Double indemnity (1944)

  • DOUBLE-INDEMNITY-Modern-poster-Web-LargeEstados Unidos
  • Cine negro
  • Dirigida por Billy Wilder
  • Escrita por Raymond Chandler y Billy Wilder (Novela: James M. Cain)
  • Interpretada por Barbara Stanwyck, Fred MacMurray y Edward G. Robinson
  • 107 minutos

“I couldn’t hear my own footsteps. It was the walk of a dead man.”

Un sudoroso hombre llega a su oficina. Es Fred MacMurray. Está cansado, y parece derrotado. Solo quiere confesar, confesar ante su amigo y superior: un estupendo Edward G. Robinson, el guardián de las conciencias. Billy Wilder abre así una áspera narración -tan áspera como los pulgares que encienden los cigarrillos de este film- fraguada a base de maldad. El poder de la tentación se impone, sobre todo al presenciar la figura de Barbara Stanwyck, quien luce como una femme fatale astuta, icónica, en este sentido, dentro de la historia del cine negro. Ella es la clave de bóveda de esta narración. Casada con un hombre de negocios, la soleada California pronto se tornará en turbiedad cuando ella entre en contacto con Walter Neff, un corredor de seguros que recibirá, ávidamente, una perversa propuesta por parte de aquella: la firma de un seguro de vida para su marido, el asesinato de este y el cobro final de una doble indemnización.

La película se mueve en la excelencia en todo momento. El suspense que acompaña a los fotogramas de Perdición no tiene nada que envidiar al de Hitchcock, quizás el gran maestro del género. Repleta de tensión, la hipnótica y detallista puesta en escena de Wilder no deja ni un momento para respirar. Cómo no alterarse, por ejemplo, al ver la perturbada mirada de Phyllis Dietrichson, primer plano, en el momento del crimen. Igual de tensos son los esquivos momentos en el supermercado, o la taquicárdica escena en la que la figura de MacMurray y una puerta dan cobijo a Barbara Stanwyck mientras Edward G. Robinson espera la llegada del ascensor. La fatal seducción, además, alcanza aquí la excelencia, bastándole a Wilder una pulsera en el tobillo para rendir al espectador -y ya de paso, al desgraciado protagonista- ante los sensuales encantos de la rubia.

La codicia y el engaño toman la forma de gigantes frente a los que enfrentarse. O, mejor dicho, frente a los que sucumbir. La sórdida ambientación sirve para dar abrigo a unos memorables diálogos, así como a una serie de escenas que entran, como ya digo, de forma directa en la historia del cine. Es un hombre adentrándose en la boca del lobo, perdido entre tanta oscuridad. Es la turbiedad apoderándose de todo, machacando el pulso de estoicos luchadores como Barton Keyes o Lola Dietrichson, quizás las únicas pinceladas de calidez con las que adornar este decadente paisaje. 

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