Crazy Heart (2009)

Scott Cooper: Corazón rebelde (Crazy Heart, 2009) Estados Unidos. Drama sobre el mundo del country. Escrita por Scott Cooper. Novela de Thomas Cobb. Música de T-Bone Burnett. Interpretada por Jeff Bridges, Colin Farrell, Maggie Gyllenhaal y Robert Duvall. 110 minutos. 

Algo de reverencia ocultan los fotogramas de este film. Es la vieja escuela del country la que recibe flores en esta ocasión. Las lanza, con total cortesía, un Scott Cooper que decide dedicar su ópera prima a desempolvar los recuerdos de un ayer mejor. El escenario lo marca el desierto norteamericano, los tugurios de mala muerte y los poblados perdidos en mitad de la nada. Por allí camina, errante, Jeff Bridges. Está inconmensurable. Una película hecha a su medida. Alcohólico, solitario y derruido. Atrás han quedado los viejos tiempos. Ha perdido la magia… y tampoco llena escenarios. Los moteles baratos, la botella y alguna que otra groupie son el consuelo que le quedan. Ahora suena (y triunfa) Colin Farrell, su discípulo. El paso del tiempo, una vez más. Busca, entretanto, la redención. Recuerda un tanto a los relatos de Sam Shepard y Wim Wenders. Con esas, aparece por allí Maggie Gyllenhaal, la dulce sonrisa. Coquetea el guion con la sensiblería y la previsibilidad. Pecados de emoción que se le escapan al cineasta. Ahí está, menos mal, la voz de Robert Duvall: sabio consejero y amigo del náufrago. La derrota ya hace tiempo que estaba vendida. Y de qué manera: espléndido el soundtrack de T-Bone Burnett… my trouble travels in a song because I’m gone, gone, gone.

Anuncios

To kill a mockingbird (1962)

  • To-Kill-a-Mockingbird-1962-movie-posterEstados Unidos
  • Drama sureño
  • Dirigida por Robert Mulligan
  • Escrita por Horton Foote (Novela: Harper Lee)
  • Interpretada por Gregory Peck, Mary Badham, Phillip Alford, Robert Duvall, Collin Wilcox y Brock Peters
  • 129 minutos

“You never really understand a person until you consider things from his point of view… Until you climb inside of his skin and walk around in it.”

“They don’t eat people’s gardens, don’t nest in the corncrib, they don’t do one thing but just sing their hearts out for us.”

El verano llega al sur de los Estados Unidos. La calidez hace volar a Mary Badham y Phillip Alford, dos muchachos que crecen entre los misterios de la América sureña. Son los años treinta, y eclosionan en el tiempo tantas y tantas cosas que, ellos, se despistan entre las aventuras cotidianas que les ofrece el vecindario. En especial, una lúgubre casa envuelta entre mitos y leyendas: aquella donde habita Boo Radley, un tarado a quien nadie ha visto, levantando su enigmática figura miedos insospechados sobre la imaginación de estos críos.  

Junto con ellos vive su padre, un Gregory Peck formidable. Abogado impoluto, de una honradez extraordinaria y que compagina su día a día entre el cariño dado a sus hijos y la defensa de unas causas -principalmente, el racismo- que parecen perdidas. Vive, podría decirse, al revés del mundo. Así se siente mientras defiende a Tom Robinson, un hombre (negro) acusado por una mujer (blanca) de violación. Aquí, los colores importan. Y nos brindan una tensión, un nervio y un drama judicial brutal, donde las interpretaciones de Collin Wilcox y Brock Peters aúnan fuerzas para arremeter contra las conciencias del espectador. El héroe de todo ello es Peck. Los villanos, la mayoría de sus vecinos. Y la derrota no es el abatimiento de Tom, tampoco el pesar de su abogado. La verdadera derrota es la mirada de los muchachos, esa que destila la pérdida total de la inocencia.      

Crecer en la Alabama de los años treinta. Y vivir para contarlo, para recordarlo. Regresar a aquellos largos días de verano donde la inocencia de la niñez se entrelazaba con las consecuencias sociales de la Gran Depresión, con la tensión racial y con un trágico suceso, engrandeciendo este la figura de un inolvidable Robert Duvall, para darle forma a esta magistral película. El guion de Horton Foote no podía adaptar de mejor manera la célebre novela de Harper Lee, mientras que el compás de Robert Mulligan termina por esbozar un relato cargado de profundas lecciones sobre la convivencia, el respeto y la solidaridad con el otro. Obra maestra.