To Have and Have Not (1944)

Howard Hawks: Tener y no tener (To Have and Have not, 1944) Estados Unidos. Romance ambientado en la II Guerra Mundial. Escrita por Jules Furthman y William Faulkner. Novela de Ernest Hemingway. Fotografía de Sid Hickox (B&W). Interpretada por Humphrey Bogart, Lauren Bacall y Walter Brennan. 100 minutos.

ob_23d623_film-le-port-de-l-angoisse9-1

Esto no es Casablanca, es Martinica. No estamos en un café, pero sí en un hotel. El pianista sigue animando la velada aunque no se llame Sam. Y la II Guerra Mundial inquieta al personal mientras a él, Humphrey Bogart, todo eso poco le importe. Queda pincelado a la perfección: tipo duro, independiente, de verborrea exquisita y sin concesiones a los cargos de conciencia. Su vida transcurre, lejos del conflicto, entre apacible y amoral: alquila su bote de pesca y se divierte con la compañía de su buen amigo Walter Brennan, alcohólico obsesionado con los picotazos de las abejas muertas. Homenaje, de primer nivel, al valor de la amistad. Pronto descubriremos que detrás de la fachada cínica y cortante de aquel se esconde un buen corazón. El antihéroe que termina en héroe enamorado. Quién se lo iba a decir. 

Es el debut en el cine de Lauren Bacall, slim o la flaca para Bogart. Ella es una femme fatale perdida en la geografía caribeña… y lo acaba de encontrar a él. El idilio salta más allá de la pantalla. Y se nota. Una botella le vale como excusa al cineasta, Howard Hawks, para iniciar un romance que -lejos de la sensiblería habitual- se mueve a base de personalidades fuertes y choques inevitables. Se lucen, en este sentido, Jules Furthman y William Faulkner con unos diálogos espléndidos. Para mí, el subterráneo idilio es lo mejor de una película que te atrapa sin saber muy bien cómo entre conspiraciones y heroicidades. Espectacular la fotografía en blanco y negro de Sid Hickox. Encuadra un buen puñado de escenas memorables, unos diálogos para no olvidar y unas interpretaciones que están a la altura de los personajes a quienes encarnan. Cierran entre todos una película que se convierte, resistiendo al paso de los años, en todo un clásico que poco tiene que envidiar a su hermana mayor, Casablanca (íd., 1942). 

Anuncios

My Darling Clementine (1946)

John Ford: Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) Estados Unidos. Intimista western, tan lírico como violento, para relatar el enfrentamiento en O.K. El Corral. Escrita por Samuel G. Engel y Winston Miller. Interpretada por Henry Fonda, Linda Darnell, Walter Brennan, Victor Mature y Cathy Downs. Fotografía de Joseph MacDonald. 102 minutos. 

My-Darling-Clementine-7

Si hay un duelo al cual el cine ha rendido pleitesía, ese es el del tiroteo en O.K. El Corral entre los hermanos Earp y la familia Clanton. En esa revisión histórica se sitúa la estética de John Ford, bañada en un lirismo que se percibe desde el primer plano. La fotografía de Joseph MacDonald comienza a dar indicios del recital que tiene preparado cuando, al inicio, conversa Wyatt Earp con el padre de los Clanton. Un asunto de reses sin acuerdo detonará la historia: el menor de los hermanos morirá violentamente. Y los Earp jurarán venganza. Estamos en Tombstone, Arizona.

Todos sabemos que han sido los Clanton, pero a Ford no parece interesarle el asunto. Diluye la épica del combate y, en su lugar, antepone la natural cotidianidad del pueblo. Así, conocemos a Doc Holliday sin saber si intercambiará sonrisas o disparos con Henry Fonda. Este, en cambio, va desarmado. Y ambos, además, defienden a Shakespeare en los recónditos paisajes del Far West. Son dos almas gemelas -brillante Victor Mature- enamoradas, quizás, de una misma mujer: Clementine, esa chica aventurada en una incansable búsqueda del amor. Genial la escena del baile con Fonda. Tanto como cualquiera de las escenas en las que Chihuahua, celosa cantinera interpretada maravillosamente por Linda Darnell, desata su mirada y sus temperamentales formas frente a ella. Es el quehacer diario de Tombstone, el mismo que ocupa los versos libres de este lírico relato. 

Pero claro, la tierna mirada de Fonda y su perfumada presencia quedan a un lado. También el tuberculoso perfil de Victor Mature. Igual que el último aliento de Linda Darnell. Llega el final, llega el duelo. La violencia, por fin y después de un largo paréntesis, aparece. Wyatt Earp guarda la memoria de sus hermanos. Guarda las lágrimas de su padre. Tiene a su lado a Doc Holliday, preparado igualmente para su último recital. Y apuntan al salvaje de Brennan, ese arisco hombre que ha criado a los suyos como si fuesen hienas, para honrar a la justicia. El resto es historia filmada, tan estupendamente, por la mano maestra de John Ford. 

Bad day at Black Rock (1955)

  • bad-day-at-black-rock-movie-poster-1955-1020250284Estados Unidos
  • Intriga
  • Dirigida por John Stuges
  • Escrita por Millard Kaufman
  • Interpretada por Spencer Tracy, Robert Ryan, Lee Marvin, Ernest Borgnine, Anne Francis y Walter Brennan
  • 81 minutos

Una película agobiante. John Sturges nos prepara una emboscada: nervios, tensión e inquietud. No hay respiro para Spencer Tracy, protagonista del film. Desde la estación de trenes hasta el polvoriento hotel pasando por el restaurante local… en todos los lugares le acechan los peligros. Se siente observado, asediado. Y no es casual. Un mal lugar, Black Rock, para un extraño. Los vaqueros de por allí no se andan con medias tintas. En este sentido, Robert Ryan (un inolvidable Reno Smith) se erige como el capataz de los maleantes, una cuadrilla de estúpidos donde Lee Marvin y Ernest Borgnine también lucen con grosería y malas formas.

La balanza entre el bien y el mal no sabe hacia qué lado decantarse. La cómplice mirada de Anne Francis representa esta indecisión. Es la amargura que supone vivir en las tierras de aquel Lejano Oeste. Está atrapada en una pelea -casi diaria- por la supervivencia. Ese es el mundo al que se arrima la soledad de Tracy, sobrecogedora a los ojos del fascinante trabajo de fotografía de William C. Mellor. Asusta ponerse en su lugar, inquiriendo la verdad, tratando de honrar un pasado que muchos simplemente tratan de borrar. Y es que los fotogramas de esta película transmiten un terror cercano, humano. Es el salvajismo más puro el que reta a ese veterano de guerra. Los minutos se tornan angostos, apenas existe el alivio para el estoico protagonista, más allá de la estupenda presencia, cual oasis en el desierto, de un maravilloso Walter Brennan.

Cuatro años llevaba sin parar el ferrocarril en Black Rock hasta que, un buen día, Spencer Tracy apareció por allí. El sudoroso guion de Millard Kaufman encierra un laberinto de miedos y temores que, además, queda salpicado por matices tan simples como profundos: la idiosincrasia del far west en los años cuarenta del siglo pasado; las consecuencias de la II Guerra Mundial en la sociedad estadounidense, y el tema del racismo. Una obra, así, completa y perfectamente hilvanada. La pesadilla terrenal en la que se convierte esta Conspiración de silencio supone uno de los grandes hitos dentro del género de la intriga.

Rio Bravo (1959)

  • rio bravoEstados Unidos
  • Western
  • Dirigida por Howard Hawks
  • Escrita por Leigh Brackett y Jules Furthman (Historia: B. H. McCampbell)
  • Interpretada por John Wayne, Dean Martin, Walter Brennan, Angie Dickinson y Ricky Nelson
  • 141 minutos

“Purple light in the canyon
that is where I long to be
With my three good companions
just my rifle pony and me.”

La nostalgia que acompaña al western le da un punto más de grandeza a relatos como Rio Bravo. Y es que películas como esta, vistas ahora, parecen de otro tiempo. Es decir, un tipo de cine al que, salvo contadas excepciones, difícilmente se vuelve. ¿Alguien se atrevería, hoy en día, a escribir una obra como la de Howard Hawks? Los fotogramas de este film transmiten serenidad, armonía y maestría. Todo encaja maravillosamente en ella. 

Un hombre preso al que su hermano trata de liberar a cualquier precio. Esa es la premisa de la que parte esta cinta. En el camino, sin embargo, el villano de turno se topará con la figura de John Wayne, sheriff local, y la de sus ayudantes, es decir, unos maravillosos Dean Martin (Borrachón), Walter Brennan (Stumpy) y Ricky Nelson (Colorado). El mano a mano, servido a fuego lento, lleva implícito un punto agobiante. Así, se respira intranquilidad entre las calles del pueblo a la espera de la llegada de los marshal. Pero claro, al maestro Howard Hawks le da para combinar este tono latente de la narración -totalmente asfixiante- con los manifiestos enredos sentimentales de John Wayne (enamorándose de Angie Dickinson) y Dean Martin (alejándose del recuerdo de un antiguo amor), ambos dos estupendos. Incluso un joven Ricky Nelson tendrá oportunidad de lucirse haciendo sonar My rifle, my pony and me en la que es una de las escenas más bonitas de este western.         

Para mí Rio Bravo es una gran película. Una historia cargada de pureza, sencilla a más no poder. La veo con gusto, y disfruto con la compañía de cinco personajes (el sheriff, el viejo lisiado, el borracho, el joven y la chica) inolvidables. Esto es cine del bueno.