The Long, Hot Summer (1958)

Martin Ritt: El largo y cálido verano (The Long, Hot Summer, 1958). Estados Unidos. Drama sureño para un caluroso verano. Escrita por Irving Ravetch y Harriet Frank Jr. inspirándose en relatos cortos de William Faulkner. Interpretada por Paul Newman, Joanne Woodward, Orson Welles y Anthony Franciosa. 115 minutos.  

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Si por algo me gusta este film es por Paul Newman. Demuestra que es uno de los mejores actores de la historia. Esta sería, con permiso de Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me, 1956), la zona cero de su espléndida sonrisa y su indomable mirada. Era un recién llegado y, sin embargo, se movía delante de las cámaras como si fuese el más experimentado de todos. Los careos entre el principiante y el veterano –Orson Welles– desprenden una intensidad dramática que tan solo puede equipararse al flirteo entre el joven y la recatada (pero pasional) Joanne Woodward. Con esta formó uno de los matrimonios más longevos de Hollywood (hasta el día de su muerte), por lo que el feeling entre ambos salta más allá de la pantalla. También con Martin Ritt entabló una amistad artística que encontró su cénit en Hud, el más salvaje entre mil (Hud, 1963). Además, El largo y cálido verano conforma -junto con La gata sobre el tejado de zinc (Cat on a Hot Tin Roof, 1958) y Dulce pájaro de juventud (Sweet Bird of Youth, 1962)- la trilogía sureña que nutrió con brillantez la etapa inicial del actor. 

La película está cuidada, manejada con tacto por Martin Ritt e hilvanada en base a un guion que, pese atesorar emoción, peca un tanto de plano. Todo gravita en torno al personaje de Ben Quick. Descendiente de un pirómano con muy mala reputación por los pueblos de Mississippi, llega a una nueva localidad -errante y solitario- buscando labrarse un futuro. Allí, pronto choca con la idiosincrasia lugareña. Las diferencias clasistas y el mito del hombre hecho a sí mismo contextualizan un relato donde la íntima humanidad del cineasta se conjuga con el universo sureño de William Faulkner: amores, celos, soledad y determinación. ¿Los peones? Un hijo (Jody Varner, Anthony Franciosa) que no encuentra el abrigo de su padre; una hija (Clara Varner, Joanne Woodward) en busca del amor platónico; un padre (Will Varner, Orson Welles) buscando prolongar su apellido, y un hombre -Paul Newman- haciendo su camino mediante los emocionales rincones de esta familia. Entre fango, sudores y lujos se mueve la cinta. Sentimientos encontrados donde, como digo, brilla un Newman excepcional que se mueve como pez en el agua a través del ritmo in crescendo de la narración. Le falla, eso sí, el innecesario happy end (sonrisa incluida de Welles) con el que se cierra la narración.

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Touch of evil (1958)

  • touch-of-evil-posterEstados Unidos
  • Cine negro
  • Dirigida por Orson Welles
  • Escrita por Orson Welles (Novela: Whit Masterson)
  • Interpretada por Charlon Heston, Janet Leigh, Orson Welles y Marlene Dietrich
  • 108 minutos 

“He was some kind of a man. What does it matter what you say about people?” 

Es una noche calurosa. Al menos, así se siente mientras ves pasear a Charlton Heston, es decir, al policía mexicano Vargas, junto a su recién y enamorada esposa, Janet Leigh, en la que es una de las escenas más antológicas de la historia del cine. Un prólogo, pues, sobresaliente en el que dos transeúntes caminan por la zona fronteriza entre México y los Estados Unidos. El trasiego de la gente define la idiosincrasia del lugar hasta que, de pronto, todo se torna en caos: un coche acaba de saltar por los aires. Dos personas fallecidas en misteriosas circunstancias. Por avatares del destino, Vargas y su esposa, metidos de lleno en una titánica pelea contra la familia Grandi, la familia que controla el negocio lugareño de la droga, se verán ahora salpicados por la investigación de este asesinato. Demasiados dolores de cabeza para la que se suponía una noche cálida y apacible.

Orson Welles escribe, dirige e interpreta con maestría Sed de mal. Es una película asfixiante, tejida laboriosamente y envuelta en una angosta atmósfera de la que difícilmente logras escapar. El choque de caracteres entre Welles y Heston, dos policías cuyos métodos de investigación se encuentran en las antípodas, es, sin duda alguna, el plato fuerte del film. La película hilvana así una pelea larga, sudorosa e infatigable. El intercambio de golpes es terrible, alcanzando su cénit en una escena, la de la indefensa Janet Leigh rodeada de maleantes en una habitación de hotel, que se convierte en una auténtica pesadilla terrenal.

La honradez de Charlton Heston levanta tras de sí un paisaje lleno de enemigos, de hienas dispuestas a hincarle el diente a la más mínima oportunidad. El escarnio inicial de Orson Welles, dando vida, como digo, al inolvidable capitán Quinlan, deriva progresivamente en una inquietante caza de la que el astuto policía mexicano deberá zafarse. Son dos almas contrapuestas, dos maneras de entender la vida. La lucha psicológica entre ambos, por tanto, es una de las grandes bazas de este film. Tanto como el sobresaliente pincelado dado al personaje de Quinlan, un hombre melancólico y crepuscular -brillante, en este sentido, la aparición de Marlene Dietrich– al que, más que importarle los medios, tan solo le interesaba el fin. Lástima para él y sus dudosos métodos que anduviera por allí el estricto Charlton Heston.