I confess (1953)

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  • Intriga
  • Dirigida por Alfred Hitchcock
  • Escrita por George Tabori y William Archibald (Novela: Paul Anthelme)
  • Interpretada por Montgomery Clift, Anne Baxter y O.E. Hasse
  • 95 minutos

Son las once de la noche. Quizás las once y cuarto. El sacerdote Logan medita tranquilo en su rectoría. Otra jornada de dudas y de reflexiones se marcha. Son muchos los acertijos que tiene por resolver en su interior. Parece querer decir adiós cuando, de repente, le interrumpe O.E. Hasse. Quiere confesarse, confesar… un asesinato. ¿Cómo actuar a partir de entonces?

Película menor en la filmografía de Alfred Hitchcok que, aún así, atesora distintas virtudes. Una de ellas es la aparición de Montgomery Clift. Este brinda un recital al encarnar la fuerte idiosincrasia que acompaña al sacerdote Logan, un hombre de profundos valores y remarcado carácter. Atrapado en su jaula de secretismo y lealtad, su hermética mirada le basta al maestro británico para levantar una polvareda de inquietud e intriga que termina por estallar en la figura de Anne Baxter

El amor de un pasado mejor se erige como la verdadera sorpresa de esta narración. Un giro inesperado al que, en todo caso, se le suma la no claudicación ante la delación, el linchamiento público frente al acusado, la robustez de la investigación policial y, finalmente, la alargada sombra del asesino. Todo queda combinado para enderezar una entretenida película cargada de tensión y silencio. Conseguida.  

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From here to eternity (1953)

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  • Drama
  • Dirigida por Fred Zinnemann
  • Escrita por Daniel Taradash (Novela: James Jones)
  • Interpretada por Montgomery Clift, Donna Reed, Burt Lancaster, Deborah Kerr y Frank S¡natra
  • 113 minutos

Pocas cosas le faltan a esta película. Un clásico que aún hoy, unos sesenta años después de su estreno, todavía sorprende y agrada. De aquí a la eternidad es un relato espléndido, bien hilvanado, dirigido maravillosamente y, sobre todo, interpretado de una manera fabulosa. La descripción queda cargada de calificativos positivos, pero no hay ni uno de ellos que no sea merecido.

La vida castrense es la excusa idónea para que Fred Zinnemann pule esta joya de historia. La idiosincrasia de los personajes, con su fuerte temperamento y carácter, se impone sobre la pequeña pantalla. Luce como el mejor de todos un Montgomery Clift sobrio y férreo. Su papel, el de Prewitt, representa la esencia de este film: lealtad y tristeza. Apenas hay notas de alegría en sus fotogramas, más allá de ese oasis en el desierto que supone su historia de amor con la guapísima Donna Reed. Él es el mejor cornetista del ejército, un fiable soldado y, también, un boxeador con puño de hierro. Sin embargo, ha terminado en un campamento de Hawaii como soldado raso, aislado y vilipendiado por sus compañeros, pero fiel tanto a sus ideas como a su forma de entender la vida. Encuentra abrigo en la amistad que le brinda Frank Sinatra (Maggio), en la ternura de Lorene (o Alma) y en la honradez de Burt Lancaster. Este último complementa, con otro matiz amargo, el paisaje de sinsabores en el que se convierte este colosal relato.

Deborah Kerr es la última nota de esta melodía. Representa la incomprensión y distancia que existe entre la vida civil y la militar. Parece atrapada e impotente ante la realidad que le propone su marido, un mujeriego y borracho capitán. Solo encuentra un fugaz cobijo entre los brazos de su amante, en una soleada playa del Pacífico. Todo, en el fondo, es pasajero. Y es que tanto Lancaster como Clift están ligados, para desgracia de sus chicas, al ejército. Es el mensaje de patriotismo y honor que esconde este film, eclosionado en todo su esplendor con el ataque japonés a Pearl Harbor. La ilusión del amor, de un futuro mejor, queda guardada en un dulce recuerdo que jamás volverá. La eternidad que ha pincelado Zinnemann hace honor precisamente a eso… una película eterna.          

Suddenly, Last Summer (1959)

Joseph L. Mankiewicz: De repente, el último verano (Suddenly, Last Summer, 1959) Estados Unidos. Drama sureño. Escrita por Tennessee Williams y Gore Vidal. Obra teatral de Tennessee Williams. Interpretada por Elizabeth Taylor, Montgomery Clift y Katharine Hepburn. 114 minutos.

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¿Qué le sucedió a Sebastian? Esa es la gran incógnita que envuelve a la obra de Tennessee Williams, llevada a la gran pantalla por Joseph L. Mankiewicz y humanizada en las figuras de Montgomery Clift, Katherine Hepburn y Elizabeth Taylor.

A base de conversaciones en el jardín, centros hospitalarios, herencias codiciosas y lobotomías, la narrativa de Mankiewicz, tan sutil y pausada, nos irá sirviendo esta trágica historia a fuego lento. Cautivados por el misterioso argumento, nuestro sistema nervioso se irá corrompiendo al observar el angosto escenario diseñado, esencializado éste en el  desesperado llanto de Elizabeth Taylor.    

En fin, una película extrañamente atractiva y cuya virtud principal reside en su peculiar narrativa, de claro ritmo in crescendo. El sinsabor coge forma en la figura de la hermosa Elizabeth Taylor, quien esconde, entre agonías, sudores fríos y paranoias, la verdad sobre lo acaecido el pasado verano.