The Thin Red Line (1998)

Terrence Malick: La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998). Estados Unidos. Alegato antibélico sobre la II Guerra Mundial. Escrita por Terrence Malick en base a la novela de James Jones. Fotografía de John Toll. Música de Hans Zimmer. Interpretada por James Caviezel, Sean Penn y Ben Chaplin. 163 minutos.  

Suenan cantos melanesios, acierta Hans Zimmer, mientras un hombre juega con los niños. Está disfrutando de la naturaleza, con la naturaleza. La luz de John Toll, tan hermosa, tan natural, tan espiritual, nos ciega. Sientes el poder del agua deslizándose a través de una hoja. Has atrapado la magia del viento que ondula la hierba en la colina. Sin embargo, no puedes disfrutar de nada de ello. Ya no sientes nada: solo miedo, temor, trauma. De dónde salió este mal. De qué semilla, de qué raíz brotó. ¿Acaso nuestra destrucción beneficia a la Tierra, ayuda a que crezca la hierba, ayuda a que luzca el Sol? Por supuesto que no, responde Terrence Malick. ¿Cómo afecta la guerra al corazón de un hombre, a su alma, a su cuerpo, a su mente? Sean Penn maldice la propiedad. No quiere medallas. Qué sentido tiene todo esto. Acaba de decirle adiós a un hombre que lloraba, que agonizaba. Y no puede hacer nada. Otro soldado, Ben Chaplin, se refugia en el amor: de dónde proviene. Quién aviva su llama. Ninguna guerra podrá apagarla ni robarla. Todas las cosas parecen brillar, aun en la tristeza más profunda. Así lo transmite la tranquila mirada de James Caviezel, el soldado Witt, uno de los mejores personajes de la historia del cine. Su sargento le increpa lleno de amargura, aquejado ya por el dolor: todavía crees en esa luz bondadosa. ¿Cómo lo consigues? Para mí eres un mago. Cree en las personas. Ha visto el horror, la aniquilación. Ha escuchado cañones destruyendo árboles, metralletas arrancando vidas. Ha estado en el otro mundo, perdido en la oscuridad. Pero todavía sigue en este, aquí. Y se despide en mitad de una preciosa escena, reafirmándose: I still see a spark in you.      

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From here to eternity (1953)

  • from_here_to_eternity_ver2_xlgEstados Unidos
  • Drama
  • Dirigida por Fred Zinnemann
  • Escrita por Daniel Taradash (Novela: James Jones)
  • Interpretada por Montgomery Clift, Donna Reed, Burt Lancaster, Deborah Kerr y Frank S¡natra
  • 113 minutos

Pocas cosas le faltan a esta película. Un clásico que aún hoy, unos sesenta años después de su estreno, todavía sorprende y agrada. De aquí a la eternidad es un relato espléndido, bien hilvanado, dirigido maravillosamente y, sobre todo, interpretado de una manera fabulosa. La descripción queda cargada de calificativos positivos, pero no hay ni uno de ellos que no sea merecido.

La vida castrense es la excusa idónea para que Fred Zinnemann pule esta joya de historia. La idiosincrasia de los personajes, con su fuerte temperamento y carácter, se impone sobre la pequeña pantalla. Luce como el mejor de todos un Montgomery Clift sobrio y férreo. Su papel, el de Prewitt, representa la esencia de este film: lealtad y tristeza. Apenas hay notas de alegría en sus fotogramas, más allá de ese oasis en el desierto que supone su historia de amor con la guapísima Donna Reed. Él es el mejor cornetista del ejército, un fiable soldado y, también, un boxeador con puño de hierro. Sin embargo, ha terminado en un campamento de Hawaii como soldado raso, aislado y vilipendiado por sus compañeros, pero fiel tanto a sus ideas como a su forma de entender la vida. Encuentra abrigo en la amistad que le brinda Frank Sinatra (Maggio), en la ternura de Lorene (o Alma) y en la honradez de Burt Lancaster. Este último complementa, con otro matiz amargo, el paisaje de sinsabores en el que se convierte este colosal relato.

Deborah Kerr es la última nota de esta melodía. Representa la incomprensión y distancia que existe entre la vida civil y la militar. Parece atrapada e impotente ante la realidad que le propone su marido, un mujeriego y borracho capitán. Solo encuentra un fugaz cobijo entre los brazos de su amante, en una soleada playa del Pacífico. Todo, en el fondo, es pasajero. Y es que tanto Lancaster como Clift están ligados, para desgracia de sus chicas, al ejército. Es el mensaje de patriotismo y honor que esconde este film, eclosionado en todo su esplendor con el ataque japonés a Pearl Harbor. La ilusión del amor, de un futuro mejor, queda guardada en un dulce recuerdo que jamás volverá. La eternidad que ha pincelado Zinnemann hace honor precisamente a eso… una película eterna.