The Secret of Roan Inish (1994)

John Sayles: El secreto de la isla de las focas (The Secret of Roan Inish, 1994) Irlanda. Íntima fábula sobre la familia y la naturaleza. Escrita por John Sayles en base a la novela de Rosalie K. Fry. Interpretada por Jeni Courtney, Mick Lally y Eileen Colgan. Fotografía de Haskell Wexler. Música de Mason Daring. 101 minutos. 

hero_EB19950303REVIEWS503030306AR

Escapar de la miseria para refugiarse en la fantasía. Eso es lo que hace John Sayles de forma estupenda. Le queda una película preciosa. Se encomienda a una música angelical mientras se abraza a una fotografía encandiladora. Trabajo impecable, respectivamente, de Mason Daring y Haskell Wexler. La narración abre con un funeral. Es el año 1946, en Irlanda. Una niña, Jeni Courtney, ha perdido a su madre. Antes había perdido a su hermano pequeño. Y su padre, habitante de la triste ciudad, no puede encargarse de ella. Así que viaja hacia el mar para vivir con sus abuelos. Se enreda entre los cuentos de su abuelo, de su primo, de su tío. Es la cercanía de la familia, esa a la que le rinde tributo aquí el cineasta. Aparece así una isla cargada de magia, la compañía de unas focas y el sonido del mar. Donde debía haber tristeza y dolor, aparece la ensoñación y la fantasía. Son las notas que le bastan a Sayles para tejer esta emotiva fábula sobre el poder de la naturaleza.  

Anuncios

Limbo (1999)

John Sayles: Limbo (1999) Estados Unidos. Drama con tintes de intriga para escupir la realidad social de uno de los rincones más alejados de la costa este norteamericana, Alaska. Escrita por John Sayles. Interpretada por David Strathairn, Mary Elizabeth Mastrantonio, Vanessa Martinez y Kris Kristofferson. 126 minutos.  

No es el infierno y tampoco el cielo. Es el limbo, lugar de redención para las almas. Y hacia allí viaja John Sayles. Lo sitúa en Alaska, en una pequeña población de la última frontera estadounidense. Un actor de primer nivel, David Strathairn, azota el melancólico árbol que, en esencia, representa este film: la aventura que no es tal, en territorio inexplorado, cargada de introspección, dudas e inquietud. Le acompaña Mary Elizabeth Mastrantonio, perdedora innata, y la hija de esta, Vanessa Martinez, una adolescente con mil y un tormentos a causa de la trovadora vida de aquella.

El paisaje queda así pincelado: el pescador que nunca volvió a serlo, la cantante que no triunfó y la hija machacada por la soledad. La primera parte de la película supone una radiografía social -al más puro estilo Sayles- sobre la vida que las personas llevan en Alaska. Desmitifica ese lugar de aventuras y ensoñación que muchas veces representa aquella tierra. Le vomita, además, a través de las palabras del empresario turístico. ¿Acaso se ríen de nosotros? ¿Lanzaderas de lo pintoresco, eso es lo que nos queda? El puñal reluce todavía más en la segunda parte de la narración, cuando los protagonistas se “pierden” en una solitaria isla. ¿Dónde queda la aventura? Frío, desamparo y pesar. Son las notas que acompañan a estos náufragos. Geniales los personajes, muy bien tallados desde el guion. Kris Kristofferson, además, le añade el nervio que requiere la narración. Al final solo queda la súplica, cargada de incertidumbre, en un magistral final que cierra este tristón relato de almas errantes. 

Men With Guns (1997)

John Sayles: Hombres armados (Men With Guns, 1997) Estados Unidos. Cine político para denunciar el genocidio del pueblo indígena. Escrita por John Sayles. Interpretada por Federico Luppi, Damián Delgado y Dan Rivera González. 128 minutos. 

Federico Luppi, liberal convencido, sabe que está en la parte final del camino. Es un médico a punto de jubilarse y quiere comprobar lo que ha dejado tras de sí, su legado. Recuerda a aquellos jóvenes a los que formó, también médicos, para que se adentraran en la selva latinoamericana con tal de modernizar a los indígenas a través de la medicina. Un manto de progreso para el “salvaje”. Así que emprende el viaje. Comienza de esta forma el sencillo y emotivo relato de John Sayles: palpamos la realidad que acompaña a una de las tantas atrocidades silenciadas. Puede ser Colombia, Bolivia, Perú o quién sabe cuál. Es el genocidio del indígena. Diferencias entre guerrillas y ejército, producto de una suerte de caos sociopolítico, que se cobran víctimas de todo tipo, la mayor parte de ellas inocentes. Eso, en realidad, es el núcleo de este film… ponerle voz al silencio. Lo hizo didácticamente También la lluvia (Icíar Bollaín, 2010) y de forma espléndida La teta asustada (Claudia Llosa, 2009). Contar la otra historia, tomar conciencia de la situación. Conocemos a un muchacho abandonado, a una joven atormentada por la violencia, a un buen hombre que cayó en los flagelos del infierno y a un hombre de fe que ya la ha perdido. Son náufragos a los que Luppi rescata por el camino mientras sus ojos se muestran despavoridos. No da crédito de lo que ve, pero está ahí. Es la inmediatez del horror. El cineasta lo muestra todo sin tomar partido, simplemente constatando aquello que observa. Todo es desesperanzador… hasta el final, cuando Sayles, enclavado en el corazón de la selva, firma con un punto utópico el epílogo de este viaje. Se respira tranquilidad. 

Matewan (1987)

John Sayles: Matewan (1987) Estados Unidos. Drama social para descarnar la lucha obrera estadounidense. Escrita por John Sayles. Interpretada por Chris Cooper, David Strathairn, Mary McDonnell, Gordon Clapp y Kevin Tighe. Fotografía de Haskell Wexler. 132 minutos. 

matewan

Un retal de historia es lo que nos trae John Sayles cuando decide situarse en la década de 1920, esa bautizada en los manuales como “los felices años veinte”. No tan felices parecen en las minas de West Virginia, cerca de las calles de Matewan. Allí, los mineros luchan por algo tan simple como sindicarse. Es la lucha obrera de lo que aquí se habla o, mejor, de algo tan difícil como alcanzar la unión entre trabajadores. ¿Nadie leía a Marx en los Estados Unidos? ¿Por qué luchan trabajadores contra trabajadores? Blancos, negros e italianos… todos ellos comparten, al menos en la escala de la igualdad, el mismo escalafón social. En este sentido, el personaje de Chris Cooper se encarga de darle el tono necesario a la reflexión política que suscita el guion de Sayles, al tiempo que alienta la conciencia crítica. La fotografía de Haskell Wexler encuadra la vida en aquellos paisajes, capta la atmósfera viajando con naturalidad hacia unos escenarios históricos perfectamente recreados. Es una película bañada en el realismo social. Es sencilla y veraz. El personaje de Mary McDonnell (protagonista de Bailando con lobos, 1990) deja entrever las ásperas condiciones de vida de la clase trabajadora. Detrás de todo el cuajo político que posee el film, además, se esconde una narración servida como un verdadero western… a la inversa. Recuerda un tanto a John Ford. La épica la marca la lucha por sofocar la injusticia. El personaje de David Strathairn, en este sentido, es monumental: su mirada aterra especialmente cuando se cruza con los “malos” del relato, es decir, los verdugos del capital, Gordon Clapp y Kevin Tighe. Recuerda a una balada folk que nos regala, además, un final memorable.