Crazy Heart (2009)

Scott Cooper: Corazón rebelde (Crazy Heart, 2009) Estados Unidos. Drama sobre el mundo del country. Escrita por Scott Cooper. Novela de Thomas Cobb. Música de T-Bone Burnett. Interpretada por Jeff Bridges, Colin Farrell, Maggie Gyllenhaal y Robert Duvall. 110 minutos. 

Algo de reverencia ocultan los fotogramas de este film. Es la vieja escuela del country la que recibe flores en esta ocasión. Las lanza, con total cortesía, un Scott Cooper que decide dedicar su ópera prima a desempolvar los recuerdos de un ayer mejor. El escenario lo marca el desierto norteamericano, los tugurios de mala muerte y los poblados perdidos en mitad de la nada. Por allí camina, errante, Jeff Bridges. Está inconmensurable. Una película hecha a su medida. Alcohólico, solitario y derruido. Atrás han quedado los viejos tiempos. Ha perdido la magia… y tampoco llena escenarios. Los moteles baratos, la botella y alguna que otra groupie son el consuelo que le quedan. Ahora suena (y triunfa) Colin Farrell, su discípulo. El paso del tiempo, una vez más. Busca, entretanto, la redención. Recuerda un tanto a los relatos de Sam Shepard y Wim Wenders. Con esas, aparece por allí Maggie Gyllenhaal, la dulce sonrisa. Coquetea el guion con la sensiblería y la previsibilidad. Pecados de emoción que se le escapan al cineasta. Ahí está, menos mal, la voz de Robert Duvall: sabio consejero y amigo del náufrago. La derrota ya hace tiempo que estaba vendida. Y de qué manera: espléndido el soundtrack de T-Bone Burnett… my trouble travels in a song because I’m gone, gone, gone.

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I like New York in June…

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Jeff Bridges se creía invencible. En estos días, sin embargo, su tristeza solo encuentra refugio en la botella, y en las curvas de la explosiva Mercedes Ruehl. Así, en un suicida rodeo nocturno por una de los mejores Nueva York que nos ha brindado el cine, esa que camina entre el wild side de Lou Reed y el like a rolling stone de Dylan, tropezará con dos imbéciles del tipo universal, de esos que apalean, entre la diversión y el dogma, al outsider. Pero irrumpirá Robin Williams, antaño profesor de Historia medieval, ahora guardián de la noche neoyorquina, para rescatarlo. Y locos perdidos, buscarán el Santo Grial. Buscarán, de esta forma, darle un sentido a sus vidas, ahora que parecen sedientos, como aquel rey pescador. Y con esas, aparece Amanda Plummer con su soledad, con sus casposas novelas románticas, con su torpeza para degustar la comida asiática. ¿Cómo siente la vida un vagabundo? Como cualquier otra persona, a ojos de Terry Gilliam. Faltaría más. Ellos lloran frente al dolor. Y también echan de menos a los que no están. Pero todavía tienen la capacidad de amar, de enamorarse otra vez, de volver a sonreír. Se desnudan para observar las estrellas en Central Park. Se visten con sus mejores vestimentas (¡fabuloso vestuario!) para cortejar a sus chicas. Vuelven a sentirse vivos, a ser felices, mientras canturrean a Sinatra por los pasillos de un manicomio… how about you?  

Terry Gilliam (1991) The fisher king. Escrita por Richard LaGravenese. Interpretada por Jeff Bridges, Robin Williams, Mercedes Ruehl y Amanda Plummer. Estados Unidos

The last picture show (1971)

  • Current_LastPictureShow_PosterEstados Unidos
  • Adolescencia
  • Dirigida por Peter Bogdanovich
  • Escrita por Peter Boganovich y Larry McMurtry (Novela: Larry McMurtry)
  • Interpretada por Timothy Bottoms, Jeff Bridges, Cybill Sheperd, Ben Johnson, Cloris Leachman y Ellen Burstyn
  • 118 minutos

El viento azota al pequeño pueblo en el que habita Sonny Crawford. Un viento que levanta el polvo del suelo, ese polvo que todavía vence al asfalto por las calles de la ciudad. Trata de arrancar su vieja camioneta, pero le tiemblan las manos de frío. Estamos en el noviembre de 1951, y la realidad que se nos muestra pertenece a un pequeño pueblo de Texas, cercano a Wichita. En sus calles, en sus bares y en su cine ha crecido Sonny. Tiene una mirada decadente, porque decadente es el pueblo en el que vive. Parece un náufrago como le reprocha una de sus jóvenes amantes. Poco le importa, camina en la tristeza y se dirige hacia el billar que regenta Sam The Lion. Un lugar en el que sentir algo de calidez, donde charlar de fútbol y hacer compañía a su amigo Billy, un chico con retraso mental que le tiene ganado el corazón. No muy lejos de ellos vive Duane Jackson. Son amigos, de siempre. Han crecido juntos y comparten una socialización que ahora los aboca al abismo: ¿qué hacer con nuestras vidas? Duane puede que todavía no haya pensado en ello. Anda loco tras las faldas de Jacy Farrow, su novia, esa chica con la que le gustaría pasar el resto de su vida. Aunque ese parece un deseo inalcanzable para un tipo como él. Y es que, en el fondo, estos jóvenes se preguntan qué es lo que está al alcance de sus manos.

El sexo se convierte en la clave de bóveda de esta narración. Sobre él levanta el cineasta una sufrida alegoría acerca de la decadencia. Sonny se ha cansado de su recatada novia, una joven virgen a la que su madre ha advertido del “peligro” que conllevan los chicos. Ha roto con ella y, casi por casualidad, se ha convertido en el amante de una madura, frustrada e infeliz mujer, Ruth Popper, la esposa del entrenador. Ella es otra lágrima perdida en el desierto. Pero ¿es eso a lo máximo que aspira Sonny? Él se ha enamorado, si es que puede llamarse así, de Jacy Farrow, una rubia angelical que, sin embargo, es la novia de su amigo Duane. Así que todo parece complicarse en este pequeño pueblo. Si uno mira a su izquierda, encontrará a Genevieve, una cuarentona camarera, solitaria y sumida en la zozobra. “One thing I know for sure. A person can’t sneeze in this town without somebody offering them a handkerchief” exclama ella. Si, en cambio, prefiere mirar hacia la derecha, se topará con la economía que desangra a esta ciudad, la cultura que queda aislada por la ignorancia y la vida, en suma, que se convierte en un infinito enredo sentimental sin principio ni final. Todo es un profundo y vacío existencial, simple tránsito hacia ningún lugar. Es la infelicidad que acompaña a Ruth, a Genevieve y a Lois Farrow, la madre de Jacy. Los primeros besos, el matrimonio, los hijos… y un presente del que es difícil escapar.

Es el presente hacia el que se encaminan Sonny, Duane y Jacy. Esta última anda indecisa con el tema de la virginidad, de su novio y de su futuro. Coquetea en fiestas donde los jóvenes se bañan desnudos en la piscina. Busca perder la virginidad con su novio, Duane, quizás casarse con él. Sin embargo, no le importa acostarse con uno de los amantes de su desconsolada madre. Tampoco tontear sentimentalmente con Sonny, el mejor amigo de Duane. ¿Qué hace esta chica? ¿Qué sucede en este pueblo? Estos chicos han de madurar a la fuerza y crecer, aunque lo que dejan atrás tampoco parecen los tiempos más felices de sus vidas. ¿Alguien ha sido feliz en este pueblo? Las familias de Sonny y Duane se nos presentan deshilachadas, rotas. A uno también le entran ganas de subirse a esa camioneta, cargar el tanque de combustible y marcharse hacia México, respirar libertad.

La juventud casi siempre suele retratarse desde la hermosa nostalgia. Y aquí todo ello se convierte en poesía. Son esos cabizbajos chicos quienes despiertan nuestra emoción. Y es que ellos están viendo “morir” a su ciudad, apagándose ellos mismos con ella. El antaño esplendoroso far west queda ahora sumido en la profunda depresión. En la escuela no encuentran nada, el cine del lugar cierra, la chica que los vuelve locos e incluso los enemista se marcha del pueblo y ellos, pobres desgraciados, solo encuentran esperanza en Sam The Lion, su protector y ángel de la guarda. Pero con la muerte de este se cierra el final de una época, de un tiempo. ¿Qué les queda ahora? Llorar el triste final de Billy, gritar de impotencia a todo lo que les rodea, combatir en Corea o recordar las últimas palabras del León: “Bein’ crazy about a woman like that is always the right thing to do!” Es la hora del adiós. 

Peter Bogdanovich escribía esta obra maestra que es The last picture show enraizado en la más profunda melancolía. Ese pequeño pueblo polvoriento se asemejaba a una isla perdida y aislada en mitad del océano. Sus habitantes parecían náufragos, desorientados. Eran los años 50, la sociedad avanzaba y ellos seguían allí, igual que antes, anclados en el tiempo. Un tiempo que se marchaba. Igual que se marchaba la juventud de estos muchachos, simbolizado todo en el cierre del cine de la localidad, quizás el último resquicio de cultura, de grandeza del lugar. Esa noche proyectaban la última película y por qué no ir a verla, distraerse, escapar de su mísera realidad. Sonny lo ha intentado en más de una ocasión, huir. Pero siempre se queda paralizado en el asiento de su coche, recorriendo con su mirada las luces que adornan a esa triste ciudad.