, Muley, le ilumina los ojos. El capitalismo les ha vencido. No hay espacio para el pequeño granjero. Las grandes empresas y la banca no dan tregua: sin tierra, sin casa, tan solo les queda el camino, la carretera. Infelices y vagabundos que no tienen nadie a quien disparar con su escopeta. Tampoco nada a lo que agarrarse, salvo a la unidad familiar, a los lazos que les unen entre sí. Con esa riqueza, la única que le queda al náufrago, se marchan en busca de su lugar. No es, sin embargo, un camino fácil. Es el camino de la miseria. 

Los personajes de la película brillan solos, sin necesidad de efectismos. Deslumbrante Jane Darwell en el papel de madre coraje. Colosal, a su vez, luce la figura de John Carradine, ese predicador -Jim Casy- que ya no sabe, no conoce, sobre nada. Los bofetones se acumulan en el guion de Nunnally Johnson. Excepcional forma de recoger la humillación, de atestiguar la degradación de una persona. A veces, sin embargo, una mirada habla por sí sola. Y la mirada de Fonda reta, en su interior, a quien se ponga frente a él. Es el héroe, el principal, en este relato de Ford. La odisea que emprenden estos errantes desde Oklahoma hasta California -pereciendo familiares en el camino, recibiendo miradas afiladas como bienvenida, buscando un mendrugo de pan que llevarse a la boca- se baña entre las aguas del drama social y las de la poesía visual.   

El cine de Ford está del lado de los pobres, de los humildes, de los silenciados. Retrata maravillosamente la América propia de los años 30, esa que sucede al Crack del 29. Pincela al agricultor de Oklahoma, a esa familia afectuosa aunque poco besucona, para esculpir entre sus fotogramas esa emotiva reivindicación del lazo familiar. Los versos que, en esencia, componen esta narración se agarran a la poderosa fotografía de Gregg Toland para reivindicar, además, la lucha y las fatigas que acompañan al american dream, a esas personas que buscan trabajo hasta debajo de las piedras con la ilusión -siempre presente- de que un futuro mejor llegará algún día.  

12 angry men (1957)

  • twelve_angry_men_xlgEstados Unidos
  • Drama judicial
  • Dirigida por Sydney Lumet
  • Escrita por Reginald Rose (Obra teatral: Reginald Rose)
  • Interpretada por Henry Fonda, Joseph Sweeney y Lee J. Cobb
  • 95 minutos 

“Juror 10: Bright? He’s a common ignorant slob. He don’t even speak good English.
Juror 11: He doesn’t even speak good English.”

Impecable alegato en pro del poder judicial. Con una clara vocación teatral, Reginald Rose adapta su propia obra para el cine y escribe un férreo guion al que Sydney Lumet, un desconocido por aquel entonces, le añade nervio, tensión y empuje desde la dirección. Por supuesto, en una película de este corte, los actores terminan por convertirse en una pieza fundamental: aquí los doce cumplen su cometido, sin alardes ni fisuras. A mí me gusta especialmente el jurado más anciano, Joseph Sweeney.

Las imponentes columnas nos reciben. Estamos en el hogar de la justicia. Un chaval de un suburbio de una gran ciudad norteamericana está siendo juzgado. Su vida pende de un hilo. O, mejor dicho, pende de la decisión de estos doce hombres. Todos lo tienen claro, él es el asesino. Él ha cometido el crimen. Él le ha quitado la vida a su propio padre. Todos menos uno… Henry Fonda (productor, qué casualidad, de esta cinta). Así se inicia la batalla. Solo y acorralado. Aquí no hay nombres, solo números. Todos ellos son anónimos. Poco importa (en la teoría) el pasado de los presentes y sus historias. Aunque, quieran o no, allí están sus experiencias, sus prejuicios y su propia socialización. ¿Pueden condenar con tal ligereza a un hombre a la muerte? Fonda se niega a ello. Discutamos, al menos, durante un breve lapso de tiempo. Es el claro reflejo de la razón, la luz con la que Lumet ilumina este relato. 

La carga psicológica que contiene el film, en consecuencia, es elevada. Es una guerra de caracteres. Y los doce hombres, sus doce votos, tienen una capital importancia. Guilty or not guilty, esa es la cuestión. Sydney Lumet pasea su cámara por ese cuartucho agobiante. La puerta cerrada, el ventilador que no funciona, un calor inmenso entrando por la ventana y, finalmente, la inquietante tormenta. Dan la sensación de estar encerrados en una jaula. Nuestros protagonistas sudan y se fatigan. Uno tiene prisa por ver el partido de béisbol. Otro es un bravucón enfadado con su propio hijo y que, por ende, lo tiene claro: ha sido él. Hay quien simplemente es racista… “la gente de los suburbios… seguro, es culpable”. Y así, uno a uno, los doce tienen su propio punto de vista. Están cansados, pero la vida del muchacho sigue en juego. La “duda razonable” comienza a pulular por la mente de más de uno. ¿De verás el anciano vio al chico? ¿La vecina presenció la escena nítidamente? ¿No existen más navajas como esa? ¿Tú serías capaz de recordar las películas que viste hace cuatro noches y los protagonistas de las mismas? Henry Fonda lo ha logrado, ha sembrado la duda entre sus acompañantes.

Reconozco que me sorprende las alabanzas que ha recibido este film. Considerada por (casi) todos como una pieza indispensable del séptimo arte, yo la noto un poco sobrevalorada. La escena del racista y su soledad es divulgativa y aleccionadora, pero carente de sentimiento. De igual manera, la victoria del impoluto Henry Fonda, dentro de este mejunje y maremágnum social que es el jurado, peca de cívico adoctrinamiento inducido desde la narración. Aun así, 12 hombres sin piedad es un relato notable, eso seguro. Un guion sobrio, bien narrado y con unas interpretaciones correctas. Nunca sabremos si el muchacho lo hizo o no lo hizo, lo que sí está claro, como recalca Lumet, que el poder judicial, con sus loables jurados (siempre habrá un Fonda por allí), funciona a las mil maravillas en los Estados Unidos. ¿Lo mejor? No conozco que decía la ley estadounidense del momento, pero, pese a esto, merece la pena destacar el sutil puñetazo que lanza el cineasta más por lo que omite que por lo que dice: ni un negro ni una mujer entre los doce miembros del jurado.       

C’era una volta il west (1968)

  • zzaItalia
  • Western
  • Dirigida por Sergio Leone
  • Escrita por Sergio Leone y Sergio Donati (Historia: Dario Argento, Bernardo Bertolucci y Sergio Leone)
  • Interpretada por Claudia Cardinale, Charles Bronson, Henry Fonda y Jason Robards
  • 165 minutos

Un prólogo servido con maestría, indicativo del estilo narrativo que conducirá a esta polvorienta historia del lejano oeste. El cineasta, Sergio Leone, juega con el tiempo y el espacio. De este modo, el entorno y el ambiente son una pieza más, fundamental diría yo, para encajar a la perfección este monumental relato repleto de ilusiones, traiciones, violencia, codicia, injusticias y venganza.

La hermosa Jill (Claudia Cardinale), verdadera clave de bóveda de esta historia, llega a un pueblo, perdido en mitad del oeste, decidida a formar un hogar junto a un pelirrojo y testarudo irlandés, McBain, olvidándose así de su anterior vida en Nueva Orleans. Lástima que al llegar se cerciore de que Frank (Henry Fonda), un pistolero reconvertido a empresario, ha borrado del mapa, con la facilidad que propicia un revolver, todo su proyecto de vida. El muerto se lo han adjudicado a Cheyenne (Jason Robards), quien simplemente pasaba por allí, y al que no le hace ninguna gracia esta rapaz jugada. El cuadro lo completa un misterioso hombre sin nombre conocido, de escueto vocabulario y con afición por la harmónica. 

Película servida a fuego lento, muy lento. Todo se mueve con un ritmo pausado y calmo. Ayuda, por supuesto, el inquietante compás marcado por Ennio Morricone. Las piezas se mueven con sigilo y astucia, desenmascarando poco a poco la jugada maestra que nos tenía preparada Sergio Leone, ayudado en la escritura por Sergio Donati y los emblemáticos Dario Argento y Bernardo Bertolucci. Extraordinariamente trabajada, ‘Once upon time in the west’ supone una épica historia acerca de la construcción del ferrocarril en territorio estadounidense. Pero, sobre todo, una historia que le saca todo el jugo posible a los personajes de la misma, a esos peones que ambicionan, huyen, aman, perecen o sobreviven, entre los agrestes paisajes que nos depara esta cinta.  

En definitiva, otra manera de entender el cine. El silencio y la tensa espera se combinan con las miradas perdidas, buscando éstas, en algún lugar, los sueños e ilusiones que parecen desvanecerse, salpimentado todo por la explícita violencia que envuelve a la muerte. Los tiempos cambian, parece querer decirnos Leone a través de esta lírica, mundana y crepuscular fábula enclavada en el far west. Una obra monumental y minuciosa en la que, gusto personal, destaco al misterioso y sensual personaje (con toda la batalla psicológica que ello conlleva) interpretado por Claudia Cardinale, su idilio con Jason Robards (“ahora sí que te he preparado café caliente”), así como al imperecedero Harmonica. La venganza pocas veces se sirvió tan fría. Obra maestra.