Tengoku to Jigoku (High and Low) (1963)

  • high_and_lowJapón
  • Cine negro
  • Dirigida por Akira Kurosawa
  • Escrita por Hideo Oguni, Akira Kurosawa, Ryuzo Kikushima y Eijiro Hisaito
  • Interpretada por Toshirô Mifune, Tatsuya Nakadai y Kyôko Kagawa
  • 143 minutos

Son ricos y discuten sobre sus asuntos. La codicia aparece camuflada entre costes y beneficios. La competitividad, las intenciones ocultas y las perfidias se imponen sobre ellos. Es una conversación miserable entre un grupo de accionistas de una importante empresa del calzado. Uno de ellos es Toshirô Mifune, el prototípico hombre hecho a sí mismo. Padre de familia y modélico empresario, tiene la voluntad de acorralar a sus socios y expulsarlos de la compañía. Otro impulso desbocado -aunque fríamente calculado- en su mundo de hienas. Sin embargo, pronto recibirá una extraña llamada: han secuestrado a su hijo.

Es así como Akira Kurosawa logra hipnotizar mi atención. El film, de dos horas y media de duración, se pasa volando. Consigue hilvanar una narración poderosa en la que la investigación policial, comandada por un notable Tatsuya Nakadai, se mueve entre la inquietud y el nervio. Los claroscuros capturados por Asakazu Nakai y Takao Sito hacen relucir a un film que se codea entre los grandes nombres del cine negro. El descenso a los infiernos del protagonista, con un poso sentimental impulsándolo, desmitifica su impoluta figura. Ahora suda, se duele y se altera ante la triste mirada de su mujer, la penitente Kyôko Kagawa, y el desconsuelo de su desgraciado chófer. Ellos son la angustia personificada. Una odisea cargante, retorcida y asfixiante en la que los dilemas sobre el dinero del protagonista y las amenazas del secuestrador se conjugan con la milimétrica caza policial. 

La brillante estética del film, junto con su persuasión narrativa, no son los únicos activos del mismo. Falta, sin duda, el mérito principal del relato: la crítica social del Japón de los años sesenta. El cineasta se refugia en los cánones del cine negro para escupir un miserable lema: hacer desafortunado al afortunado. Qué triste razón de existir. La escena final se hunde, así, en la mugre, en el sinsentido más absoluto. La rabia y la frustración mueven al villano de turno, ese que vive en la periferia lamentando la dicha del rey de la colina, respirando únicamente con la idea de cambiar tal estado de cosas. Queda, como resultado de todo, un paisaje interclasista desalentador donde apenas cabe la esperanza. En esta ocasión no hay un trasfondo humano en el cine de Kurosawa. Sincera y sobrecogedora, El infierno del odio representa una infame postal sobre la deshumanización. 

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Shichinin no Samurai (Seven Samurai) (1954)

  • zz1Japón
  • Drama feudal
  • Dirigida por Akira Kurosawa
  • Escrita por Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni
  • Interpretada por Toshirô Mifune, Takashi Simura, Isao Kimura, Keiko Tsushima y Seiji Miyaguchi
  • 207 minutos

Una mujer llora desconsolada. Maldice a los dioses, maldice su sufrimiento. Es la pobreza, es la guerra, es la inseguridad del Japón medieval la que azota su mísera vida de campesina. Aunque su principal pena no es otra que el crimen y la maldad, el robo de sus cosechas por parte de unos desalmados forajidos. ¿Qué hacer ante esta barbarie? ¿Cómo reaccionar? Lucharán, es la opinión del sabio del lugar. Contratarán el servicio de unos samuráis para castigar al enemigo.

Akira Kurosawa realiza una película sentida, repleta de humanidad y sentimiento. Una narración minuciosa (excesivamente larga) que perfila, con todo lujo de detalles, la psicología de sus personajes. Primero, la tortuosa expedición para reclutar a los samuráis. Luego, la interacción de estos con los habitantes de la aldea y, finalmente, la batalla frente al bandolero. El arte de la guerra, pues, luce con especial gracia en este relato: A good fort needs a gap. The enemy must be lured in. So we can attack them. If we only defend, we lose the war, es uno de los tantos consejos que salen de la boca de estos siete y emblemáticos guerreros. El poder del acero define la quintaesencia de este film, con logradas escenas de violencia, una contundente ambientación (el paisaje parece un actor más) y, como digo, unos protagonistas pulidos en estado de gracia que realzan el valor épico del film. 

La sencillez del relato es su gran tesoro. Vivir y luchar sabiendo que, quizás, el día de mañana no llegue nunca. Lograda está la historia de amor, escondidos entre flores, de Isao Kimura y Keiko Tsushima. Luce con ellos la fotografía de Asakazu Nakai. E imposible de olvidar la nobleza de Seiji Miyaguchi, cuya katana se mueve desde el respeto. Es la solidaridad de los guerreros y el sacrifico de los campesinos. Unos encuentran el sentido de su vida así, aceptando únicamente unos grapados de arroz por sus servicios, mientras que los otros, simplemente, buscan la supervivencia. Una heroica historia que se despide con un punto humano y melancólico: The farmers have won. Not us