Ariel (1988)

Aki Kaurismäki: Ariel (1988) Finlandia. Drama. Escrita por Aki Kaurismäki. Interpretada por Turo Pajal, Susanna Haavisto y Matti Pellonpää. Fotografía de Timo Salminen. 74 minutos.  

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En la Finlandia de los años ochenta, los peones de Aki Kaurismäki apenas pueden respirar. Les persigue el desencanto, la tristeza y el pesar. El tiempo parece congelado, muerto. En el reino de donde nunca pasa nada, sin embargo, un trabajador de la mina, Taisto Kasurinen, acepta el consejo de un viejo amigo: escapa de aquí le cuenta el inminente suicida. Turo Pajala toma su palabra y se marcha a lomos de un descapotable. Tiene dinero en sus bolsillos. Quiere hacerle frente a la desgracia. El invierno, sin embargo, puede con él. Un atraco… y vuelta a la realidad: el gris vence. Le cae un miserable trabajo como estibador, pero el sol sigue sin salir cuando ve cómo sus huesos terminan (injustamente) en la cárcel. Por casualidades del destino, aparece Irmeli, su oasis en el desierto. Es la madre divorciada Susanna Haavisto, titánica. Juntos huyen de todo, siguen sin resignarse. El cineasta sigue escupiendo a su tierra, a su entorno. Ariel es una escapatoria hacia un mañana mejor, con el mar de fondo y México como último destino. Les aguarda la incertidumbre, aunque, al menos, tienen el coraje de intentarlo.  

Ciclo Trilogía del Proletariado

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Varjoja paratiisissa (1986)

Aki Kaurismäki: Sombras en el paraíso (Varjoja paratiisissa, 1986) Finlandia. Drama. Escrita por Aki Kaurismäki. Interpretada por Matti Pellonpää y Kati Outinen. 76 minutos.

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Nikander e Ilona se han enamorado. O no. Sus miradas se cruzan de forma inevitable cuando él, después de una jornada de trabajo como basurero, marcha -silencioso y solitario, como siempre- a realizar la compra: allí está ella, cajera de supermercado. Viven con lo puesto, rodeados de escasez. Y ansían su parte del pastel: ¿conseguirán algún día ser felices? Aki Kaurismäki, finés de cuna, se mofa de aquellos que sitúan a Finlandia como el paraíso. Las desangeladas calles de Helsinki, cuanto menos, no se asemejan al edén. Las nubes grises son una prolongación natural de la gris vida de Matti Pellonpää: cigarros, lecciones de inglés y partidas de bingo. Sin sonrisas, escapando de todo a través del alcohol, jugueteando con la violencia y durmiendo, alguna noche que otra, en el calabozo. Apenas nada para un hombre que sueña con tener su propia empresa. Igual que ella, Kati Outinen, atrapada en la esclavitud de la carestía: los (precarios) trabajos se suceden, sin duración ni estabilidad. Ambos están varados, aunque, al menos, se tienen el uno al otro. Cuando se besen, se sentirán invencibles. Así llegará la celebración en el restaurante y, de pronto, lo sabrán: los sueños… sueños son. Juntarse es perpetuar la endémica realidad, renunciar a las ilusorias promesas que lanza el sistema. En el mismo restaurante donde reinaban las distancias sociales, sin embargo y poco tiempo después, ella se decidirá: esa no es su vida. Él, convaleciente en un hospital después de una salvaje paliza, le aguardará. Les espera Tallin. Y, quizás, un mañana mejor. 

Ciclo Trilogía del Proletariado

Nigh on earth (1991)

  • night_on_earth_ver4_xlgEstados Unidos
  • Drama
  • Dirigida por Jim Jarmusch
  • Escrita por Jim Jarmusch
  • Interpretada por Winona Ryder, Gena Rowlands, Armin Mueller-Stahl, Giancarlo Esposito, Rosie Perez, Isaach De Bankolé, Béatrice Dalle, Roberto Benigni, Paolo Bonacelli y Matti Pellonpää
  • 127 minutos

“Forse sono peccati che vanno confessati, ma sono cose belle.”

Abre la voz del inconfundible Tom Waits. Suena la preciosa Good old world mientras se anuncian los títulos de crédito. Al fondo, cinco relojes cuelgan de la pared. Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki. Cinco ciudades, cinco escenarios para ambientar una noche en la tierra. En todas ellas aparece un mismo invitado: el taxi, con todas sus historias, abrigando, aunque sea fugazmente, a las personas que en él viajan.

Jim Jarmusch consigue tejer una película vitalista, humana. Todo en ella es sincero y creíble. Despierta la empatía del espectador gracias a esta ajetreada noche. Y lo hace de un modo sutil y ligero. Al ser una historia de capítulos independientes, la calidad de los mismos derrocha una calidad distinta. Helsinki, el último relato, es el menos atinado. París convence, pero no emociona. Mientras, en Roma salta la alocada diversión. Los puestos de honor no salen de territorio estadounidense, pues Noche en la tierra comienza de una manera fabulosa con los episodios de L.A. y Nueva York. 

Así, el desenfreno brindado por una zucca, una pecora e la cognata de Roberto Benigni, ese tipo que olvidó quitarse las gafas de sol al anochecer, está a la altura de las mejores comedias absurdas. El italiano, con su profunda impronta, se presenta caótico, como la propia ciudad en la que conduce, ofreciendo un recital asombroso ante un pasmado cura, Paolo Bonacelli. La triste compañía de Matti Pellonpää, unos borrachos que lamentan su mala fortuna en una fría noche finesa, hace que a él le asalte el recuerdo de una hija fallecida. Es la historia más melancólica de todas, aunque falta de ingenio y emoción. Tiene su punto, en cambio, la conversación parisina entre una estupenda Béatrice Dalle, ciega de nacimiento, y un taxista preguntón (de alterado temperamento) como Isaach De Bankolé. Está graciosa.

De otro planeta parece la angelina figura de Winona Ryder, con su masculina pose y sus férreas ideas en torno a lo que debe ser su vida. Una conversación, la mantenida con la irritante Gena Rowlands, espectacular que se resuelve con un final tan épico como inesperado. Por último, la inmensidad de la noche neoyorquina está a punto de devorar a Armin Mueller-Stahl, otro Robinson Crusoe enredado entre aceras, semáforos y rascacielos. Sin embargo, aparece el dicharachero Giancarlo Esposito y, más tarde, la explosiva Rosie Perez para acompañar a aquel con una tierna y simpática complicidad.       

La fotografía de Frederick Elmes inmortaliza, pues, la trasnochada esencia de este film. A la espera de que llegue el alba, haciendo frente a las tinieblas y salpicando con una sonrisa al vaivén existencial que acompaña a los taxistas, quienes se erigen como los guardianes de la noche. Ellos custodian la magia que acompaña a la misma hasta llegar, nuevamente, a la voz de Tom Waits. Con ella termina este hiperrealista canto a la mundana nocturnidad. Unas historias, todas ellas, con las que Jim Jarmusch nos ilumina de afecto y vida.